Los sobrios y evocadores bodegones de Elena Climent han expresado por mucho tiempo su veneración por las cosas ordinarias y la vida cotidiana de México y la predilección de los mexicanos por embellecer la más humilde de las moradas con especiales toques decorativos de todo tipo. Un alféizar un altar doméstico, el mesón de una cocina o un estante para el cuarto de los niños son tratados con un respeto que nos recuerda a los maestros holandeses y su obsesión por el significado simbólico y la precisión de los detalles. Cada una de sus pinturas es un conjunto de cosas que actúan como significados de sus propias experiencias y que poseen un valor personal específico. Sin embargo, sus pinturas decididamente mexicanas contienen también referencias tan familiares que pueden ser igualmente significativas para el espectador no solamente por sus dejos nostálgicos, sino como colecciones de objetos y formas interesantes.

Elena Climent está tan fascinada con la apariencia estética de sus colecciones como con la relevancia que tiene cada una de ellas para sus arreglos composicionales y su repertorio personal de recuerdos. Haciéndole eco al importante papel de los bodegones y las representaciones realistas en el mundo moderno, en el cual los artistas están a favor de los temas inanimados y anónimos, por ser más tolerantes a la deseada manipulación formalista, Climent crea complejos desafíos pictóricos en cada obra. En esta exposición de 18 óleos y 11 acuarelas, su visión se extendió más allá de sus ahora reconocidos halagos a una mexicanidad, para abarcar nuevos panoramas y nuevas disposiciones de tiempo y espacio, del pasado y el presente. A partir de sus acuarelas, es fácil apreciar su talento para una instintiva interacción de las formas y la variedad composicional y su enfoque para reunir su colección de objetos.
Artista autodidacta, Elena Climent aborda cada obra como un estudio de armoniosos arreglos y recursos visuales que sirven para trascender momentos exactos en el tiempo y fusionar imágenes del mundo real con los de un sueño o un recuerdo. Las pinturas de esta exposición incluyeron escenas dentro de escenas, ventanas, espejos, fotografías y otras complejidades ópticas que representaban panoramas interiores y exteriores que no necesariamente se correspondían, pero que ampliaban el territorio de la reflexión privada más allá de su amado hogar en Tepoztlán, México, y de su residencia actual en Chicago, para traer recuerdos de lugares tan disímiles como España, Francia, Italia, Nueva York, Brasil o Vermont, que a menudo se mezclaban en la misma escena. Empleando fotografías de una visita a un pueblo de Vézelay, Francia, ella se imaginó la tranquila escena de Room with Landscape of Burgundy (2000) desde una ventana de México, al igual que las fotografías de familia de Table with Objects and View of Lake at Sunset (1999) pueden definir un momento que difiere de su escenario original en tiempo y lugar.
Los diferentes marcos de tiempo que implican movimiento en el espacio y vuelos de la fantasía reflejan una serie de percepciones diferentes que la artista encontró al regresar con su esposo y sus hijos a la casa de su infancia entre 1998 y 1999, y que afectaron y ampliaron la conciencia que ella tenía acerca del significado exacto de dichas percepciones. Confrontada con el pasado, empezó a pintar imágenes con miras a una expansión exterior de un periodo y lugar percibidos desde un escenario interior en otra ubicación. A pesar de un cierto sentido de austeridad, cada obra estaba templada por el mensaje personal de la artista, que es más imaginado que real. Denominando las obras para la exposición como la evidencia de "terminar la casa de mis padres y estar a punto de construir mi nuevo bogar", Elena Climent se concentró en "un esfuerzo por crear una armonía que contiene todas mis realidades de diferentes épocas y lugares". También revela sus talentos como experta realista, hábil para transformar estampas de la naturaleza en postales firmadas con su propio mensaje personal. Para cada pintura ella diseñó una invitación personal a ver el mundo a través de sus recuerdos e imaginación, y con la reverencia que se le otorga a una pintura piadosa.
CAROL DAMIAN
