Exposición Individualago 2000 - oct 2000· Por Victoria Verlichak

Sergio Bazán

Diana Lowenstein Fine Arts

A Sergio Bazán (Buenos Aires, 1962) siempre le atrajo la idea del lenguaje abstracto que encuentra en las notas musicales, los movimientos, las partituras, que ahora pinta sobre fondos monocromos. También le interesa la posibilidad de que alguien lo lea —o no— como algo diferente, como carente de un sistema musical. 

Aun cuando la mayoría de estas doce grandes pinturas transcriben literalmente secciones de partituras originales de música contemporánea compuesta por Alcides Lanza —un músico argentino que formó parte de las experiencias del Instituto Di Tella en la década de 1960— o se refieren a piezas religiosas como el Magnificat de Bach, en su muestra exhibida en Diana Lowenstein hay más enigmas que revelaciones. 

Exposición Individual: Sergio Bazán — imagen 1
Sergio Bazán. Preludio en el Hospital V.S., 1999. Óleo sobre tela. 200 x 145 cm.

De tal modo, las palabras latinas e italianas del Magnificat funcionan como líneas carentes —¿vacías? — de sentido, flotando en lo que parece ser un mar de formas orgánicas, círculos casi descentrados —del centro hacia afuera— y manchas de luz blanca y negra. Mientras que en otras obras como Red y Preludio en Hospital V.S. Bazán utiliza los signos y fragmentos musicales para construir una narrativa que puede ser asociada a vestigios de algo sin nombre, imágenes incompletas, sobre texturas indefinidas. ¿Son símbolos privados, recuerdos borrosos, emociones reprimidas? 

Las obras de esta nueva serie "de la música" aparecen paseándose entre un extraño y ambiguo lirismo, mientras el ritmo anunciado tropieza con manchas, dudas, que auguran quebrantos antes que certezas. Sin embargo, por ciertos aspectos, para algunos estas obras pueden mostrarse como decorativas. Por momentos, las notas musicales bailan y pueden llegar a remitir a un alegre canto a la vida. Precisamente, Bazán busca poner a su obra en ese punto de ambigüedad. 

Su relación con la música no es nueva, ni en su obra ni en su realidad. Cuando era un adolescente creyó que se iba a dedicar a la música. Se movió entre el rock y las artes visuales, hasta que por fin se decidió. Ahora, todavía le gusta tocar el piano, pero su vida gira alrededor de su actividad artística, principalmente de sus pinturas, aún cuando estudió escultura durante por lo menos tres años, con el reconocido Juan Carlos Distéfano. 

"A mí lo que más me gusta es el jazz y voy a escuchar música muy a menudo. En mi pintura, como en el jazz, hay mucha improvisación. No es algo matemático, pero creo que ahí tengo una base y después, según vienen las cosas de la vida, la obra va adoptando distintos matices... Hay siempre una intención transformada en metáfora, en vuelo poético, y ésa es realmente la obra. No me importa lo que perciben los demás, yo creo que trabajo con mi cabeza, con la memoria de lo vivido, pero no de manera referencial. Creo que todos trabajamos con lo que somos. Al final somos el resultado de dónde vivimos, de lo que sentimos, hacemos, tenemos. Aunque siempre intento que mi pintura sea lo menos confesional posible", dijo el artista a ArtNexus. 

"Sí, la música —que me hace pensar en varias direcciones— es uno de los recuerdos más tempranos y persistentes que tengo. Yo pongo música para lo bueno y para lo malo. Escucho, sí, para sentirme exaltado, para encontrar refugio. La música tiene esa capacidad de convertir lo doloroso en bello, transformar la tristeza en belleza. Justamente, a veces pasa todo lo contrario y el abismo se ahonda, eso también me atrae", agrega. 

Enigmáticos, estos cuadros permiten un viaje hacia un estado de ánimo que no es el que aparece a primera vista. Cuanto más se miran, se anuncia una catarata de insospechadas alegorías y contradicciones. No hay afinidades ni connotaciones aseguradas. Los acentos cambian de lugar y, así, el negro puede hasta llegar a ser alegre, y las notas musicales, lúgubres. 

Repletas de ambigüedades, estas imágenes parecen prometer algo que no pueden cumplir. Son testigos silenciosos que recuerdan al espectador la melancólica ausencia de sonidos. En ese mismo sentido, marcadas con un lenguaje incapaz de comunicar vínculos duraderos, las pinturas de esta serie parecen consagrar la fragilidad del significado y la quimera de una inminente armonía que nunca llega. ¿De eso se trata? 

Bazán dice que a pesar de algunas indecisiones, estas imágenes marcan su "salida de la música". Mientras medita sus próximos pasos, el artista sigue enseñando. Sus talleres suelen ser animados puntos de reunión, comprometidos con la imaginación y el deseo de trabajar. Cerca de sus participantes, él se juega por la desmesura y la diversidad. 

VICTORIA VERLICHAK

Sergio Bazán, por Victoria Verlichak | artnexus