Es imposible sacar a Francisco Narváez, (Venezuela 1905-1982) del lugar en el que su obra lo ha colocado en la historia de la escultura en Venezuela y América Latina. Talentoso tallador de formas, avizorado en la magia de capturar la materia y el espacio como esencia de la escultura, diestro en el dibujo para proyectarlo en la tridimensionalidad, Narváez transitó en la escultura del siglo XX como el explorador que de antemano conoce concienzudamente su terreno. A modo de panorámica, diremos que comenzando con la obra figurativa, inaugura un momento fundamental para la escultura en Venezuela, cuando bajo el conocimiento de la obra de Maillol, Rodin y Bourdelle inicia una etapa influenciado por ciertos preceptos plásticos de búsqueda de lo nacional, manejados por los pintores paisajistas del Círculo de Bellas Artes de Caracas. En 1928 viaja a París y regresa a Caracas en 1931, momento crucial por los cambios que se operaban en Venezuela en el campo de la cultura, especialmente en las artes plásticas. La inmensa tarea del creador comienza realizando, por encargo, obras cívicas de formato monumental. Para analizar las primeras etapas de la escultura de Narváez —tipificada como criollista por el tipo de figura humana que esculpe; por ejemplo, la negra con el racimo de bananos y el joven mulato con sus labios carnosos, exponentes del carácter sensual y mestizo de la escultura del artista—, no debe soslayarse el hecho de que, como muchos artistas, Narváez descubrió en Europa su idiosincrasia latinoamericana.
La muestra antológica titulada Narváez, el gran escultor latinoamericano, con una selección de obras realizadas desde comienzos de la década de 1930 hasta su muerte, en 1982, mostró los diferentes períodos del desarrollo de la escultura de este creador. Las figuras femeninas de toda la década de 1930 muestran a un artista inmerso en la problemática de la escultura figurativa volumétrica, mientras que en la década de 1940 aparecen las formas estilizadas y resueltas en configuraciones orgánicas como reminiscencias de aquellas que tanto le había llamado la atención en el período anterior.

La escultura de Narváez sigue un desarrollo coherente en cuanto a su paso de la figuración a la abstracción, de la forma representativa a la forma abstracta-geométrica de comienzos de la década de 1970, hasta su desaparición.
En un análisis de su obra escultórica a la luz de la escultura universal, se observa que ésta no puede sustentarse sobre los criterios, a veces banales, que tradicionalmente han sido utilizados para su clasificación, siguiendo los períodos creativos transitados. De acuerdo con una realidad latinoamericana, este artista venezolano justifica su obra en el ámbito del espacio real que logra objetivar sus valores plásticos. En el medio artístico venezolano de la época, un tanto adocenado, ciertamente abrió las puertas a la modernidad en la tradición de la obra tridimensional, en la escultura cerrada, de bulto, volumétrica. Y lo hace como obra cargada de significado en el ámbito de la configuración tridimensional. En cada una de sus etapas, el artista alcanzó los límites de la representación figurativa hasta llegar a la esencia de la interpretación abstracta. En cuanto a la estructura que contiene estos dos códigos, la representación (formas figurativas) y la interpretación (formas geométricas), siempre fue la del volumen rectangular en posición vertical. Ambos códigos también pueden analizarse bajo la óptica de dos geometrías como una métrica unitaria de valores materiales y temporales del espacio. En esencia, Narváez fue un escultor figurativo, cuya obra geométrica de la última década y media de su vida puede considerarse, precisamente, su geometrización. Al hacer un diagrama codificado en axes y ejes direccionales, puede observarse cómo ocurre plásticamente este fenómeno. En su caso, podemos hablar de la escultura-bloque, del espacio volumétrico cerrado e intemporal que lo acerca a la actitud creadora y humana de los grandes escultores talladores de la época prehispánica del continente americano. La certeza de perdurabilidad, la fidelidad al material, sea real o inducida (es preciso hablar de su escultura en bronce con las texturas de la madera), la intemporalidad, se encuentran contenidas en el bloque cúbico que en sí mismo contiene la escultura. Es en su superficie donde se desarrollan tanto la representación figurativa como la interpretación geométrica. Bastaría hacer una comparación entre varias esculturas emblemáticas de los diferentes períodos para llegar a esa conclusión; por ejemplo, las Figuras femeninas, 1932; Ia Mujer con paño, 1937; Alcatraz, 1940; los Torsos, de 1945 y la década de 1960, hasta la serie de las Cabezas ochavadas y de los Volúmenes, de la década de 1970 y la última obra de comienzos de la década de 1980.
Narváez fue un escultor de temas limitados. Él fue más bien un escultor que experimentó en la inclusión de sus temas en el volumen cúbico: la forma sencilla que expresa con fuerza la volumetría tridimensional. Al ser y ocupar un espacio cerrado, su escultura no muestra un mayor interés porque la forma exprese su carácter de objeto. Narváez fue esencialmente un escultor para un espacio arquitectónico, simultáneamente real y esencial. No fue una simple coincidencia que se convirtiera en uno de los colaboradores artistas más importantes del arquitecto Carlos Raúl Villanueva y su propuesta de integración de las artes, vital en sus diseños arquitectónicos. Las obras cívicas de Narváez confirman esta observación. Escultura vigorosa, de complexión hermética, tanto en su configuración externa como en su esencialidad temática. Heredera de las grandes obras de la historia del arte universal, la suya convive con la escultura de un Constantin Brancusi o de un Henry Moore.
BÉLGICA RODRÍGUEZ
