Exposición Individualago 2000 - oct 2000· Por Christine Frérot

Roberto Matta

Galería Claude Bernard

La Galería Claude Bernard (una de las más prestigiosas de la ribera izquierda parisina) ha presentado 24 óleos sobre tela de Roberto Matta, de pequeños y grandes formatos, realizados en su mayoría entre 1997 y 2000. Con casi a los 90 años, la juventud del pintor chileno se manifiesta en las grandes composiciones dinámicas en las que el movimiento es —más que nunca— el resorte de un vértigo espacial dominado. Se observa una mineralidad aumentada en los fragmentos o restos que explotan, dispersándose en el espacio, interviniendo como contrapuntos o contrapesos metafóricos. La gestualidad parece más rabiosa, más "expresionista" y expansionista, como si los recortes de las grandes composiciones de la década de 1980 impidieran la expansión liberadora y sin límites del gesto y del trazo: es el reino de la total libertad, reivindicada por Matta como la esencia de su ser pictórico. Matta es fiel a su gama de colores fríos (verdes y azules) donde el énfasis se hace esta vez en los verdes fluorescentes y ácidos, equilibrados mediante rojos incandescentes, como para manifestar, la vitalidad que lo habita, la energía que lo guía. 

Exposición Individual: Roberto Matta — imagen 1
Roberto Matta. Horóscopo de jardín, 1997. 138 x 93 cm. Foto: J.L. Losi, París.

Pese a todo, el trabajo sobre el espacio, sobre el sentido del espacio, sigue estando en el centro de la obra, en tanto que poética subversiva y vivificante. Pero el espacio ha adquirido una autonomía suplementaria porque las famosas placas —presentes hace algunos años— han desaparecido, en beneficio de un soberano efecto-materia. La compartimentación/fragmentación, a la vez construida y móvil, no funciona ahora con la misma circularidad. Sin embargo, todavía nos hallamos en un sistema de implosión-explosión elaborado con la complicidad del dúo trazo-materia. Los "nudos" pictóricos abundan a manera de pivotes que concentran la energía simbólica, marcando ritmos en el espacio y, eventualmente, jugando el papel que tenían anteriormente las placas transparentes, para constreñir en puntos precisos el discurso plástico y su gramática visual. En sus últimas obras, la escritura de Matta se ha desatado con la mancha o el "trazo" diluido, a la vez pintura y línea. 

En una obra magnífica, una de las más antiguas presentada en esta exposición, Voix minerale (210 x 260 cm, 1988, óleo sobre tela), los colores cálidos naranja, rojo, tierra dominan en un mundo volcánico en el que erupciones, deflagraciones, "destellos de energía" (de los que habla Matta), que atraviesan la tela como relámpagos o estelas pasajeras. Nos hallamos en el corazón de un nuevo paisaje mineral y eléctrico, aun si continuamos en una pintura que es a la vez espacial y terrícola. Se trata de un universo material y transparente, ligero y sólido, que sin embargo es englobante e invisible, como una telaraña. 

Otros grandes formatos tratan el espacio de la misma manera, incorporando formas que regresan continuamente, como el círculo roto (que se halla desde siempre en sus espacios), y que rueda arrastrando a su paso otras formas redondas (manchas rojas) o esbozos de círculos. Las telas son a veces geometrizantes, como Terrakama (210 x 295 cm, óleo sobre tela, 1998), o Mira la mira (160 x 214 cm, óleo sobre tela, 1998), y nos hallamos atravesados por la doble energía que exhalan: la de la fuerza física del cuerpo y la más abstracta de las ondas que irradian la fugacidad del tiempo, haciendo vibrar el interior de las cosas imperceptibles, que constituyen el alma soberana de las nuevas obras de Matta. Algunas reminiscencias, como los tótems, hacen una breve aparición, por ejemplo, en Inhazardant (180 x 315 cm, óleo sobre tela, 1998), y es un placer observar que los fantasmas del artista no han perdido nada de su vigor y su sentido. 

En algunas telas como L’horoscope du jardin (138 x 93 cm, óleo sobre tela, 1997), o La cumbre del fuego (145 x 172 cm, óleo sobre tela, 1998), nos hallamos en el caos organizado, característico de la obra de Matta, más cercanos a una irradiación de formas y de colores. Los códigos iconográficos, como otras pruebas palpables en las que se reconoce fácilmente a Matta (más mecánicas y tecnológicas), se borran, diluidos por un tachismo policromo, sostenido por una estructura casi invisible de la que se destacan y aparecen sólo las fuerzas transparentes o evidentes, a manera de testigos de una nueva eternidad. 

Las pequeñas telas, que representan cerca de la mitad de las obras presentadas (formatos de 44 x 61 cm, 45 x 59 cm, 53 x 60 cm y 71 x 63 cm), equilibran el interés de la exposición, porque aportan otra dimensión al discurso iconográfico, y al discurso pictórico y simbólico. Con un placer más evidente por la narración, Matta logra la misma maestría de espacio en sus pequeños sainetes cercanos a dibujos y grabados, donde se juegan una vez más los desafíos de la libertad de la palabra y de la forma. En una gama de azules, verdes y amarillos, la luz de las manchas rojas destella como una herida que vuelve a dar vida. 

En el centro de la exposición, la inmensa tela llamada L’original de l‘originel (200 x 315 cm, óleo sobre tela, 1998), semeja el emblema de este mundo de Matta, renovado continuamente y a la vez siempre idéntico. De este enmarañamiento de líneas en circunvoluciones permanentes brota una energía que produce vértigo. Los dos mundos superpuestos que Matta ha pintado según estratos imbricados (abajo el ardor del destello pictórico, arriba la fogosidad del gesto y de la línea infinita) son instantes de eternidad que el título confirma con un juego de palabras que no es demasiado enigmático. Porque "entrar en la materia", escribe Matta, "es entrar en un océano de vidas". 

CHRISTINE FRÉROT

Roberto Matta, por Christine Frérot | artnexus