Exposición Individualago 2000 - oct 2000· Por Félix Suazo

Juan Carlos Rodríguez y Maira "Cayita" Bello

Sala Mendoza

En medio de un panorama cultural afectado por la incertidumbre, la Sala Mendoza de Caracas se abrió paso con una programación expositiva de gran calidad y dinamismo. Como ejemplo de ello se destaca la muestra Mara-Yanomami, de Juan Carlos Rodríguez y Maira "Cayita" Bello. La propuesta, presentada en el mes de marzo, "trae a escena" la relación que, desde hace varios años, sostienen el artista plástico y pastor seminarista Juan Carlos Rodríguez, de la Iglesia Discípulos de Cristo, y Maira "Cayita" Bello, de profesión chatarrera y vecina del barrio La bandera de Caracas. El diálogo entre ambos trascendió la afabilidad cotidiana, hasta convertirse en un ejercicio demiúrgico. Los dos han construido un escenario imaginario, co-protagonizado por las indias Mara y Yanomami, quienes se visten y danzan "a imagen y semejanza" de sus progenitores. 

Exposición Individual: Juan Carlos Rodríguez y Maira "Cayita" Bello — imagen 1
Juan Carlos Rodríguez y Maira "Cayita" Bello. Mara-Yanomami, 2000. Instalación. Dimensiones variables.

Si bien los cruces entre etnografía y arte son cada vez más frecuentes en el ámbito de la cultura contemporánea, pocos de ellos se orientan hacia el estudio de las comunidades urbanas. Algo que precisamente se ha constituido en el objeto principal del trabajo de Juan Carlos y las fabulaciones de Cayita. Ellos no buscan el significado de las culturas amerindias en los lugares recónditos y selváticos de nuestra geografía, sino en medio del gran conglomerado humano que habita los cerros caraqueños. Allí, Mara y Yanomami reencarnan en la piel de Cayita, que imagina sus parlamentos, se pinta el rostro y se viste como ellas. Cayita invoca, mientras Juan Carlos facilita el ritual. El resultado es una muestra articulada a partir de fotografías, videos, objetos y textos que dan cuenta de estos cuatro personajes y de sus diversos puntos de vista. La propuesta está estructurada como un recorrido didáctico, que parodia las exposiciones que organizan los museos de ciencia o etnografía. Obedeciendo a esta idea, la voz de los protagonistas es doblada y editada por la Fundación Mara’ya, organización ficticia supuestamente consagrada al estudio de las etnias indígenas de Sudamérica. 

En realidad, la exposición conduce a consideraciones diferentes pero complementarias. En primer lugar, los autores principales —Juan Carlos y Cayita— se han diluido en la propia ficción que han construido, neutralizando así la posibilidad de usurpar la voz del otro o de violentar su integridad. En su lugar, la autoridad es ejercida por una entidad abstracta o ilusoria —La Fundación Mara’ya— que no sólo traduce los por menores de esta relación, sino que también ejerce sobre ésta un control patrimonial. En segundo lugar, el uso y musealización de objetos no autóctonos, sin valor etnográfico real, establecen una distancia crítica respecto al fetichismo característico en gran parte de las propuestas contemporáneas que se aproximan al tema de las culturas amerindias. Por tanto, las vasijas, imágenes y artefactos reunidos en esta muestra no remiten a ningún rito oculto, proveniente de una comunidad desconocida, sino a la experiencia cotidiana de Juan Carlos y Cayita, quienes lo emplean para "traer a escena" a las indias Mara y Yanomami. En tercer lugar, ésta es una propuesta que no se refiere a un lugar específico. Lo único que se sabe es que la geografía es también un constructo, es decir, un territorio imaginario. Si no fuera así, ¿cómo podrían reunirse la ficción y la realidad en un mismo escenario? ¿Qué razón habría para que un par de indias pernoctaran en un barrio? 

La relación entre Juan Carlos, Cayita y los personajes que ellos han creado desemboca en una suerte de antropología vivencial, afincada en la experiencia y no en la supuesta objetividad de un observador externo. En ese sentido, la exposición Mara-Yanomami está ambientada en un contexto de ficción que evita convertir en trofeo la extrañeza del Otro. Ello permite cuestionar los modelos de representación que promueven una imagen idealizada, tanto de las culturas amerindias como de las comunidades urbanas. Más allá de lo anecdótico, prevalece la voluntad de mostrar los pliegues, cruzamientos y exuberancias de un imaginario compartido. Cayita es Mara y Yanomami a la vez; Juan Carlos es el pastor, el artista y el antropólogo. El barrio es la jungla. 

FÉLIX SUAZO

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