Durante su trayectoria artística Mari Mater O’Neill ha logrado construir una obra que —dentro de los parámetros de la excelencia técnica y de la originalidad— ha revelado su inteligencia y su valiente mirada feminista y ahora postfeminista, y que nos reta a entender tanto el arte que se viene produciendo desde la década de 1970, como los cambios existenciales que han hecho que las mujeres y los hombres de fines del siglo XX tengan la oportunidad de ser diferentes, sin ser penalizados tan brutalmente como antes.
O’Neill pertenece a lo que conocemos en el arte puertorriqueño como la "generación del ochenta". Si los artistas de la importantísima generación de la década de 1950 tenían, en general, una mirada política —rescatar, recrear e incluso inventar un Puerto Rico que comenzaba a desaparecer con el advenimiento del Estado Libre Asociado—, y si sus sucesores, la generación del Relevo, fueron marcados también por la política —un Puerto Rico colonia y la patética Guerra de Vietnam—, la generación de la década de 1980 —a la que pertenecen artistas del calibre de Arnaldo Roche Rabell, Nick Quijano, Zeno, Rafael Trelles, Carlos Collazo y, claro está, Mari Mater O’Neill— va a tener una mirada más intimista, más existencial, más de espejo de sí mismos, y ellos nos revelarán, a través de su obra, sus caras, su interior.

La pintura de O’Neill —porque Mari Mater O’Neill siempre ha sido pintora, aun cuando por razones personales "se retiró" de la pintura por algunos años para dirigir la revista electrónica más importante de América Latina, el famosísimo Cuarto del quenepón— siempre ha sido una pintura fuerte, que nos reta, que nos obliga a ver de una manera diferente, que logra —como lo logró Dante con su Comedia, y Cervantes con su Quijote— cuestionar nuestro propio viaje. Tanto los controversiales autorretratos de O’Neill, como sus bellos y enigmáticos mapas de Puerto Rico, como las pinturas-construcciones que expuso en el Museo de Ponce hace unos años (sólo para mencionar tres etapas), muestran a una artista honesta, íntegra y valiente que quiere, a través de su obra, convertirnos en cómplices (como diría Nietszche) de nuestra presencia e importancia en el viaje de que somos parte. La presente exposición de Mari Mater O’Neill en la Galería Botello de Hato Rey, titulada Fin del juego, es una excelente muestra de una pintura bien pensada y bien concebida que refleja parte de la realidad que hemos vivido en el siglo XX: la mezcla entre "la realidad" y la ficción; primero con los cómics, después con la televisión y el cine como presencias absolutas, y finalmente con los juegos de computadoras e Internet. Aunque O’Neill dice que su obra está basada en los cómics, el arte pop y nuestra realidad cotidiana, yo veo sus nuevas composiciones como importantes espejos donde están presentes desde los programas de televisión con los cuales y crecimos, los absurdos juegos históricos que nos presentan programas como Xena, The Warrior Princess, y todas las aperturas que han ocurrido después del movimiento feminista de la década de 1970, hasta esta postmodernidad a medias que nos arropa como la colonia de la nación más poderosa del mundo.
Para O’Neill, la presencia de un jet-ski, o un platillo volador, o un detalle de un cuadro de Oller o Frade, es tan importante como la presencia de Eros definiendo —¡viva Freud!— cada paso de nuestro camino. Sus obras actuales son topografías donde —con humor— recrea parte de lo que nos define en este momento, desde Ia "burundanga" de Palés Matos hasta los excesos de una economía incomprensible y desmesurada que le da el derecho a casi todo el mundo a todo, o sea el mítico Bayú caribeño (título de una de sus obras).
Creo que el título de esta exposición, Fin del juego, indica todo lo contrario. Estamos ante el principio de un nuevo juego donde Mari Mater O’Neill, nos va a llevar a un espléndido pero doloroso viaje a lo que somos y lo que nos rodea. Que esta exposición ha sido controversial, no lo dudo. Muchos amantes del arte no Ia quieren entender. Pero eso pasa con este tipo de propuestas, están "listas", antes que muchos de nosotros lo estemos para recibirlas.
MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA
