Tanto dentro como fuera de Oaxaca es bien conocido el espíritu comprometido y colaborativo de Francisco Toledo (Juchitán, México, 1940). Más allá de la riqueza y profusión de su obra plástica que abarca todos los géneros y soportes, la labor social y cultural que Toledo ha llevado a cabo en su nativa Oaxaca ha hecho del artista una leyenda viviente. A ello ha de sumársele incluso a su pesar el aura fantasmal que su no presencia provoca en todos los eventos relacionados con él. Toledo está más presente cuanto menos acude a sus inauguraciones y, para quienes siguen su trabajo, este verano lo pasó en Madrid. Apenas unas semanas antes de la inauguración del MNCARS se presentaban en la Casa de América las acuarelas con las que ilustró en la década de 1980 el bestiario fantástico de Borges.

Ya esta breve pero rica exposición de tintas y acuarelas sobre papel, se antojaba el aperitivo de lo que parecía ser la gran presentación de Toledo en suelo español y dentro de un medio que si bien difícilmente se abre a propuestas foráneas, cuando lo hace construye verdaderos mitos mediáticos cuya presencia posterior en galerías, museos e instituciones se vuelve obligada. Así, a mediados del mes de julio se inauguró la muestra traída directamente de la Whitechapel Gallery en Londres y comisariada por Catherine Lampert. Muy a tono con la solidaria personalidad del propio Toledo, tanto la exposición como el catálogo fueron coproducidos por la galería inglesa y el MNCARS. El resultado, sin embargo, por lo menos tal como se vio en Madrid, hace más honor al trabajo en equipo que a la obra del artista.
Plantear una visión general de la obra de un creador tan prolífico puede resultar complicado: la variedad de sus formatos, sus soportes y sus experimentaciones estilísticas complican cualquier intento de lectura histórica de corte desarrollista o evolutivo. Su riqueza iconográfica (que no se limita al imaginario indígena), sus variadas influencias y diálogos (que incluyen a Tamayo pero también al futurismo italiano o a Goya), y su alta productividad, pueden poner en aprietos a cualquier equipo curatorial. En este caso, la disposición museográfica fue idónea para la presentación de las series de gráfica que se encontraban en salones separados y pequeños, pero probó ser contraproducente para la obra pictórica de mediano y gran formato y para los objetos escultóricos. Entre tanta cantidad y variedad de obra distinta y concentrada en un espacio relativamente reducido, era difícil articular cualquier discurso que no terminara en el puro juicio estético. Esto es algo que la obra de Toledo pide y promueve, siendo, incluso, una de sus principales virtudes. De lo que siempre quedará duda es de si es la mejor manera de introducirla en un contexto tan dado a regodearse en los temas latinoamericanos, como el europeo.
La selección de obra fue, en efecto, impecable, se pudieron ver algunas de las mejores cosas que Toledo ha producido tanto en gráfica (los últimos grabados de insectos y autorretratos) como en objetos escultóricos las Nabigu (figuras jorobadas) de la década de 1970 y en pintura El coyote y el conejo, de 1974, o la Mujer atacada por peces, de 1972 , además de alguna fotografía e ilustraciones de libros. Tal vez lo mejor de la muestra, y en donde de verdad se afianzaba el discurso artístico y social que la figura de Francisco Toledo representa, sean el video realizado por Cuahutémoc Medina y Rafael Ortega y el catálogo editado por las instituciones inglesa y española, en conjunción con la editorial Turner. Es en estos documentos donde se presenta una visión más amplia y razonada de un conjunto de obra a primera vista dispar y ecléctico. En cualquier caso, lo mejor que queda después de visitar la exposición es una gran inquietud por profundizar e indagar en un universo del que apenas hemos vislumbrado un microscópico fragmento. Issa Ma Benítez Dueñas cópico fragmento.
ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS
