Si algo ha quedado de presente en esta importante exposición sobre el dibujo como técnica es que ya éste se justifica, existe estéticamente, como un modo de expresión completamente autónomo y por encima de lastres como el de su dependencia de la figuración. El trazo cuneiforme era ya en esencia ya un dibujo, lo es el garabats le corbuseriano, debyffetiano. Porque el dibujo concebido como boceto, es decir, como transición hacia el óleo o la escultura, ya no se da aquí. En este caso, se ha borrado esa dependencia metodológica y lo que cuenta plásticamente es aquello que es imposible de definir: ese trazo espontáneo, aviso o llamada a un interlocutor, trazo que busca ahondar, eso sí, en los perdidos ámbitos de lo simbólico.
"En lugar de llegar a una maestría —como recuerda Ramón Gaya—, lo que se necesita es llegar a un principio". En esto reside la autonomía de un medio de expresión, en llegar a indagar sobre sus escondidas normas, sobre aquello que rige como principio creador. Esta autorreflexión, me apresuro a aclararlo, no consiste, como algunos ingenuamente piensan, en el remake sobre una figura de Velázquez, por ejemplo, sino en saber descubrir las pautas internas que fueron olvidadas y sin las cuales es imposible pensar en una autonomía formal, en fijar nuevos límites.

Ese principio señala entonces una libertad de caminos que es la que en esta exposición está presente. Las obras de Óscar Jaramillo de hace cinco años parecían haber entrado en un dibujismo rutinario donde la habilidad de la mano parecía no saber sacar partido de ciertas premisas presentes en las texturas de los objetos, en las sombras de los ámbitos de sus personajes. Y parecía acercarse al peligro más grave: el hiperrealismo.
Lo que ha hecho es lo más difícil: ahondar en la psicología de sus personajes, potenciando el significado de unos ojos, el gesto de unas manos, para superar ese hiperrealismo y desembocar en otros planteamientos plásticos: de ahí la irrealidad que no es sublimación, ni idealización, sino la presencia de lo intangible.
Juan Cárdenas, al hacer arqueología del dibujo elude el fácil remake y si escoge una línea de trabajo —Ingres— lo hace para hacerle preguntas a una herencia que está en peligro, para tratar de restablecer como método de conocimiento, aquello que se esconde en esas premisas, o sea, aquello que debe renovarse para permanecer. Jorge Julián Aristizábal no ha contado con el reconocimiento crítico de Germán Londoño, su compañero de generación, a pesar de contar ya con una obra sólida, conceptualmente rigurosa en la manera de dar cabida a un humor desafiante, lapidario. Sus dos dibujos muestran con solvencia técnica la autonomía del dibujo y las posibilidades que tiene éste para llegar a desarrollar, internamente, imágenes que son parte de insospechadas asociaciones: objetos baladíes, escenas callejeras.
Germán Londoño presenta un dibujo en el cual su iconografía conocida es ubicada en los lineamientos que el dibujo le propone, le establece como posibilidad expresiva. Y esto es lo que hace con gran solvencia Jorge Gómez en los dos excelentes dibujos que presenta.
José Suárez ha escogido una serie de personajes ubicados en una época precisa, sacados de la pose fotográfica donde se calificaban a sí mismos en lo ideológico, en lo cultural, y los ha colocado en una escenografía neutral para objetivar así los gestos, los trajes, los tics. ¿El dibujo cuando seguimos hablando de la muerte del arte? La saludable impresión que deja esta muestra es la del gesto, no de quien por romanticismo insiste en un medio de expresión desahuciado, sino la de quien afirma espacios, imágenes que no tienen porqué desaparecer. Constancia visual mediante la cual Beatriz González busca una reflexión moral sobre el presente.
Esta misma impresión nos queda después de ver la IV Bienal de Gráfica Artística. Si se supone que lo virtual, la imagen digital, el cyborg, han suplantado tajantemente aquello que la mano ha configurado como rastro de imágenes decisorias, iconográficas, como presencia de lo humano en su escenario cotidiano o en medio del conflicto de la historia, esta bienal demostraría lo contrario. Y ya estamos, una vez más, preguntándonos si los llamados avances tecnológicos son los que modifican los contenidos culturales del arte o éstos deben, para alcanzar su legitimidad estética, plantear sus propuestas formales a partir, precisamente, de estos nuevos contenidos y ópticas de vida.
Este ejercicio de anacrónicos, convertidos prácticamente en Colombia en capillas secretas, alcanza el vigor que lo desechado suele alcanzar como réplica ante aquello que lo impugna. Ya es un notable tanto a favor el hecho de que lo que aquí se plantea visualmente nada tenga que ver con lo que la generación de Quijano, Rendón, Alcántara, y Dioscórides instituyó en su momento como tarea exclusiva del grabado. De hecho, la excesiva dependencia del supuesto mensaje político llevó a este tipo de grabado a un callejón sin salida.
En las propuestas de Guillermo León Taborda, de Ana Cristina Zuleta, de Harold Miranda, de Rubén Darío Yepes, se da otra estética de la imagen, un planteamiento del medio técnico donde el shock de lo urbano, la fragmentación de los discursos, lo público y lo íntimo, se abren a infinitas posibilidades formales. Y esto es lo importante, porque hasta aquí la búsqueda personal no aparece constreñida por ningún factor extraño y diferente de la tarea de traducir en imágenes un mundo personal.
DARÍO RUIZ GÓMEZ

