Una muestra de pintura sobre la dictadura de Trujillo se presenta en el Museo de Arte Moderno, al mismo tiempo que el acontecimiento literario de la actualidad es la circulación masiva de la última novela de Mario Vargas Llosa, La Fiesta del Chivo, que estremece los cimientos de la memoria individual y colectiva. Se trata de una mera coincidencia.
El autor de la secuencia pictórica, Freddy Rodríguez, no estaba informado del lanzamiento del libro ni de la visita del magistral escritor peruano a República Dominicana. Quiso enseñar en su país una serie de cuadros, realizados en su mayoría en 1990 y 1991, exhibidos anteriormente en el Jersey City Museum. Simultáneamente, expone en la Galería Larrama otra serie pictórica, Siempre paraíso, que puede considerarse una preparación de la primera.
Freddy Rodríguez tuvo desde la adolescencia una actitud de oposición a la tiranía, y su familia lo habría sacado apresuradamente del país en el período represivo que siguió al ajusticiamiento de Trujillo. Finalizó sus estudios secundarios y cursó su formación profesional en Nueva York, y allí se quedó. Su carrera profesional se ha desarrollado también en aquella ciudad, con varias participaciones en el exterior y esporádicos retornos a Santo Domingo.

Freddy Rodríguez fue un pionero en la categoría de la instalación, y sus creaciones/altares sobre la santería también rompieron con los cánones establecidos, provocando discusiones. Trató de permanecer en Santo Domingo, pero definitivamente el ambiente conservador de entonces y la insuficiente comprensión de su obra le hicieron adoptar la dominicanidad ausente. El éxito en la dura competencia norteamericana premió su seriedad y su persistencia en la producción de un arte de ruptura.
A los desafíos formales, Freddy Rodríguez ha agregado desde la década de 1980 hasta hoy las confrontaciones temáticas. Así, construir instalaciones salpicadas de sangre, referidas a la muerte del periodista Orlando Martínez, no le valió una premiación de la Bienal en 1999, a pesar de la fuerza conmovedora de la obra, pero sí concitó las miradas y opiniones más avanzadas.
Ahora, la serie de pinturas inspiradas en la dictadura de Trujillo se titula globalmente En esta casa Trujillo es el jefe, !violación sígnica y simbólica de la intimidad, bajo la forma de una plaquita en los hogares dominicanos durante la tiranía! La realización de la muestra cubrió dos años, entre 1990 y 1991. Sin embargo, el montaje se inicia con una tela anterior, de 1983, de factura integralmente pictórica y adscrita a un nuevo expresionismo bárbaro. No necesita más precisiones figurativas: los colores ardientes, las estacas hirientes, la sugerencia del tiburón, sumergen al espectador en un infierno dantesco.
En la secuencia propiamente dicha, encontramos un procesamiento matérico, empleado por Freddy Rodríguez, desde los umbrales de la década de 1990. Investigó el collage, principalmente de papel periódico aplicado sobre lienzo, una versión personal del papier marouflé, eligiendo cuidadosamente las páginas y sus diseños, cuando no el contenido temático. El pigmento es acrílico, de diferentes consistencias, ocasionalmente mezclado con sustancias minerales: ello comunica a la superficie una notable vitalidad.
¿Dónde se esconde o se transparenta Trujillo? A través de recurrentes máculas sangrientas, de signos e insignias, mensajes directos, así, los inefables calificativos de Gran Dictador, o el lema de Chapita, o la angustiada pregunta de hasta cuándo, entre otros.
Cobran un extraordinario lirismo las mariposas frágiles y exquisitas —símbolos de tres hermanas mártires—, las flores —algo inquietantes, que parecen ojos abiertos—, los laureles, las huellas —semejantes a lamentos—, el corazón inmolado, las estructuras y ritmos inform(al)es de la tela Paraíso, cuyo desarrollo temático observamos en Larrama. Hay igualmente una codificación del color, caliente pero a menudo ensuciado, donde el rojo juega un papel protagónico, sin olvidar las tinieblas del negro.
Freddy Rodríguez responsabiliza no solamente a Trujillo sino a la historia desde la Colonia. Gran lector, alude a Los perros del paraíso, la novela de Abel Posse. La tesis está planteada: opresión y tiranía vienen desde los tiempos de la colonización, ¿no será Trujillo más que una culminación histórica?
La individual, presentada en Larrama, ejecutada casi toda entre 1987 y 1990, propone 14 pinturas, de formatos medianos y grandes. Estas, irónicamente, pregonan el "siempre paraíso", no forzosamente de República Dominicana, sino del trópico antillano en general, brindado al turista. El descubrimiento abolió los paraísos terrenales, y desde entonces se ha ido forjando implacablemente La otra cara del paraíso, título de la última obra.
Muy similar en estilo, signos y espíritu a la secuencia inspirada por la era de Trujillo, es menos incisiva en su simbología y sus textos de referencia, pero curiosamente más violenta en el colorido, el tamaño de los motivos y una materia casi escultopictórica. Las flores, a veces enormes y maléficas, evocan entonces una estructura planetaria o una entidad devoradora.
Ahora bien, en esta exposición, difícil y radical en su tratamiento, no está la ternura que el artista siente por las víctimas del tirano y por el pueblo adolorido. El drama pictórico se vuelca hacia las fuerzas responsables, religión incluida, que llegaron a trastocar hasta los elementos de la naturaleza. Contradictoriamente, Siempre paraíso es pictóricamente más opresiva e hiriente que los infiernos de Trujillo.
MARIANNE DE TOLENTINO
