No es de extrañar que en la pintura uruguaya se produzcan coincidencias recurrentes en la obra de diversos artistas. Con Joaquín Torres-García y Pedro Figari se ha consolidado una fuerte tradición que de alguna manera se encarna en la obra de artistas posteriores. Desde la paleta sobria y austera en color hasta un figurativismo que juega con la escala (seres diminutos insertos en andamiajes fuera de proporción, evocaciones infantiles y otras figuraciones plenas de subjetividad), muestran claramente la perdurabilidad de la influencia de aquellos grandes maestros.
Bruno Widmann, nacido en Montevideo en 1930, expone actualmente en Caracas. Su pintura denota sin duda la presencia de esa tradición de la cual forma parte, y a la vez reinterpreta y transforma. Widmann, y luego Ignacio Iturria, consolidan una línea pictórica que de alguna manera condiciona las alternativas del actual arte uruguayo.

Desde el punto de vista formal, resalta en primera instancia la austeridad en el color, haciendo énfasis en el claroscuro. Con ello trabaja la superficie pictórica —y en consecuencia, la imagen— de manera ambigua. Los acentos de luz son manchas y a la vez son, a veces, seres diminutos que pueblan el espacio. Las categorías "abstracción", "figuración" se relativizan en esta pintura. En realidad, coexisten. El espacio pudiera ser un gran plano abstracto a la vez que el escenario subterráneo— y a veces sofocante— en el que se "desplazan" los personajes. Son ámbitos sin luz, sin aire, en los que el artista maneja paradójicamente conceptos como "libertad", "sutileza". "urbanismo" o "urbanidad", "naturaleza" y, por supuesto, "arte" y "espectáculo". Podría decirse que éstos son sus grandes temas.
En todos ellos, nosotros los espectadores somos el público que visualiza "desde arriba" la escena que el artista nos trae. Desde este punto de vista, vemos en las diversas pinturas una gran orquesta en plena función, como un andamiaje dividido en niveles en los que los personajes están cohabitando en una suerte de edificio visto en un corte lateral. En otras ocasiones se trata de un paisaje urbano (con edificios, carreteras, vehículos y personas) o el proceso de germinación de unas plantas. La constante: la terrenidad, la falta de aire y de luz. La vida subterránea en la que la paleta terrosa y densa nos condena.
La ruptura con la lógica es manejada por medio de la lectura ambigua de las imágenes: el afuera y el adentro (el paisaje urbano o lo subterráneo); lo verosímil y lo caricaturesco (escenas cotidianas a la vez imposibles, como la libertad lograda a la salida de un túnel... hacia lo subterráneo); lo sólido y lo aéreo (el aire y la tierra); todos elementos discordantes que interactúan constantemente.
En definitiva todos estos elementos conforman el mundo imaginado de Widmann y son los que lo distinguen de las constantes referencias pictóricas que lo involucran. El artista ha establecido su propia lógica interna y de ella ha extraído su riqueza y el interés que aporta.
SUSANA BENKO
