El artista venezolano Édgar Sánchez (Aguada Grande, estado Lara, 1940) ha desarrollado a lo largo de más de 30 años una trayectoria ejemplar y al mismo tiempo singular para el arte de su país y de América Latina. Hay en su obra hilos conductores definitorios, como la presencia insoslayable del ser humano que no aparta su mirada de nosotros. Y hay una técnica muy personal que, tanto en el dibujo como en la pintura, crea en el soporte un tejido finísimo de líneas, puntos, capas de materia, de las cuales surgen misteriosamente las figuras, tomando cuerpo desde la materia misma de los pigmentos.
Édgar Sánchez se ha mantenido fiel a esa figuración humanista que aparece en la década de 1960 y, en Venezuela, renueva sus imágenes y sus formas en el llamado “boom” del dibujo de fines de la década de 1960, del cual ha sido protagonista, hasta llegar a crear escuela. Desde la década de 1980 hasta hoy, el arte venezolano ha transitado por otros derroteros, algunos marcados por ciertos facilismos y por la repetición local de las tendencias internacionales de moda.
Mientras tanto, uno de los méritos de Édgar Sánchez ha sido el de asumir la disidencia, mantenerse a contracorriente, ejerciendo, como habría dicho Marta Traba, su capacidad de resistencia. Otro mérito ha sido, y sigue siendo, el de su constante profundización dentro de la coherencia subyacente de su trabajo.

Llama la atención, a lo largo de la extensa producción del artista, su poder de renovación a partir de elementos ya presentes en épocas anteriores, junto a la integración de elementos nuevos que se funden con los existentes y auguran los venideros.
En 1965, después de algunas participaciones premiadas en diversos salones de menor importancia, Édgar Sánchez hace una entrada muy destacada en el ámbito de las artes en Venezuela: en esa fecha, con 25 años y sin mayor formación plástica (estudiaba arquitectura), cosecha tres de los premios del Salón Oficial Anual de Arte Venezolano. En 1968, en el Museo de Bellas Artes, realiza su primera exposición individual; ese mismo año, gana el premio Andrés Pérez Mujica en el Salón Arturo Michelena del Ateneo de Valencia. Estos datos biográficos demuestran que Sánchez se impone de entrada como un artista prometedor. Sin embargo, las obras de esta primera década -época, por lo demás, de juventud y normales indecisiones- revelan diversos ensayos: figuración, abstracción, dibujo versus mancha, grises versus cromatismo.
En 1965, Édgar Sánchez pinta figuras de tipo expresionista, ciñéndose a la emergencia en el país de la nueva figuración protagonizada por sus mayores Alirio Rodríguez, Jacobo Borges y Régulo Pérez. Pero ya para 1968, ha emprendido búsquedas mucho más personales en el terreno de la abstracción (un período corto y que no reaparecerá en su obra), con unas pinturas muy sutiles y virtuosas hechas de líneas que se entrecruzan de manera obsesiva. Este entramado será el que usará luego, con grandes variantes, a lo largo de su obra, ya aplicado a la figuración.

Habiéndose constituido un vocabulario propio, Édgar Sánchez emprende, de 1974 en adelante, una indagación en el ser humano, que se vuelve entonces su tema único. Rostros, fragmentos de rostros en primeros planos donde un poro o una arruga adquieren proporciones monstruosas y parecen tener vida propia. Perfiles, labios, pieles surgiendo de la inextricable retícula a la cual pertenecen, más que a un cuerpo humano. Con estos trabajos de abrumador dominio formal y expresividad cargada de un sentido humanismo, Sánchez pasa, a fines de la década de 1970, a ser el protagonista del “dibujo nuevo” que marca profundamente el arte venezolano de esos años, siendo un pionero y, ya a fines de la década, un maestro. El primer premio que se le otorga en 1979 en el Salón Nacional del Dibujo Nuevo viene, de manera simbólica, a culminar este periodo. Paralelamente, el artista da en la pintura una variante y una reinterpretación de su dibujo. En sus telas de entonces, los recursos propios del dibujo permanecen y se enriquecen con un refinado cromatismo que revela una nueva faceta del creador. En las pinturas, los personajes aparecen de cuerpo entero. Son anónimos, algo robotizados, tratados con un hiperrealismo obsesivo en los detalles de las vestimentas. Estos personajes están rodeados de volúmenes misteriosos, en tonos azules acerados, que podríamos calificar de abstractos, en oposición a la figuración extremada de los cuerpos. Estos volúmenes, si bien no son identificables, adquieren por la calidad de la pintura una textura y unos reflejos metálicos. Envuelven a las figuras, que parecen insertarse en ellos, dentro de una inquietante hibridación. Se revela un mundo hostil que quiere absorber y mimetizar al ser humano.
A principios de la década de 1980, a través de las series Piel y personaje y Piel y paisaje, Édgar Sánchez parece desechar algunos elementos de su trabajo anterior, y en cambio, privilegiar otros. Así es como se fundamenta ahora en la retícula irregular, muy apretada, que se confunde con la textura de la piel humana, y se aleja al mismo tiempo, porque las líneas ya no están constituidas por los grises del dibujo, sino por los infinitos tonos de la pintura. Estas series se valen en grado extremo de las ambigüedades de la visión. Sus obras de gran formato aparecen como campos abiertos de color en la superficie de la tela. Pero de ellos surgen elementos que pueden ser tanto detalles de la piel humana como accidentes de la tierra. El ser humano, la naturaleza, desligados de su entorno, pierden toda identidad y se vuelven un híbrido en la tactilidad de la pintura que, a la vez que los revela, los absorbe.

En 1985, con Piel y paisaje, Édgar Sánchez había alcanzado un punto límite: la insistencia obsesiva en el detalle ampliado hasta perder toda consistencia real, así como la omnipresencia del entramado que todo lo unifica, habían convertido la figuración en una paradójica abstracción, rica, desde luego, en significados semánticos. Y algo nuclear en la obra de Sánchez, como lo es la reflexión sobre el ser humano, estaba a punto de desvanecerse, como si las líneas se hubieran vuelto un Saturno devorando a sus hijos. De ahí que la siguiente etapa del artista llegue a tener todos los rasgos de una recuperación de la realidad. Este proceso se cristaliza en la serie Pieles-Gestaciones. En ella aparecen personajes solitarios, de medio cuerpo o cuerpo entero. Aparecen, a manera de balance, aspectos sintéticos de sus épocas anteriores: el entramado como elemento unificador de toda su obra: el cuerpo humano enfrentado a volúmenes abstractos que resurgen de las pinturas de la década de 1970; los rostros de sus dibujos. Y, al mismo tiempo, esta serie abre en el trabajo de Édgar Sánchez nuevas perspectivas. Por primera vez, se hace presente el paisaje, casi abstracto, todo cielo y llanura, como fondo en algunas telas. Y se identifican asimismo nuevos recursos plásticos que vienen, de modo natural, a ocupar su lugar al lado de aquellos ya establecidos como lenguaje. Los personajes parecen atravesar la tela, surgir del fondo para volver a él. Se establece una relación figura-fondo (antes confundidos ambos en el entramado) a la manera de la pintura renacentista, que otorga a estas obras una vaga intemporalidad, un aire de “arte de los museos”. Hay una nueva sensualidad: también al estilo de la gran pintura, un goce de las texturas, el frío y el calor, lo liso y lo áspero; hay luces y sombras que subrayan la complicidad del personaje con su entorno.
Ese acercamiento nuevo a la realidad permite a Édgar Sánchez plantearse, desde la impronta siempre humanista de su arte, preguntas sobre la identidad del ser, identidad que se perfila, ante todo, como una relación con el mundo. Esta preocupación parece guiar su trabajo durante varios años, y culmina de cierto modo en las series Imágenes, visión y Rostros, visión expuestas en 1991. Ambas presentan rostros femeninos solitarios que comparten con el “fondo convencional” de la historia de los retratos clásicos, el entramado propio del artista. Pero existen a la vez profundas diferencias entre en ellas; Imágenes, visión tiene una atmósfera intemporal con reminiscencias sutiles del arte del pasado, un tono nostálgico para hablar de la serenidad de un mundo ya desaparecido.

En cambio, Rostros, visión remite al mundo de hoy, violento, agresivo, en el que el ser humano lucha por su espacio. Esta última serie viene a constituir uno de los momentos más expresionistas en la producción de Sánchez.
En el transcurso de la década de 1990, fiel a sí mismo y a los planteamientos plásticos y existenciales de su obra, y siguiendo en su afán de profundizar fundamentándose en sus propios logros, Édgar Sánchez emprende una etapa que se caracteriza por la importancia otorgada a los fondos, tanto en sus temáticas como en su interacción con los sujetos. En la serie Pieles-Gestaciones, ya había aparecido en un plano lejano un indefinido paisaje. Ahora se hace presente lo urbano a la manera de un telón de fondo que envuelve al personaje en atmósferas cromáticas; a la vez, establece con él una ambigua relación espacial que parece evocar sus melancólicos recuerdos. Luego, a lo urbano se agrega un paisaje de tipo desértico, desolado, que nos hace ver la ciudad también como fantasmagórica, abandonada. Esta nueva etapa (1996-1997) remite a la serie Piel y paisaje de principios de la década de 1980, una vez salvadas las diferencias. Diferencias que estriban ante todo en que, en la mencionada serie, llegan a una ósmosis la piel humana y la tierra, y el resultado plástico se acerca a la abstracción, mientras que en estas obras recientes, se reafirma la figura y se vuelven a separar los seres y el entorno. Las semejanzas, por su parte, se encuentran en la manera epidérmica de tratar las superficies, en el cromatismo arbitrario e irreal, en el trabajo paciente de capa sobre capa, veladuras sobre veladuras. Las figuras generalmente ingrimas, se destacan por su firme presencia sobre un fondo con horizonte muy bajo o muy alto, a la manera de los retratos renacentistas. Una vez más, esta referencia al arte clásico le otorga a cada obra un aura de grandeza y dignidad, una majestuosidad reforzada por los rasgos también clásicos de los rostros. En los fondos puede aparecer una hipotética ciudad (aunque afirme el artista que se trata de Barquisimeto, con su retícula colonial) o un paisaje vacío, o cielos con pesadas nubes. Este paisaje, tratado con una rara densidad de líneas y puntos que conforman el característico entramado, se vuelve casi piel, con las hendiduras, los surcos que siempre han obsesionado al artista. Lo humano se desborda de estos personajes de medio cuerpo, para apoderarse de este entorno, que ya no es telón de fondo, ni “fondo convencional”.

Los labios apenas esbozan un principio de sonrisa; los ojos miran a lo lejos con ensoñación. Se desprende una gran serenidad de esas figuras —recuerdan en este sentido a aquellas de Imágenes, visión—, serenidad que en ondas sucesivas se comunica al paisaje de ciudades, mesetas y nubes. Sin embargo, como en algunos cuadros de Poussin, todo parece a punto de estallar. Con una gran economía de medios tanto iconográficos como plásticos, sin ningún tremendismo, Édgar Sánchez logra muy sutilmente una tensión sorda, un equilibrio amenazado, una intranquilidad latente. En este sentido, tal vez sean estos cuadros unas discretas y disfrazadas alegorías del escaso espacio que el mundo de hoy deja a la felicidad.
En su actual producción, en pleno proceso, gar Sánchez, según ese hábito tan suyo de reflexionar sobre su obra para ir más adelante, está retomando las vistas urbanas de 1996 como un fondo que se hace cada vez más protagonista. Y parece estar alcanzando esta armonía siempre conmovedora y frágil, que otorga la plena maestría de los medios de expresión cuando nos habla de los temas eternos del ser humano.
FEDERICA PALOMERO

