Exposición Individualago 2000 - oct 2000· Por José Luis Barrios

Silvia Gruner

Museo Carrillo Gil

La exposición de Silvia Gruner, presentada en el Museo Carrillo Gil de la Ciudad de México, del 1° de marzo al 28 de mayo, fue una invitación a la reflexión y a la risa. Quizá a una risa reflexiva o también al revés, a una reflexión hilarante. En cualquier caso, algo está claro a la hora que uno se enfrenta, se encuentra o contempla la obra de esta artista mexicana de origen judío: el modo como se tejen en sus obras los objetos, el cuerpo, la memoria y el deseo. Circuito interior es el título con el que se intentó conceptualizar la variedad de obras que se presentaron en este espacio. Instalación, fotografías, escultura, video y performance (documentos) conformaron esta exposición. 

Una primera constante se adivina en sus obras: el tiempo de lo ido. Para Silvia Gruner la memoria es una trama de pasados: el pasado mítico, el pasado histórico, religioso y cultural, y el pasado personal. El recurso al pasado en esta artista se teje, por ejemplo, a través del mito de Venus (memoria mítica), de la presencia de la historia del holocausto y los motivos de la religión prehispánica (memoria histórica y cultural) y la memoria personal (la referencia a la propia historia familiar de judíos inmigrados a México). De tal manera, que en sus trabajos la textualidad y la objetualidad se complican y se interrelacionan, a tal grado, de superponer, casi de manera infinita, significados que se explican por el cruce de significantes construidos a través de la itinerancia del propio recuerdo y de la propia carnalidad. De tal manera que aquellos donde el asunto es la memoria, los soportes devienen en objetos rituales donde la artista echa mano de cierto valor semántico propio de los materiales que utiliza: barro, metate, cabellos humanos, pero también echa mano de fotografías de familia o de artefactos tecnológicos con los que se fabrica jabón en una pequeña fábrica de una colonia popular mexicana. Máquina que por los demás nunca se ha descompuesto, como lo testimonia un texto, y que tiene una fuerte significación cultural para la artista. 

Exposición Individual: Silvia Gruner — imagen 1
Silvia Gruner. Rosario chino. 2000 Cerámica. 40 cm.

Junto con este carácter itinerante del pasado mítico, histórico y personal, un elemento más se descubre en los trabajos de Silvia Gruner. El deseo se asume como una forma del presente que espera/desespera en sus obras, un deseo que está lejos de repetir los cánones con los que tradicionalmente se define lo femenino. Para Silvia Gruner el deseo es más un problema de angustia e incertidumbre, que un problema de añoranza o que una estructura psicológica que arrincona lo femenino en la pasividad. En este sentido, la artista tiene una clara conciencia del tiempo y el deseo como fragmentación. Cuando menos así lo demuestran ciertas obras de la exposición donde los fragmentos y la destrucción del tejido de plástico de una silla de jardín es metáfora de los celos, o las grietas de un piso pegadas con cinta adhesiva son una mediación sígnica de algo que hay que reparar. En cualquier caso, el modo como Gruner asume las formas del presente como deseo y pasión (Celos, 1999) y (Reparar, 1999) está mediado por el juego dialéctico entre texto e imagen. Mediación que además se mediatiza a sí misma por la significación propia que acompaña a los objetos: una silla de jardín destruida para la noción de celos y un piso pegado con durex para la idea de reparación. 

La poética de Silvia Gruner, además de jugar con las formas de la memoria y el recuerdo y con el presente del deseo, posee otra característica de orden estético: la que se refiere al sentido del humor y el desenfado. No podría calificar su obra de irónica, pero sin duda si de gozosa, y con un muy agudo sentido del humor. En concreto, me refiero a un video donde la artista muestra con una limpieza técnica impecable, pero sobre todo con una claridad discursiva, la risa que le provoca, y nos provoca, cierto uso del romanticismo meloso de la década de 1970. Se trata de Lazy Susan; en la secuencia de casi cuatro minutos se observa un centro de mesa girando —de esos que se utilizan para hacer fácilmente alcanzable las mermeladas, el pan o cualquier cosa necesaria para comer—, sobre el que hay dos vasos que bailan al ritmo de una pieza clásica de música disco. Lo interesante de este trabajo es el modo como la artista hace de la mesa, los platos y los cubiertos (símbolos tradicionalmente femeninos) un motivo de simpatía cómica. Esto va mucho más allá de las formas obvias y ya vistas del discurso feminista subversivo, tiene que ver con cierto sentido del divertimento donde la propia resignificación de los objetos habla de un sentido del gozo vital, en que esos paradigmas se reducen al absurdo, hasta perder su importancia. 

En el contexto actual del arte, donde la diferencia de género, el multiculturalismo, el nomadismo, el exilio, la memoria y el olvido, y la fragmentación pareciera que se deben pensar como el fin de las narrativas de la identidad, el trabajo de Silvia Gruner asume un circuito interior: el del cuerpo que es texto y el de la conciencia que es objeto. Pensar los límites de la identidad también quiere decir pensar una posibilidad del arte y la cultura más allá del solipsismo de la subjetividad. Significa concebir y concebirse como itinerancia y apertura. Es sobrepasar el límite de toda territorialidad. 

JOSÉ LUIS BARRIOS

Silvia Gruner, por José Luis Barrios | artnexus