Exposición Individualnov 2000 - ene 2001· Por Tatiana Villegas

Arturo de Narváez

Salón Bolívar, Embajada de Venezuela en Inglaterra

Durante el pasado mes de abril, el Salón Bolívar acogió en su espacio la muestra individual de Arturo de Narváez. El artista colombiano residente en París da a conocer su trabajo al público británico en un momento en que la ciudad se encuentra conmocionada por la expectativa frente al arte contemporáneo, con ocasión de la apertura del nuevo Museo de Arte Moderno de la Tate Gallery a orillas del Támesis. 

Tan sólo minutos después de entrar en el estudio de De Narváez, se pueden sentir en el ambiente, la soledad y la batalla íntima que libra en su mente. Los instrumentos de su búsqueda empiezan a focalizarse: un lienzo grande, mezclas agresivas de grueso pigmento al óleo en su paleta. Las huellas de manchones sobre el mobiliario le dan al conjunto un carácter de campo de batalla. 

Exposición Individual: Arturo de Narváez — imagen 1
Arturo de Narváez. El cazador, 2000. Óleo sobre tela. 170 x 200 cm.

A primera vista frente a las pinturas, logra uno ponerse a tono. La paleta de color en esta fase de su obra es ocre y el enfoque predominante va de los tonos tierra a los tonos sangre. La impresión que se tiene es la de haber penetrado por primera vez en las cuevas de Lascaux o Altamira y de haber quedado estupefacto por el encuentro en representaciones pigmentadas de animales sobre los muros de piedra rugosa. La textura los hace ineludiblemente presentes y provocan que se congele la mirada en su dirección, logrando sin remedio que uno se sumerja en su contenido, con el fin de hacer un intento por identificar los personajes difusos y desprovistos de todo elemento reconocible. 

Dos seres enfrentados en la perpetua confrontación de la vida. Por el nacimiento, por el amor o por la muerte. Dos seres masculinos en el instante previo a la lucha que le dará a uno de ellos el derecho de perpetuar la raza; macho y hembra antes de la copulación, conscientes de que es allí donde comienza el sendero del amor de la pasión y del dolor que marca la existencia; el toro y el matador donde el hombre y el animal miden fuerzas en un ritual que conjura el poder necesario para la caza. Figuras de color ocre que hablan de sangre y de vida. Algunas de estas bestias salvajes se asemejan a especies prehistóricas que se familiarizan con nuestra imaginería y que con toda certeza pasaron por el mismo proceso de nacer, vivir, reproducirse y morir. 

De Narváez opta por analizar el comportamiento humano a través de la representación animal, con el fin de evitar ubicar al hombre por encima, como se hizo con el Cristo. Los animales son inocentes. Utiliza los arquetipos emocionales comunes en la memoria colectiva para así depositar en el lienzo su frustración personal. Los cuerpos lacerados retratan la violencia constante en la vida humana. Las relaciones apasionadas, la infidelidad, la insatisfacción, el sufrimiento, todos llegan al espectador a través de la tensión entre ambos seres, son sentimientos que De Narváez trata de exorcizar con su obra. Cuando se le pregunta sobre su paleta, De Narváez prefiere referirse a su estado mental como vehículo intuitivo. Lo describe como un placer más que como un lenguaje. No hay premeditación en la escogencia del color. Es la abolición de la conciencia. Para él, el sentido del gusto es a lo vulgar lo que el conocimiento a la aristocracia. El conocimiento se suscribe a la ignorancia. El gusto no puede ser un instrumento de juicio. Sin embargo, su intuición se encuentra con el significado antiguo de ciertos colores. El rojo es vida, los azules y verdes tienen relación con lo sombrío y con la muerte y su interacción tiene que ver con simbolismos ancestrales acerca de la representación de la carne gloriosa e incorruptible para la cual la vida no es más que un estrato efímero con visos de muerte. 

 Exponer en Londres es un acontecimiento emocional para De Narváez, pues se trata del lugar donde se asentaron los artistas de la Escuela de Londres, lugar que marcó para Bacon, Freud, Auerbach, Kossoflfl y su patrono Giacometti, su convicción en la figuración. 

TATIANA VILLEGAS ZAMORA

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