Exposición Individualnov 2000 - ene 2001· Por Santiago Espinosa de los Monteros

Antonio Luquín

Galería Praxis

El pasado 20 de julio inauguró la Galería Praxis de la ciudad de México su exposición El fondo desecado del lago, con pintura de Antonio Luquín. Pintor de trayectoria consistente y aportando una vez más "datos" visuales a una megalópolis que parecería ya no requerir de miradas nuevas, esta muestra nos sitúa ante esa otra parte de la urbe que, a poco de esconderse de nuestros ojos, nos pasa las más de las veces inadvertida mientras silenciosa, pausadamente, va tomando formas nuevas y sorprendentes. 

Si es verdad que las ciudades y concentraciones urbanas han sido un tema socorrido por pintores y fotógrafos, también es cierto que su constatación por lo general se ubica más en la reconstrucción bucólica del entorno o en su mera exaltación como espacio ideal. Con sus formas y sus colores, su traza y su caos, nos cuenta un fragmento de la historia que se complementa, sin trabajo alguno, con la de las experiencias urbanas personales que todos tenemos en nuestro haber.

Exposición Individual: Antonio Luquín — imagen 1
Antonio Luquín. Pantitlán transfer 1, 2000. Óleo sobre tela 105 x 90 cm.

Lo último de la producción de Luquín nos muestra una ciudad que pocas veces nos detenemos a mirar. Si antes inventó espacios urbanos a partir de realidades que él deformaba para hacerlas caóticas y a un tiempo dejarías reconocibles, ahora nos enfrenta a una parte de la ciudad que en su vastedad, en su amplitud y en su involuntaria ironía, nos dice también mucho de esas extensiones que hemos ido ganando. ¿O debería decir perdiendo? 

En este punto no es posible dejar de lado el gran sentido de humor y vena crítica de Luquín. Los títulos que ha dado a sus obras son prueba de este sarcasmo. La serie de los Transfers, si acaso, una evocación directa no sólo del libro de John Dos Passos Manhattan Transfer y de manera tangencial al grupo de cantantes que llevaba ese nombre, sino también a los enormes puentes neoyorquinos hoy célebres por su ingeniería y por las historias a que han dado lugar. 

Estos transfers no son ni libros ni canciones ni están en Nueva York. Para salir de dudas y entrar a realidad, son la serie de los Pantitilán Transfer, referidos a una populosa y contaminada área metropolitana de México... En ellos, Luquín retrata los puentes vehiculares que han inundado las zonas conurbadas de la ciudad con su imponente estructura y, en algunos casos, hasta con dejos de una búsqueda estética más de corte ingenieril que arquitectónica y que delatan los ojos de quienes los han edificado. Como ejemplo de esto se presenta Pantitlán Transfer 3, en donde Luquín descubre una perforación gigante que va de una estructura a otra, cruzando el puente de lado a lado por la parte inferior. El puente, cierto, está ahí pero es Luquín el que lo rescata y lo re-propone en su pintura. 

No estamos ya en la ciudad lacustre que tan bellamente nos describió Bernal Díaz del Castillo. Cinco siglos después algunos arquitectos la siguen añorando y buscan afanosamente volver a ella como única solución al problema de la sequía. Es por ello que la exposición se llama El fondo desecado del lago, en directa alusión a la vida lacustre de la ciudad de México que ya no existe más. 

La ciudad de la que nos había Luquín es esa urbe nueva, la de los grandes espacios, la monumental e implacable por sus vacíos y sus grandes zonas hasta hace poco libres de la mano del hombre y hoy tomadas para guardar o sostener lo que ya no necesitamos o que podríamos, potencialmente, reciclar. Son los últimos predios a la vista, los que están en Internet para subastarse o verse como se mira el peep show urbano: con interés morboso de ser testigo de lo que agoniza y se renueva: últimopredio.com, predio 1.com son sólo dos de las falsas direcciones de navegación que nos llevarían, directo y sin escalas, a la ciudad insólita que aún delante de nosotros, nos pasa las más de las veces inadvertida. 

Acostumbrados por años a que todo es desechable, hemos decidido guardar los enormes restos de los camiones cisterna para potencialmente reutilizarlos en fundiciones nuevas, venderlos por kilos o tal vez sólo dejarlos ahí para que Luquín los pinte con su impecable factura. Decenas, cientos, de veces hemos pasado junto a la caja abandonada del camión de carga o el viejo Volvo de la década de 1960 que sus dueños se obstinan en conservar en el terreno baldío frente a su casa. La estética rescatada en los cementerios de "pipas", cobra en manos de Luquín un sentido singular, y se convierten en el objeto recién rescatado, al tiempo que marca su destino irremediable: "Carretera Texcoco-Chernobyl". 

Esa colección de objetos en desuso, esas señales de movimiento hoy detenido, son los objetos que narran la nueva megalópolis en la que vivimos. "Obedezca las señales" es la profecía patibularia, junto a la carretera que nos mete o saca de la monstruosa ciudad. Esas señales son los puentes "transfer", los tinacos minaretes a los que los modernos fundamentalistas suben a llamar a los fieles a rezo; la nueva zona habitacional de interés social agazapada detrás de un conjunto de árboles solidarios. Esas son en realidad las señales que deben obedecer la avioneta vista a medias y el enorme avión Delta estacionado en el aeropuerto; los grafiteros ausentes y los autos que no quisieron posar para Luquín; los dueños del remolque abandonado que ahora da cuenta del "Pequeño Sarajevo" que es nuestro entorno. 

Esa es la nueva ciudad que, asombrados, estrenamos de a poquito en poquito todos los días, "sin prisa pero sin pausa", hasta que el paisaje muda, se deforma, lo plano se habita. ¿A quién se le han arrancado estas tierras? Nos devoramos a nosotros mismos y nos comemos las entrañas de un paisaje que nos reflejaba en su quietud hoy alterada. 

Solicito a quien mire la muestra que haga un recorrido memorioso por las fragancias urbanas recibidas en los últimos años y complete las visiones. Así, los puentes de Pantitlán, las pipas abandonadas, el lago seco, el aeropuerto, olerán a diesel, a productos químicos y preponderantemente al dulzón olor del gas; turbosina combinado con estiércol de las tres o cuatro rancherías que aún subsisten atrapadas en la vastedad de la megalópolis. Eso es sólo una parte de lo visual de esto que es El fondo desecado del lago. Por lo demás, baste, insisto, con obedecer las señales. 

 SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS

Antonio Luquín, por Santiago Espinosa de los Monteros | artnexus