Ramón Oviedo tiene una carrera nacional e internacional de más de 35 años, pero nunca ha demostrado tanto dinamismo y los proyectos de 2000 y 2001 abundan.
Después de las exposiciones de la Galería Virginia Miller en Miami y de Crealde en Winter Park, el "maestro Oviedo" —le gusta que le llamen así— presenta una selección de sus obras recientes, en los espacios remodelados de la Casa de Francia. La vieja mansión colonial, otrora de Hernán Cortés, en el Santo Domingo histórico, ha sido acondicionada para albergar la sede diplomática francesa y sus locales culturales. El resultado es espectacular, y a Ramón Oviedo le ha correspondido el honor de inaugurar las nuevas salas de exposiciones.
El dispositivo de montaje pone en aplicación normas e instalaciones francesas, integrando la tecnología más avanzada a un marco ambiental antiguo. Paneles sueltos, removibles y de combinaciones infinitas, con un sistema de iluminación perfecto, permiten el juego de las dimensiones y una óptima lectura de las obras.

Museografía y curaduría han sido confiadas a una experta, Cesira Armitano, encargada de exposiciones del Museo Sofía Ímber de Caracas. Ella formalizó un diseño espacial de máxima eficiencia para la apreciación del último Oviedo.
Sin romper con la etapa anterior y la "persistencia evolutiva de la forma en la materia", Oviedo presenta otra secuencia pictórica que es una revelación: las Huellas del futuro. Una antología de ambos períodos demuestra homogeneidad y evolución.
Si hay artistas maduros que se refugian en la cómoda gloria del pasado, complacen a sus admiradores mediante la repetición o, peor aún, involucionan, dejando la modernidad, Ramón Oviedo ha escogido la vanguardia, en relación con su propia obra. El título Huellas del futuro, que equivale a "memorias del porvenir", implica un compromiso con el tercer milenio. Y cuando él denomina Metamorfosis, a uno de los mejores cuadros de la colección, da la clave de un incontenible proceso de cambio.
Ramón Oviedo dijo que la abstracción no le interesaba. No la rechazaba, pero sencillamente no cabía en su repertorio de imágenes. El se sentía involucrado en las más diversas expresiones figurativas, en la recreación de lo conocido e identificable. Y muy pocos como él pudieron alcanzar tanta riqueza, manteniendo la unidad de su propósito: plasmar la condición humana, desde sus orígenes hasta el mañana.
Sin embargo, el pintor se ha ido alejando de cualquier tipo de representación. Sus signos reconsideran, aluden, sugieren, mientras la referencia descriptiva se borra de motivos y estructuras. Aparte de una opción personal, ese fenómeno se relaciona con la historia del arte, que ha eliminado la escisión entre figuración y no figuración, hasta en una misma obra.
Hay un expresionismo figurativo y un expresionismo abstracto de Ramón Oviedo, el expresionista más constante y definido del arte dominicano. La disolución actual de la imagen en una ignota signografía fantástica, lejos de manifestar un empobrecimiento de la obra, denota una sensibilidad exaltada y una revisión estética.
Cuadros desprovistos de anécdota, que podrían mirarse con igual intensidad volteándolos en cualquiera de sus lados, marcan la época oviediana de hoy. No obstante, persisten el rojo profundo, las texturas emergentes, la atmósfera sustanciosa, los sellos identificadores del autor.
Más que nunca, Ramón Oviedo transmite el impacto del espacio, de una cosmogonía, de satélites que, al compás de la inspiración, atraviesan territorios, de una consistencia simultáneamente desconocida y verosímil. Así, la neoabstracción del maestro dominicano pone de manifiesto el virtuosismo del dibujo, su dominio de la experiencia visual, incluidos los colores, pero trasmutados por una fantasía discrecional. Hasta el punto de que, ahora, como universo, no impera una dualidad de lo real/surreal, figuración/no figuración, vigilia/sueño. Si él hubiera prescindido de aquellas corporeidades, a menudo empastadas, luminosas, blancas o fosforescentes, quedarían, como valores plásticos, paisajes extraños, mágicos, visionarios.
Cesira Armitano descifra el misterio: "Lo esencial, el espíritu, el signo borrado y reescrito una y mil veces, Oviedo pinta el presentimiento".
MARIANNNE DE TOLENTINO
