Coincidiendo con la última edición de ARCO, se presentó en el Palacio de Cristal una breve exposición antológica de la obra de Kcho. La muestra sirvió, entre otras cosas, para reforzar la presencia del artista en la feria, en donde se encontraba representado por varias galerías de diversos países. De este modo, en términos de estrategia de difusión —deliberada o no—, la coincidencia no pudo ser más adecuada, aunque también se ha prestado a la revisión, no siempre afortunada, de las propuestas formales y conceptuales del artista cubano.
En la exposición, que incluía piezas realizadas durante los últimos diez años, no podía faltar La peor de las trampas (1990), aquella escalera hecha con palmeras y machetes, que ya puede considerarse una pieza paradigmática dentro del panorama del arte cubano actual, basta el punto de aparecer tópica, además de la Columna Infinita (1996) hecha con neumáticos, o de una versión de El camino de la nostalgia (1994-1999) que, bajo el título de Ideas mojadas, fue emplazada en el estanque frente al Palacio de Cristal. La pieza recrea una especie de muelle abandonado fabricado con pedazos de madera y neumáticos encontrados. También presentó su versión povera del Monumento a la III Internacional de Tatlin —A los ojos de la historia (1992-1995). A éstas y otras piezas escultóricas las acompañaban grandes dibujos —casi todos bocetos— frágilmente sostenidos sobre las columnas del recinto.

Tanto la simpleza de los materiales como la aparente precariedad de la instalación contrastaban con la arquitectura del Palacio de Cristal: si bien es cierto que esto reforzaba en alguna medida el paradójico discurso que nos propone Kcho sobre el arte, también es cierto que, salvo por la monumental pieza central o por el esquema de repetición de la Columna infinita, el resto de las obras tendían a perderse ante la inminente presencia de la vegetación del Retiro, que se colaba a través del cristal.
Una visita atenta a la exposición, en efecto, ponía en evidencia el indudable talento de Kcho, especialmente en los dibujos que, tal vez, pasaron inadvertidos para más de un visitante. También fue posible reconocer claramente —tal vez demasiado— los ejes formales y conceptuales que han dirigido su obra: por un lado, la presencia de los materiales (vidrio, madera, cuerda, textiles, etc.) encontrados y recogidos "en sus paseos por la orilla del mar y por las calles de la ciudad de La Habana" y reciclados en sus piezas; por otro lado, el inminente tema de la balsa, y con ella, del mar como frontera, la insularidad, el viaje y la migración, a los que hay que sumar las piezas que se presentan como comentarios desde la periferia sobre la historia del arte moderno occidental. Al final del recorrido, queda la sensación general de una retórica desgastada, incluso en el contexto español, y encerrada dentro de un círculo que parece difícil de romper. A pesar de su condición de necesidad —pues ¿quién puede negar que estos problemas y cuestionamientos existen y que es necesario darles visibilidad? — el discurso que propone la obra de Kcho parece encontrarse en un callejón sin salida, que ha probado ser sumamente seductor para quienes han sabido manosearlo a su antojo, pero de dudosa efectividad para los principales aludidos, para quienes casi siempre resulta contraproducente. Precisamente, la trampa está en que una obra que no parece presentar "puertas traseras", salidas más complejas y menos domesticables, pierde su efectividad crítica y su potencia irónica, cualidades, de hecho, presentes en la obra de Kcho. La peor de las trampas es que las innegables cualidades plásticas de los objetos desaparezcan frente a los excesos de un discurso sin pliegues ni matices.
ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS
