En el billboard titulado Promo aparecen las fotografías de Ulises Mora, Stefan Brügemann, Terence Gower y Edgar Orlaneta, bajo la leyenda “no hay arte sin artistas”, como propaganda de “espectaculares para interiores y accesorios de campaña Galería de Arte Mexicano”. El producto anunciado es el anuncio mismo.
Productos artísticos camuflados bajo los recursos de la publicidad. Objetos reales o ficticios, qué más da, que buscan alimentar el consumo de arte con la misma lógica con la que en el pasado se vendió aire de París o mierda de artista. Ahora la galería se ha convertido en una agencia publicitaria en donde distinguir arte de publicidad carece de sentido, y en la que los objetos reales o imaginarios son mercancías.
El interés de la muestra radica, más que en los objetos o en la carencia de éstos, en la intencional confusión entre publicidad y producto artístico, que elimina la tenue barrera entre una y otra. Sin embargo, hay un cansancio en el uso y abuso del ready made, que padece el trabajo de muchos de los artistas contemporáneos que practican el arte conceptual.

El uso de la publicidad abordado desde la intersección entre el consumo del arte, y las reglas que el mercado impone, supondría un desafío para los coleccionistas y compradores, si no fuera porque la acción de subastas y galerías —aunque definitivamente no en México— ha rebasado los límites del formato bidimensional y la convención. Este mercado ha sido capaz de vender no sólo los artefactos de Duchamp o Joseph Beuys, que ostentan a estas alturas la categoría de clásicos de Il modernidad, sino las “obras” de Piero Manzoni o Yves Klein o el testimonio procesual de los trabajos de muchos artistas contemporáneos. Los espectaculares para interiores tienen evidentemente este formato, pero además se encuentra en venta la idea, el aspecto que se juzga más cotizado, y en este caso la idea matriz —equiparar arte y publicidad— es el telón de fondo a partir del cual cada artista elabora su propuesta.
Terence Gower hace un billboard de La familia Vanart, que parodia cualquier fotografía donde aparezcan padres e hijos, presentados aquí como los shampoo y sus shampoocitos, además de una maqueta del anuncio colocado sobre la GAM como espectacular, quizá sólo para recordarnos la trivialidad de los anuncios por todas partes de la ciudad, y también sobre la histórica GAM. Edgar Orlaineta ha hecho un proyecto de submarino, titulado M-SPOV G2, descrito también en un volante como “un vehículo subacuático impulsado por medio de una turbina única”, que, entre otras características, puede ser adquirido sólo en idea, en presentación bidimensional de billboard o en versión prototípica. Quedan de manifiesto así las múltiples posibilidades de la posesión. Stefan Brügemann presenta un anuncio semejante a los de segunda mano, que emplean modelos femeninas para mostrar las características del producto. Contrario al estándar de actitudes de las modelos de autos, la joven aparece en el interior del "Cutlass 92, gris automático 4 puertas, eléctrico, aire acondicionado, 135 mil km". Vestiduras de velour güinda, como las adolescentes de Balthus y también como las que llenan las páginas de las revistas de moda. Por último, Ulises Mora da cuenta del interés general de la muestra en un brief creativo donde hace el planteamiento del programa mercadotécnico a seguir por la galería-agencia para introducir al mercado a estos artistas y sus productos.
El arte conceptual incorporó muchas de las categorías lingüísticas al trabajo artístico, que del objeto pasó a la idea y de ahí al lenguaje, eliminando los planos de contenido y significación en que hasta entonces se había sustentado el trabajo artístico. No es casual, si consideramos que el lenguaje fue uno de los principales objetos de su estudio, que muchos de los artistas conceptuales norteamericanos de la década de 1970, y entre ellos figuras como Bruce Nauman o Joseph Kosuth, leyeran al filósofo Ludwig Wittgenstein, principalmente su llamada Segunda época, cuando el filósofo vienés, ya radicado definitivamente en Inglaterra, realiza los apuntes y notas que posteriormente se convertirán en las famosas investigaciones lógico-filosóficas.
Daniel Bureo consideraba en 1970 que "el arte como afirmación, como protesta, como expresión de la individualidad, como interpretación, como esteticismo, como humanismo, quedaba despojado de todo significado", y citando a Maurice Blanchot recuerda que "el arte es una interrogación precisa y rigurosa que sólo puede ser llevada a cabo dentro de una obra, una obra de la que no puede decirse nada, excepto que es".

Así que no debemos esperar encontrar algún sentido en los trabajos de los artistas pretendidamente conceptuales, y si lo hubiera, ni siquiera sería dominante y manifiesto, si justamente ha sido la filosofía del lenguaje más cercana a Wittgenstein Ia que ha proclamado la multiplicidad de sentidos que entraña el lenguaje que se traduce en los juegos de lenguaje, que ahora reivindica una postmodernidad ya no tan moderna.
Quizá valga la pena recordar esto, aun cuando algunos críticos de la postmodernidad hablan de una mala lectura del segundo Wittgenstein, cuando rechazan el concepto de juegos de lenguaje bajo la interpretación de los postmodernos. Pero aun si estas investigaciones filosóficas se convierten en una justificación del todo vale, en boca de la vulgata postmoderna, no cabe duda de que intentan designar un fenómeno que no abarca sólo la esfera del arte, sino que aparece también como la gran fragmentación de un todo social que antes se pensaba coherente y monolítico.
Todo es válido en el arte, y mucho más si éste es conceptual, porque, finalmente, quién va a diferenciar las ideas geniales de las ocurrencias. Una idea, para recibir tal nombre dentro del arte, debe ser una propuesta y constituirse en una ventana para la reflexión, pero, sobre todo, debe ser un detonante que supere los límites en los que tradicionalmente se asientan nuestras convenciones y visiones del mundo. Muchas de las ideas de los artistas conceptuales de ahora, que desconocen cualquier noción de lingüística e incluso desconocen el trabajo de muchas generaciones de artistas, no rebasan, lamentablemente, el nivel de la ocurrencia.
ERNESTO SOSA

