Eventa invoca el paraiso

Luis Sosa. Siete islas de tomate y fuego, 2000. Detalle de la instalación fotográfica en la ciudad de Uppsala. 100 x 100 cm aprox. cada retablo.*

Bienalnov 2000 - ene 2001· Por Alejandra Pozo

Eventa invoca el paraiso

Con sede en Suecia, este verano se celebró la quinta edición de la Bienal Internacional de Arte Contemporáneo en el Ekeby Quarn Artspace. Con Orlando Brito Jinorio como comisario y dirigida por Luciano Escanilla, Eventa versó en esta edición sobre la utopía, reuniendo a más de 40 artistas de todo el mundo que intervinieron todo tipo de espacios y paisajes. 

Suecia se abría al día. La noche, oscuro manto ya cansado de cubrirla durante todo el invierno, se retiraba definitivamente y daba comienzo a la función solar. Durante los días que rondaban a la inauguración de Eventa, sólo unos tímidos indicios de tenue oscuridad aún se asomaban entre las 12 de la noche y las 2 de la madrugada, hora del amanecer. Junio 10, fecha prevista para la apertura, estuvo precedida por 15 días de montaje que, fuera de la burocracia propiamente institucional, obsequiaron a todos los presentes más de 50 artistas de todo el mundo, un grupo de curadores, uno que otro periodista, y todos los allegados desde sus diferentes posiciones una mina de posibles interacciones en el plano real, artístico y utópico. 

Era ya la quinta edición de una bienal “alternativa” internacional de arte, hija predilecta de Luciano Escanilla, creador y director del Ekeby Quarn Artspace, chileno, de pasaporte sueco, restaurador de las más valiosas joyas del arte, pintor en secreto, pero sobre todo, arriesgado promotor de ideas de enlace cultural. 

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Kjartan Slettemark, Karin Grónlund y Marie Grónlund. Performance milagro, 2000. Acción callejera. *

A casi 30 kilómetros de Estocolmo, Ekeby Quarn es la sede, el corazón, que da vida a Eventa. La bienal, a lo largo de su existencia, ha ido creciendo y marcando pauta, desde sus comienzos, cuando se instalaba en el Artspace de Ekeby, un antiguo molino restaurado por Luciano, y apenas empezaba a romper sus fronteras interviniendo los espacios exteriores, campo, bosque, praderas de espigas, hasta llegar al río y hacer de su tercera edición una travesía fluvial con cinco estaciones, que desembarcaba en Uppsala, la ciudad ya hoy por hoy conquistada y traspasada por la simbólica invasión de Estocolmo. Allí, en un bajo del Museo de Arte Moderno, Florencio Gelabert (Cuba-Estados Unidos) enarboló esta vez la bandera ecologista haciendo reverdecer cinco países-continentes desforestados, incluido el anfitrión. La inspiración es la utopía que la bienal ha nombrado como "Paradise Zero", ese instante que revisa el pasado e imagina el futuro y propone desde la esperanza, el nihilismo o el apocalipsis, según la visión de cada quien. 

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Barthélemy Toguo. Detalle del performance callejero en la ciudad de Uppsala.*

Oro parece, plata no 

es Organizar este encuentro multicultural inscrito en una sociedad tan abierta, humanitaria y armoniosa como la sueca pareciera ser una buena premisa para dar pie al paradigma que se plantea. Hasta que te topas con la realidad, y la multiculturalidad dentro de la sociedad ejemplar no es otra cosa que marginalidad en una cultura decadente que es lo contrario de lo que quiere parecer. La conquista del espacio, el encuentro multicultural, la obra desconceptualizada, la mirada que redescubre, que refleja la realidad desde otra perspectiva: natural, social, política, cultural, antropológica, metafísica. 

Cuco Suárez, artista-performer asturiano que, entre otros muchos méritos, organizó el proyecto Diáspora, Encuentro Internacional e Interdisciplinario de Arte en la ciudad española de Oviedo el pasado mes de noviembre, se atreve a englobar las caras que se repiten y las que se suman dentro de un nuevo movimiento artístico mundial sin categorías ni manifiesto —por el momento—, que recorre geografías fuera del ámbito comercial impulsado por personas clave como Orlando Brito Jinorio (España), que recientemente fue comisario de la Bienal de Dakar y es el curador general de Eventa, con la colaboración de Katya García-Antón (Inglaterra), Ernesto Muñoz (Chile) y Luciano Escanilla (Suecia). 

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Guillermo Gómez Peña, Roberto Cifuentes y Juan Ibarra. El proyecto Mexterminador, 2000. Detalle de la Interpretación de Cyber Vato.*

Preparados, listos, acción 

Los días de montaje coincidieron también con los performances que abrieron el espacio imaginario de la ciudad con la marcha emblemática del rey (Luis Sosa-Canarias), el príncipe (Marc Latamie-Martinica) y el primer ministro (Orlando Brito) del Butan World, un lugar utópico donde todo es posible y azul (En Bután los negros son azules, los blancos también), acompañados de una tropa de niños que llevaban el mensaje en forma de panfleto. Danilo Danziger (Argentina) dejó caer al río siete paraguas negros abiertos, Kjartan Slettemark (Suecia) y su plástica danza nacional estamparon estrellas de color en un blanco recuadro callejero, y Barthelemy Toguo (Camerún), vestido de obrero y con música a cuestas, transportaba y serruchaba en una extenuante cadencia un tronco de madera, aludiendo a los duros trabajos que suelen realizar las comunidades de inmigrantes. 

Y ya para terminar de dar comienzo a la Eventa del paraíso, la noche inaugural debutó en tierra escandinava el expectante Mexterminator Project (Estados Unidos-México) o Museo Interactivo de Etnográfica Experimental y Cultura Apocalíptica, en el que tres especímenes interactivos (el Chicano apocalíptico, el Cyber Vato y el Generic Illegal Alien), encarnados por el reconocido performer mexicano Guillermo Gómez-Peña, Roberto Cifuentes y Juan Ibarra, personajes híbridos culturalmente que a partir de la manipulación provocativa de elementos —simbólicos, rituales, corporales, teatrales, tecnológicos— usan y desechan, construyen y destruyen discursos críticos sobre sus realidades vitales e invitan al público a intervenir en sus necesidades y fantasías. 

Inaugurada la bienal (a pesar del recorte presupuestario), el apoyo y simpatía de David Elliot, director del Museo de Arte Moderno de Estocolmo, empezó a abrir puertas insospechadas que se proyectan como arriesgados claroscuros que colocan a la bienal en las fauces de la fama, con el consecuente peligro de dejarse vender o arrebatar el alma. 

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Eduardo Cervantes. Delirio escandinavo, 2000. Vista de la instalación con banquetas de madera fundidas al aspecto arquitectónico de la sala de exposición. 700 x 360 x 60 cm aprox.*

En pleno corazón 

El trabajo de penetración y aceptación de Eventa fue muy fructífero este año. En la sede del Ekeby Quarn se abría paso la exposición con una pieza de Eduardo Cervantes (México), que, de la misma forma que la que mostraba en el exterior, se adueñaba de todo el lugar en el que estaba instalada, al fundirse con sorpresa, humor e irreverencia con el espacio arquitectónico. En el primer caso, un trío de banquetas de pino, tan universalmente suecas, construían un estandarte absurdo que no sólo inutilizaban al objeto volviéndolo arte, sino que se integraba hermosamente al entramado de carpintería que construía el viejo granero de tablas que se prestaba como sala de arte, donde también se daba cobijo a las largas telas étnicas del gran Owusu Ankomh (Ghana), que, enfrentadas como si la una fuera el reflejo del jeroglífico autorretrato de la otra, colgaban desde lo más alto de la pared hasta cubrir el suelo y tocarse mutuamente; la gran campana de Danilo Danziger (Argentina), construida con barro y materiales orgánicos, que colgaba desde el techo; un video sin editar en el que repetidamente un pájaro picoteaba una manzana en el aire, poesía audiovisual al estilo japonés, de Marc Latamie, y, por último, una serie de rostros multirraciales, encerrados en cuidadas cajas o en forma de pastillas de jabón, ensamblaban la instalación escénica autoiluminada de Juan Castillo (Chile), que parecía cantar una emotiva y estética reivindicación política. 

Fuera del granero y antes de entrar al molino, en un plano de bosque a orillas del río, acampaba un grupo de instalaciones. Literalmente, Latamie había levantado una tienda de campaña que filosofaba a propósito de Descartes (muerto en Estocolmo) y que sin ser la misma obra se prolongaba a través de la multicolor y deletreada palabra Atlantic, que finalmente describía Latamie dentro de una especie de gallinero piramidal como eje común divisorio y unificador de su mundo. 

Jack Beng-Thi (Isla de reunión) marcó las huellas de un sendero que unía el espacio de la casa (allí donde se construye el pensamiento) al espacio exterior, concretamente una imagen de un bosque primitivo que yace en el fondo de un hueco excavado en la tierra. 

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Danilo Danziger. Campana, 2000. Objeto colgante hecho de barro y material orgánico. Altura: 95 cm. Diámetro: 70 cm.*

Luis Sosa (España), con algo de pintura azul y unas cuantas franjas de tela del mismo color que flotaban en el agua, sugería su delirio Bután de querer teñir todo el río de azul. 

Los rostros de Juan Castillo volvían a dar la cara al público, esta vez formando una sábana impermeable que colgaba sobre el canal de entrada de energía hidráulica que antaño daba vida al molino. 

Dando la bienvenida con los brazos abiertos en una foto a todo color de gran formato, el cuerpo de Pascal Meccariello (República Dominicana) nos recibía crucificado y alucinando, en una cadente demencia religiosa, todas sus ideas de paraíso. 

Shanin Afrassiabi (Irán) aludía a otro paraíso emblemático, el del oasis insular (del tipo islita con palmera), transmitido a través de la pantalla de una TV colocada en un rinconcito, decorado como el más anodino hotel escasamente estrellado. 

Más remembranza católica se repetía en los crucifijos que Ismael Frigerio (Chile) tomó de los cementerios del desértico norte chileno donde el artista realizó durante largo tiempo un exhaustivo trabajo fotográfico-antropológico sobre las minas de sal, las huellas en la tierra y en los cuerpos, del tiempo y de la tortura. 

En el sótano, Augusto Canedo (Portugal), mediante unos focos adheridos al muro, proyectaba la imagen de una boca abierta que se repetía como una sucesión de gritos de luz en la oscuridad, mientras a ras de suelo los focos encendían un jardín de flores. 

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Jack Beng-Thi. La última imagen termométrica del bosque primitivo, 2000. Detalle de la instalación en técnica mixta. Área total: 10 x 40 mts. Detalle: 70 x 70 cm.*

A la casa-albergue de artistas se la tomó Cervantes (México), con una lograda obra que, con un mínimo esfuerzo, alcanzaba un máximo resultado: un pequeño rostro de muñeca rellenaba la cavidad de un pequeño agujero en una de las paredes exteriores, logrando no sólo un efecto realmente inquietante, sino que convertía al muro, y por consiguiente a toda la casa, en cuerpo de la expresión cóncava y deforme de la mascarita. 

A lo largo de todos los recorridos siempre goteaba el ánimo Bután de Sosa de inundar el mundo de azul. 

En una pequeña y fría cripta, Fatma Charfi M’Seddi (Túnez) fue tejiendo un entramado impenetrable secretamente cargado de tantas memorias, y arriba, en la buhardilla, Natalia Pastor Suárez (España) montó una pequeña y sensible muestra de su trabajo (dibujos, pintura, cajas, vídeo) en la que, dentro del tema de los insectos que aborda últimamente, aparecía esta vez la incansable hormiga recorriendo eternamente el símbolo del infinito, a propósito de la utopía, concepto en el que, como si fuera un puzzle, se preguntaba la artista si podría armarse con las piezas de la realidad. 

Ya, antes de tomar camino hacia la ciudad de Uppsala, recordamos el enorme jardín-mandala multimedia cuidadosamente sembrado por Ro Rai (Nepal) y el colectivo inglés Antidote, y la instalación de María Causa (Argentina) que recreaba un dormitorio todo hecho de blanco, vacío, soledad y ausencia, que se abría paso entre la maleza de una pradera de espigas. 

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Pascal Meccariello. Listo para volar, 2000. Técnica mixta. 247 x 270 cm.*

Prolongaciones 

Ya fuera de Ekeby, los artistas de Eventa asomaban sus intervenciones desde incontables facetas de la ciudad. Un poco antes de llegar a Uppsala, en una pintoresca iglesia al lado del cementerio vikingo, Oswaldo Macía (Colombia) hacía sonar su sinfonía de pájaros, investigando sobre el tortuoso recurso de la repetición de sonidos que, de melodiosos, pueden llegar a convertirse en insoportables. En el Jardín Botánico, Armando Mariño (Cuba) colocó un mulato hiperrealista tallado en madera mirando a través de una larga vista desde el techo de su precaria chabola. Britt Marie Larsson (Suecia) creaba en el parque un círculo de mármol y espejos, en cuyo centro reposaba una máscara que asemejaba una joya faraónica. En el Museo de Arte Moderno, Jacqeline Fraser (Nueva Zelanda) reflejaba su teatral delicadeza personal en su obra escenográfica, y Mark Waller (Inglaterra) proyectaba un conjunto de videos, entre documentales y cinematográficos. Gilberto & Jorge (España), en su versión castiza y recatada de sus homónimos sajones, mostraban en la biblioteca sendos libros de fotos de todo tipo de puertas muy casualmente acompañadas de frases-pensamientos que reforzaban aún más el sentimiento desolador y existencialista de la obra. 

Tres vitrinas consecutivas eran para Héctor Siluchi (Chile), Janet Escanilla (Chile-Suecia) y Luis Sosa (España), todos con grandes formatos fotográficos cuyas secuencias aludían a la infancia, en el caso de los dos primeros, mientras que el canario, con un preciso teleobjetivo, detallaba el proceso de putrefacción de un tomate-isla-célula a través del tiempo. Carlos Matallana (España) ocupaba una galería con sus murales de fuego y aire construidos con cientos de fotos alrededor de su sombra de ceniza dibujada en la pared. 

Además, obras en cafés, bares, calles, en la estación, de modo que Eventa no pasó inadvertida y , aunque su dispersión proponía un esfuerzo a ratos detectivesco para el espectador que quisiera encontrar todas sus pistas, como fenómeno cultural de penetración social lograba resultados más que puntuales que consolidaron su éxito con el festival de clausura, que con toda libertad y de la mano del performance se tomaron durante septiembre a la catedral como sede de intervención y reflexión divina. 

* Fotografías Carolina Pascual.

ALEJANDRA POZO

Periodista e integrante del colectivo de investigación Artística ART-OI; de procedencia venezolana, reside en las islas Canarias,desde donde es corresponsal de arte, especialmente latinoamericano, para diversas publicaciones.

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