Para una de sus primeras muestras, Fabio Kacero escribió una suerte de biografía, que nunca se publicó. Es interesante conocerla porque refleja su manera de estar en el mundo, sin estridencias pero sin levedad.
"Cuando estaba en 4º ó 5º grado una maestra organizó un concurso de preguntas y respuestas mientras almorzábamos en el comedor de Ia escuela. Al término del concurso otorgó a cada niño un premio. El mío fue un libro, Mi museo maravilloso, de la editorial Sigmar. Era un libro grande de tapas duras con reproducciones ordenadas por temas: Ia familia, los oficios, el atelier y Ia luz, los sueños... Junto al Gilles de Watteau, un paisaje crepuscular de Claude Gellée, San Eustaquio de Pisanello rodeado de animales de visión mística, simples objetos pintados por Zurbarán y el atelier de Vermeer.
Hechos tan dispersos y heterogéneos como los fascículos de Ia revista Scientific American, los soliloquios de Marco Aurelio, una ventana cubierta de calcomanías, el Adobe Illustrator, una tapicería, John Borman desconectando a Ia computadora HAL 9000, Ia colección Historama, Ia visita al futuro de Eudoro Acevedo o el largo sueño de Rip Van Winckle, continuaron y ampliaron aquel, mi primer paseo".

Ahora, a los 39 años, su trabajo se presenta breve, como este texto que, por supuesto, no entra en detalles. Nada dice de sus reiteradas muestras en el Centro Cultural Rojas (de Ia Universidad de Buenos Aires) y en Ia Galería Ruth Benzacar ni tampoco acerca de sus muestras en Ia galería de Kravets-Wehby en Chelsea, Nueva York, o en Arco, Ia feria de arte contemporáneo de Madrid.
Las bellas obras que acaba de presentar en su muestra en Ruth Benzacar lo impulsaron a volver a escribir. Esta vez fue una suerte de lista con 11 puntos, en donde básicamente pide silencio para no ser malentendido. En el tres decía: "La belleza no piensa. Al menos no es sentenciosa. No es Ia metáfora pretenciosa del jactancioso, ni Ia buena conciencia del bienintencionado".
Más allá de las intenciones de Kacero, sus obras disparan interrogantes y reflexiones. El artista presentó dos vertientes de su obra que aparecen como contradictorias, pero en realidad son complementarias. Tanto en los cuadros acolchados multicolores como en las cajitas mínimas con películas gráficas e impresión a todo color y luces, el artista se empeña en reemplazar ciertos gestos de Ia pintura con los objetos. Esa síntesis aparece tanto en sus piezas grandes acolchadas como en las pequeñas armadas con transparencias. Contrarias en tamaño, las obras poseen el mismo núcleo: unas figuritas o calcomanías diseñadas por él mismo en una Macintosh.
En su refinamiento y presentación, las piezas aparecen con un despojamiento que es inversamente proporcional al complicado proceso de producción. El entrenamiento del desprendimiento requiere un enorme trabajo, y Kacero lo hace. Sus cuadros acolchados (que en realidad no son cuadrados ni rectangulares) tienen un aspecto muy tecno, realizados con materiales brillantes u opacos, y de un diseño impecable. Allí no se ven sus dudas.
Las calcomanías, realizadas con el mismo programa que utiliza para su obra con las películas gráficas superpuestas de a cinco o seis y enmarcadas en cuadritos de 6 x 6 cm, exhiben fragmentos de lo que aparece como signos, circuitos cerebrales, maquinarias descompuestas, formas elementales. Son composiciones prolijas, impecables, pero que antes que orden presuponen libertad. La misma libertad con que dispone las calcomanías sobre las superficies de los acolchados antes de sellar su suerte con un packaging que las tornará distantes, inmodificables.
En sus últimos trabajos ha extremado Ia reducción. Achicó el volumen, redujo los brillos, incluyó el color e incorporó luces desde atrás. El resultado es otro, pero igual: formas y diseño puro. Pero, del mismo modo que en los objetos de gran volumen, donde aún existe Ia dicotomía entre lo artesanal y lo tecnológico, en las películas gráficas persiste Ia intermediación entre cada una de las pequeñas placas que hacen un todo. La distancia entre los materiales existe y Kacero Ia subraya.
El artista utiliza un plástico transparente que trata con calor para envolver herméticamente los segmentos de sus objetos grandes, y para sellar los diseños. Envoltorio brillante, el plástico invita a ser tocado. Iluminadas y delicadas, las cajitas con películas gráficas prometen una engañosa cercanía que no tienen. Otra vez, aparece ese gran atractivo visual. Otra vez, hay una invitación que se frustra: "se mira y no se toca".
En el cuarto punto, Kacero escribió: "Si el ojo es hablado, el vapor de Ia boca lo empaña" (Nebridio). Claro, el arte llega donde no alcanzan las palabras. Pero imposible empañar una muestra como ésta.
VICTORIA VERLICHAK
