Exposición Individualnov 2000 - ene 2001· Por Natalia Gutiérrez

Carlos Garaicoa

Biblioteca Luis Ángel Arango

El escenario de la obra de Carlos Garaicoa (1967) es La Habana contemporánea, la ciudad donde nació. Una ciudad con sus edificaciones en ruinas por el bloqueo económico al cual ha estado sometida; en medio de ellas, los habitantes van de un lugar a otro en su vida cotidiana. El trabajo de Garaicoa ha sido ampliamente estudiado por la importancia que ha tenido en el arte del continente, pero resulta más significativo aún porque su obra se presenta en Colombia. ¿Cuál es la razón? Comparar una ciudad que se desmorona frente a los ojos del espectador con algunas ciudades colombianas con su apariencia de desarrollo, permite sacar conclusiones acerca de qué puede significar la ruina, y sobre la importancia de una posición ética del arte frente a ella. 

Tratemos de explicar la comparación con una experiencia de viaje. Si hace unos años un viajero sin mucho tiempo, tal vez una semana, recorría algunas ciudades colombianas como Barranquilla o Bogotá y algunas otras medianas como Neiva, Pereira, Santa Marta o Manizales, podía percibir las particularidades de la plaza central y encontrar rápidamente los pequeños almacenes, los billares o el lugar donde se podía conseguir el más exquisito café. Hoy, años después, si el viajero resuelve recorrer las mismas ciudades, las plazas le parecerán uniformadas, porque estos lugares están tapados, prácticamente sepultados, por los inmensos letreros de bancos y corporaciones financieras. Encontrará los mismos letreros estridentes en cada ciudad, verdes, amarillos y rojos. El signo del dinero se ha vuelto lo más importante en el marco de la plaza, tal vez porque el arrendamiento de los locales urbanos ya no lo pueden pagar los pequeños negocios, sino las grandes empresas. Un dinero muy publicitado y cada vez más escaso para la gente común. Una apariencia de desarrollo, al lado de toda clase de noticias sobre la violencia. 

Exposición Individual: Carlos Garaicoa — imagen 1
Carlos Garaicoa. Roze o La casa de las mejoras, 1995. Detalle de la instalación. Dimensiones variables.

Garaicoa, en una entrevista con Coco Fusco, dice que es necesario, para su trabajo artístico, "sospechar de que en algún punto hemos sido engañados". Y, en realidad, al comparar sus instalaciones sobre las ruinas de una ciudad con la situación de aparente desarrollo descrita anteriormente, hacen pensar que hemos sido engañados en el mismo punto. La ruina puede ser en un caso, el deterioro pero, en otro, puede ser la sepultura de unas características culturales particulares, que han sido literalmente enterradas por una situación económica que es capaz de colarse, invadir y cambiar la fisonomía de las ciudades y el comportamiento de sus habitantes. Comparar la exposición con nuestras ciudades permite preguntarse además sobre la actitud de las personas frente a la ruina, porque a pesar de los problemas que pueda acarrear los que viven en ella tienen que permanecer en contacto con sus posibilidades de afecto y creación para sobrevivir. En los espacios con apariencia de desarrollo, sus habitantes se acostumbran a "ser" y a vivir sólo si se rodean de "baratijas". 

En las fotografías de la muestra los transeúntes son muy significativos, porque pasan frente a los escombros de edificios que todavía conservan emblemas de su antiguo esplendor; caminan erguidos y desinteresados; parece que siempre tuvieran un lugar a dónde ir. Están muy bien construidas porque en ellas aparece el espíritu de confrontar signos. Así, como fotógrafo, no busca referencias fragmentarias, sino que escoge, de lo que encuentra en Ia calle, los signos disímiles que son como historias paralelas en la misma imagen, pero que juntas sintetizan la vida en la ciudad. Por ejemplo, el gesto impasible del ciudadano que pasa frente a una pared por el suelo, que permite ver el interior de un edificio público, o un ángel decapitado junto a un graffiti con la palabra "Fidel". Son obras conceptualmente más cercanas a los collages de John Heartflield, en los cuales una imagen, y sólo esa, es la que se contrapone a otra para despertar una conciencia. 

La confrontación de signos hace de Garaicoa un maestro de la ambigüedad, principalmente en la manera como presenta la utopía. En sus dibujos, los edificios a punto de caerse están sostenidos por atlantes míticos, o son reconstruidos a la manera de un edificio futurista o postmoderno. Pero estos proyectos están en el límite de no creer. Son propuestas donde un sueño constructivo imposible pretende dirigir el presente hacia otro lugar como un signo de liberación, que es el principio de todo proyecto utópico. Pero, ¿será una liberación esa construcción dorada que se eleva al cielo sobre una empalizada y sobre un edificio histórico? El espectador no queda tan seguro. Las imágenes se sitúan en el límite verdadero de la utopía, que puede ser el final de la historia o su comienzo. Y no se sabe, y ahí radica su gracia, si estas propuestas de construcciones espectaculares son el comienzo de una historia maravillosa que supera el presente, o son íconos que representan su fin. 

Buscar fragmentos entre los escombros es un papel importante que tiene el artista en el mundo contemporáneo, cercano al del historiador pero con un método diferente porque no inscribe los hechos en un discurso general, sino que saca del pasado el acontecimiento cotidiano y lo lleva a la galería. Los objetos de la ambientación del Sloppy Joe’s Bar-Dream, que podían ser para la sociedad de consumo una basura, permiten recrear el contexto de una época a través de un espacio donde tuvieron lugar conversaciones, bailes y afectos. El acto del artista historiador es destacar esos vestigios. Así lo muestran las fotografías de La casa del brillante, donde Garaicoa pule y brilla una placa de bronce de una antigua joyería, escondida por el óxido acumulado. Sus instalaciones, entonces, tienen un amarre ideológico que consiste en la claridad con la cual asume su papel de arqueólogo y de testigo. 

Un último aspecto a destacar de muchos otros de la exposición, es que el trabajo con la ruina tiene que ver con el afecto; el objeto está en proceso de disolución y a veces resultan más claros los sentimientos que se tienen hacia él. Algunas de sus obras transmiten la sensación de que el artista puede capturar lo volátil, como los deseos y las ansiedades, y materializarlos en objetos muy precisos. Se pueden citar dos ejemplos. El primero es el sol de monedas con una imagen religiosa en el centro, de su obra Lincoln y Juan Bosco. El dinero es un punto de encuentro de las ilusiones de todos, pordioseros o inmigrantes, más en una ciudad como Nueva York. Y el artista convierte esas ilusiones en un sol deslumbrante, que como todos los deseos, reconstruyendo sus palabras, son islas pacientemente construidas para alejarse de la realidad. El segundo son las fotografías de Bogotá de noche, que podrían ser las de cualquier ciudad, porque finalmente es un espacio oscuro lleno de luces anónimas, que Garaicoa logra transformar en cercanas, al recogerlas para nosotros en pequeñas lámparas de papel. La ciudad sobre la mesa es una obra que lleva un espacio tan inquietante y difícil de abarcar a lo íntimo, que es el único lugar en donde podemos conocer. 

NATALIA GUTIÉRREZ

Carlos Garaicoa, por Natalia Gutiérrez | artnexus