La argentina Ruth Benzacar acababa de cumplir 35 años de carrera como galerista cuando un paro cardiorespiratorio se la llevó durante los movidos días de la feria ArteBA, la madrugada del pasado 15 de mayo. Murió como vivió, trabajando. Se ganó con tesón, pericia y honestidad, cada centímetro del merecidísimo prestigio que también, y por suerte, recogió en vida.
Convencida de que uno de los caminos centrales para el arte argentino es su exhibición y discusión también en el exterior, Benzacar fue una pionera. No sólo fue la primera galería argentina en ser invitada a concurrir a ARCO de Madrid, sino que antes de la tan mentada globalización, a mediados de la década del sesenta, se fue por primera vez a Nueva York. ¿Su arma? Un audio visual —no existía el video— con locución en inglés introduciendo a más de 20 pintores, a las imágenes de Berni, de De la Vega, Castagnino, al son de la música de Astor Piazzola. Sí, llegó al directorio y al auditorio del Museo de Arte Moderno, MoMA, con su presentación. Ese fue el primer paso de su persistente intento de poner en el mapa a los artistas argentinos dentro y fuera de sus fronteras. La galería homónima que supo levantar con convicción, buen ojo e inversión está dedicada especialmente al arte argentino contemporáneo. Situada en el corazón elegante de Buenos Aires —en un espacioso subsuelo del cruce de Florida y Avenida Santa Fe—, es un punto obligado de visita para cuanto crítico, curador o periodista insista en conocer el panorama de las artes visuales, aquí y ahora. Ruth hizo escuela en un medio cultural paradójico y exuberante, en donde coexiste una abrumadora cotidianeidad, junto a la producción de situaciones estéticas de una fecunda diversidad. No es de sorprender, entonces, que los artistas de su espacio hayan sido invitados a integrar las mejores colecciones y a participar en museos y bienales internacionales como las organizadas en Venecia, San Pablo, Liverpool, Puerto Alegre, Estambul. Precisamente, los artistas de la sobresaliente muestra Cantos Paralelos, que viajó por varios museos, pertenecen casi en su totalidad a la galería Ruth Benzacar.

Ella era de las que creían que el arte es para la vida y que el arte “es una de las formas de conocimiento humano más enriquecedoras”. Así, primero sostenida por su queridísimo marido Samuel y ahora seguida por su perceptiva e inteligente hija Orly —que asegura la continuidad de la galería—, Ruth había hecho del arte su razón de ser. ¿Vivía del arte?, claro, pero también vivía para el arte. Con la paciencia de una santa y la pasión de una predicadora, sin abandonar sus modos y modales, Benzacar batallaba por sus artistas, por el arte de la Argentina, con una determinación y un estilo poco común.
A Ruth —que supo tener un programa de radio y otro de televisión vinculados a las artes visuales— se le notaba su paso por la universidad, sus lecturas, las veladas en el Teatro Colón y la militancia política. Ella, que nunca dejó de estar conectada con lo que sucede en el campo social y cultural, reclamaba a sus interlocutores un entusiasmo que a veces lograba y otras, no. Algunos la escuchaban escépticos, otros la seguían. Ella jamás se rindió.
Ruth diseminaba su amor por la cultura de este tiempo, apostando a consagrados y novísimos. ¿Cuál era su trabajo? Vender cuadros, esculturas, dibujos, fotografías, videos, arte digital. Sí, claro, era marchand. Pero Ruth se había propuesto ir un poco más allá. Concebía su oficio como un desafío: quería que los artistas viviesen de su trabajo y que los coleccionistas armasen excelentes colecciones.
Quienes la frecuentaron conocían sus gustos (la fina conversación, el café turco) y manías (la libretita en la cartera), sus necesidades (la dieta sin harinas y las plataformas de sus zapatos —es que era muy bajita—) y estrategias (juntar a X con Y para lograr Z). Asimismo, visitaban su bella casa, gran colección y generosa comida. En sus reuniones —a las que asistían actores, periodistas, operadores de arte, escritores, artistas y coleccionistas— se hacían negocios, se armaban parejas y se reencontraban los amigos.
Pocos días antes de morir a los 67 años, Ruth —conversando con quien escribe— decía que todo su esfuerzo había valido la pena. Había que escucharla. “Creo realmente en lo que hago”, dijo con vehemencia, buscando establecer un orden que ni la vida o la muerte tienen.
Se la extraña doblemente. Indiscutible como profesional, Ruth también era querida por muchos. Sin embargo, su apuesta por el arte argentino sigue en pie. La galería continua. La masiva concurrencia a las muestras de junio —las primeras sin su presencia— se constituyó en el mejor homenaje del mundo de las artes visuales, que es más pobre y triste sin ella.
VICTORIA VERLICHAK
