No todas las tendencias internacionales tuvieron la misma posibilidad de expansión en Argentina. No prendieron el pop art ni el hiperrealismo. Sin embargo, la abstracción geométrica y el conceptualismo contaron, en el Río de la Plata, con un gran número de representantes. Es precisamente en el cruce de estas dos tendencias que Juan Carlos Romero (Avellaneda, provincia de Buenos Aires, 1931) comienza a elaborar su obra en la década de 1960.
American Way of Life (1966), trabajo que inició el recorrido de su muestra en el Museo de Arte Moderno (MAMBA), dio cuenta de una influencia decisiva: la de Fernando López Anaya, su maestro en el grabado experimental. Lo que encontramos allí es una perfecta concordancia entre el contenido y la forma, que nace del corte preciso del troquelado y de la fría repetición de un módulo blanco. American Way of Life no se limita a documentar literalmente, la invasión norteamericana en Vietnam a través del collage de fotos periodísticas. El artista también comenta los hechos en términos que le competen: los constructivos y formales.

Si recurrió a los códigos del lenguaje geométrico y, en particular, a las variables de medida, secuencia, ritmo y repetición, fue precisamente porque ellas producen una intensificación de la conciencia crítica. Conciencia que despiertan, entre otros, trabajos como Los frutos del quebracho (1972) —con una secuencia fotográfica que muestra la explotación de la naturaleza y del hombre— y Violencia, presentada en el Centro de Arte y Comunicación (CAYC), en 1973. Recordemos que Romero integró, en 1971, el Grupo de los Trece, reunido bajo el patrocinio del CAYC, dirigido por Jorge Glusberg. De orientación conceptualista, el grupo tuvo en sus filas a Luis E. Benedit, Víctor Grippo y Alfredo Portillos, entre otros.
Violencia es el título que Romero eligió para su última muestra. Con él recuerda, documenta y reactualiza su exposición de 1973, un temprano ejemplo de instalación, género que la década de 1990 convertiría en moda. La estrategia consistió, en aquella oportunidad, en cubrir el piso y las paredes con letreros que repetían la palabra "violencia" en grandes caracteres. Al inundar el espacio, subrayaba el sentido de un texto distribuido que decía: "la violencia está por todas partes, omnipresente y multiforme: brutal, abierta, sutil, insidiosa, disimulada, racionalizada, científica, condensada, solidificada, consolidada, anónima, abstracta, irresponsable".
“Uno de los puntos cruciales que diferencian fundamentalmente al arte conceptual latinoamericano del europeo y estadounidense es su contenido ideológico”, sostuvo Gillo Dorfles recordando, al mismo tiempo, la importancia que el elemento político tuvo en artistas como Joseph Beuys.
Del corte ideológico del conceptualismo latinoamericano da prueba la totalidad de la obra de Romero, un artista que comenzó a trabajar en política a los 17 años, cuando, empleado en una fábrica, era ya delegado obrero. Con el correr del tiempo el arte sería, para él, el mejor lugar de resistencia y de negatividad, es decir, de protesta radical contra todo poder. No sólo el político, sino también el religioso, como lo expone en series que documentan suicidios colectivos provocados por líderes de sectas religiosas fundamentalistas.
La escueta pero significativa selección de trabajos de la década de 1970 en el MAMBA contribuye al rescate del aporte de un artista aún no suficientemente estudiado. Además de representar el conceptualismo ideológico argentino, Romero fue uno de los primeros en desarrollar el concepto de obra múltiple utilizando fotocopias. Es asimismo, en Argentina, uno de los principales cultores del arte correo, del afiche político, de la poesía visual, del arte electrónico y de las acciones en espacios abiertos. Como integrante del grupo Escombros, de la ciudad de La Plata, realizó acciones centradas en la Estética de lo roto, aludiendo críticamente a la explotación irracional de la naturaleza, a la desocupación, al hambre y a las consecuencias nefastas de la razón cuando es transformada en instrumento de dominio. Lo importante para el grupo fue trabajar fuera del circuito institucionalizado. “Nuestra galería es la calle”, decían en su primer manifiesto.
Para Romero, el enemigo principal, contra quien deberíamos luchar continuamente, es el olvido: "Es inevitable pensar que los genocidios, las desapariciones, las violaciones, el racismo, el fanatismo religioso o las abismales desigualdades sociales que vienen ocurriendo a través de la historia del hombre no nos han enseñado. Creo que todo se olvida fácilmente". Ayudar a no perder la memoria, generar una ola de conciencia colectiva resulta entonces, para él, la mejor justificación que puede tener el arte hoy en día.
ELENA OLIVERAS
