Exposición Individualago 2000 - oct 2000· Por Marta Rodríguez

Raúl Cristancho

Galería Sextante

Raúl Cristancho, desde su regreso de Chicago a fines de la década de 1980, ha mantenido una inquietud constante que gira en torno a la condición plural, híbrida, de nuestra cultura, en la que ciertos aspectos permanecen en un estadio de olvido, subterráneo; aspectos que, pese a su ocultamiento, se mantienen latentes. Esta inquietud se traduce en una actitud que guía su proceder en el campo del arte, donde ha actuado como artista, crítico, curador y profesor. Su mirada hacia el arte no se complace en formalismos fríos, ni en posturas esteticistas; él, como muchos, cree en un arte de cierta forma beligerante, activo, que socave las conciencias tranquilas y genere inquietudes que remuevan los hechos aparentemente establecidos; de allí el carácter narrativo de su pintura, que él mismo describe: "El reto es construir una narración abierta. De hecho, trato de que existan diversos niveles narrativos: primero está la estructura aparente, esto es, lo que se deja leer en primera instancia; luego vienen otras estructuras que subyacen en la intencionalidad manifiesta, las cuales se convierten en los contenidos más interesantes". 

Exposición Individual: Raúl Cristancho — imagen 1
Raúl Cristancho. La noche de Patascoy, 1999. Acrílico e impresión serigráfica sobre tela. 182 x 83 cm.

Si se mira retrospectivamente la obra de Cristancho, podemos apreciar su constante interés por el paisaje, entendido como ese lugar donde se manifiesta la naturaleza de nuestro suelo, a veces exuberante, selvática y cálida; en otras ocasiones montañosa, circundada de ríos y valles, en la que se revela una presencia un tanto opresora y magnífica, como se pudo observar en su última muestra individual, Paisaje simbólico, de 1995, donde su interés, entre otras cosas, es recorrer una geografía rica y variada en la que es posible rastrear las huellas de un pasado remoto que de forma soterrada está en los cimientos de nuestro actual modo de proceder que se afianza a través de una cultura urbana y globalizada. En esta ocasión, la alusión a nuestro continente se realiza a través de un mapa que ocupa su lugar dentro del globo terráqueo que gira y gira sobre superficies de tonalidades profundas que oscilan entre densos y oscuros azules y violetas, matices que nos remiten a la atmósfera misteriosa de la noche y del sueño; pero se trata de una noche y un sueño peculiares: la onírica oscuridad y luminosidad del continente americano, o como el título de la muestra lo expresa, aborda la peculiaridad de La noche americana, tema propicio para trabajar una paleta oscura. La muestra estaba compuesta de pinturas de diverso formato, así como de algunos grabados en metal y otros en xilografía, medio por el que Cristancho ha mostrado frecuentemente un interés particular. Varias obras fueron comenzadas a mediados o comienzos de la década de 1990 y concluidas en los últimos años, de manera que en ellas confluyen las inquietudes de una década de trabajo. 

Algunas pinturas privilegian los formatos muy alargados, que acentúan la línea horizontal, y otras veces la vertical, de manera que quien ingresa en la sala, al ver a distancia el conjunto de las obras, se encuentra ante un ordenamiento sobrio y equilibrado, en el que sobresale la presencia de dos piezas verticales, La noche de Patascoy y El norte, dos acrílicos colocados directamente sobre la pared, de 1999 y 1998, respectivamente, que por la sobriedad de su ejecución y la simetría de su estructura vertical evidencian un carácter solemne y ceremonial. Otras telas igualmente colgadas sin marco sobre la pared subrayan la presencia de la horizontalidad; son telas que se han cubierto con pigmento muy líquido aplicado con rodillo que a través de capas sucesivas forma una textura liviana etérea sobre la cual surgen figuras emblemáticas de la colonización americana, o los ciclos de la Luna, imágenes que se imprimen a través de procedimientos serigráficos, recordando el lenguaje de la obra Historia en rojo y oro, de 1997, con la que Cristancho se hizo acreedor al premio Johnnie Walker en las artes 1997-1998.

 En esta última etapa de su trabajo, según las propias palabras del artista, se tiende a "favorecer el carácter icónico o simbólico del cuadro. De tal manera que el gesto va perdiendo protagonismo para, así, favorecer la concepción del cuadro como imagen". Esta característica se evidencia en obras como Ora pro novis, de 1998, y La noche americana, de 1992-1998, que ponen en evidencia las posibilidades pictóricas que interesan a Raúl Cristancho, en las que el gusto por la materia y el color es decir por el lenguaje pictórico puro, se manifiesta de manera diferente. En la primera pintura predominan los tonos verdes y azules, la pincelada suelta y fluida asciende desde la base hasta el borde superior de la tela, como una llama ágil, ascendente y fugaz, que en su constante fulgor provoca una aparición momentánea: una serpiente oscura nos recuerda el pecado original, así como habla de los pobladores de las selvas húmedas y primigenias; su cuerpo oscuro, movedizo y serpenteante está envuelto en un halo de luz roja del que brota la oración Ora pro novis, y con ella asciende una luz amarilla que ilumina el continente americano que gira bajo la mirada de una figura con rostro primitivo y arcaico, cuyas manos dispuestas para la oración velan por el continente y lo preservan. Dicha imagen, en virtud de la etérea pincelada, parece ser un hecho efímero, instantáneo, que le confiere a la tela un cierto carácter de aparición mágica y religiosa. Otra percepción muy distinta ofrece el díptico La noche americana; aquí, la imagen y el tratamiento pictórico dan lugar a una imagen permanente, pétrea y sólida, que se cristaliza a través de superficies de color en las que se sobreponen capas y capas de pigmento trabajadas con espátula y pincel, de manera que ofrece una rica y elaborada, materia a partir de la cual se presenta una pirámide prehispánica imponente y silenciosa, mientras debajo de ella un automóvil ilumina con la luz de sus faros al globo terráqueo y al continente americano, objetos que se resuelven con sutiles bordes de color que confieren un particular misterio a esta pieza en la que conviven el hierático mundo del ayer y el veloz y mecanizado mundo de hoy. 

Otras imágenes igualmente efectivas y sugerentes, se pueden apreciar en su obra Sin título, de 1998; en ésta prevalece el formato alargado (40 x 132 cm), y presenta una particular síntesis formal en Ia que el azul, el rojo y el verde rodean una especie de espada, cuyo haz está conformada por un rascacielos, y su punta se hunde en el continente americano. Así mismo, una particular concreción formal y cromática se alcanza en un conjunto de obras de pequeño formato, todas ellas inscritas dentro de proporciones cúbicas, en las que se muestra la cabeza flotante que, sumergida en una atmósfera cromática en la que prevalecen matices contrastados, gira y gira mientras el globo terráqueo recorre distintas zonas de la cabeza. 

El espíritu que motiva esta muestra, según lo expresa el propio artista, está a tono con el carácter finisecular de nuestros días: "Como sucedió a finales del siglo XIX con el movimiento romántico. Sin pretender demasiado, mi interés ha sido reunir un grupo de trabajos donde la noche pueda ser un común denominador que otorgue a la pintura un carácter paradójico de contemplación". Evidentemente, las obras presentadas exigen que el espectador se detenga ante ellas, y es a través de esa mirada lenta y minuciosa que las imágenes y su factura revelan distintos niveles de significación, que abarcan el sentido que hoy día adquiere la factura manual frente a otros medios visuales, así como la importancia de la imagen y su relación con la memoria: la memoria como historia de un pasado que se invoca y reclama desde el presente. 

Simultáneamente con la muestra, se publicó un libro de pequeño formato, editado por Taller Arte Dos Gráfico, en el que Juan Gustavo Cobo escribió un texto titulado La punzante música del color, en el que, desde una perspectiva literaria, se realiza una lectura de la obra de Raúl Cristancho. La edición consta de 500 ejemplares numerados. 

MARTA RODRÍGUEZ

Raúl Cristancho, por Marta Rodríguez | artnexus