El enigma de lo cotidiano

Silvia Gruner. Tregua, 1999. Video 15 min. Colección de la artista.

Colectivaago 2000 - oct 2000· Por Issa Ma. Benítez Dueñas

El enigma de lo cotidiano

Casa de América

Si uno de los objetivos más interesantes del arte es revelarnos aquello que normalmente nos pasa inadvertido, la muestra colectiva que bajo la curaduría de Rosa Olivares se exhibe en Casa de América pone en evidencia precisamente la posibilidad de ver más que nos otorga el arte. En este caso, el enigma de lo cotidiano es aquel que reside principalmente en los objetos de uso común que nos acompañan todos los días, pero la propuesta discursiva de la exposición nos demuestra cómo, en gran medida, son los rituales los que le dan sentido a los usos y funciones de los objetos. 

Colectiva: El enigma de lo cotidiano — imagen 1
Milagros de la Torre. Los pasos perdidos, 1996. Correas que utilizó el sociólogo Mario Poggi para estrangular a un violador durante el interrogatorio policial. Fotografía blanco y negro. 40 x 60 cm. Colección Centro de Fotografía Universidad de Salamanca.

Una de las lecciones de la exposición es que estos rituales no tienen que ser necesariamente grandilocuentes: tal es el caso de los dos videos que presenta Priscilla Monge: en Lección de maquillaje (1998) el acto diario de maquillarse —de ponerse la máscara— se torna aún más siniestro en tanto que sirve para cubrir las huellas de una golpiza, aunque quizás es más elocuente por sublime el video Cómo vestirse (2000), en el que se invierte un striptease para mostrarnos la íntima e inusitada sensualidad oculta en el acto cotidiano de cubrir el cuerpo. Una sensualidad que desarma al espectador, el voyerista por definición. 

Colectiva: El enigma de lo cotidiano — imagen 2
Adriana Varejão. Té y azulejos II, 1997. Óleo sobre tela, madera y porcelana. Medidas variables. Colección Elena y Marcos Martín Blanco. Cortesía: Galería Soledad Lorenzo. Madrid.

En cuanto a la inminente presencia de los objetos en estas resignificaciones de lo habitual, contrastan las piezas fotográficas de Silvia Gruner y Milagros de la Torre. La serie Cubiertos (1996) de Gruner está formada por 20 fotografías a todo color de gran formato (140 x 100 cm), en las que se aprecia el detalle de los mangos de distintos juegos de cubertería. Este énfasis en el ornamento —por demás superfluo— de un objeto fundamentalmente práctico pone en juego una serie de referencias a cuestiones de uso, de gusto, de clase y de herencia, en tanto que no se puede evadir la carga social que tiene la cubertería como símbolo de estatus afincado en la tradición: ¿quién no recuerda los cubiertos de Il abuela o los que sólo se utilizaban en ocasiones especiales? Y como queriendo rebelarse contra esta carga simbólica, se presenta, también de Gruner, el video Tregua (1999), en el que una tras otra se rompen implacablemente contra el suelo un número infinito de piezas de loza: platos, tazas, jarrones cuyos fragmentos se acumulan como vestigios de algo irremediablemente perdido.

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Eugenia Balcells. Brindis, 1999/2000. Detalle. Instalación multimedia con proyecciones y sonido. 400 copas de cristal y 400 objetos. Dimensiones variables.

Por su parte, para la serie Los pasos perdidos (1996), Milagros de la Torre fotografió un grupo de objetos que en cualquier circunstancia parecerían completamente anodinos, pero que en este caso son pruebas periciales de diversos delitos. Se han tornado así en objetos con una historia —bastante terrorífica— que les otorga un aura imposible de evitar, y los círculos de luz dentro de los que de la Torre los sitúa lo enfatizan a cada golpe de vista.

Colectiva: El enigma de lo cotidiano — imagen 4
Priscilla Monge. Como vestirse, 2000. Video.

Además de las piezas de Adriana Varejão, Té y azulejos ll (1997) y Carne a la Tunay (1999), que les dan un giro público a objetos que tradicionalmente forman parte del universo de lo privado (los azulejos brasileños de herencia portuguesa transformados en registro de una conflictiva historia de colonización, o la pintura “servida en crudo” sobre una colección de platos dispuestos sobre el muro), destaca particularmente la pieza de Eugenia Balcells con la que cierra la muestra. En Brindis (1999-2000), una gran instalación multimedia, Balcells nos ofrece una colección de objetos, proyecciones, textos y sonidos que han sido recuperados por la fantasía. En un extremo de la sala se proyecta el eterno fluir de un río dentro de una botella de agua —de esas botellas de plástico de agua de manantial para deportistas— que hace temblar los muros y nos sitúa de entrada en el límite de lo cotidiano Al centro, cerca de 400 copas sostenidas por otras tantas botellas, todas ellas llenas de agua de colores, forman un gran arco iris líquido. En cada copa se encuentra sumergido un pequeño objeto, de modo que el conjunto se nos aparece como en una especie de cueva del tesoro en la que todo resplandece, con evocaciones a juegos, sueños y cuentos de paisajes exóticos, de paraísos casi recuperados, de recuerdos que intentan regresar. 

El enigma de lo cotidiano nunca se resuelve, pero precisamente porque los objetos siempre son algo más, mucho más, que su apariencia o su función. Puede ser que nuestra vida de todos los días se encuentre más marcada de lo que creemos — queremos— por nuestras afecciones materiales, por nuestra lealtad a ciertos objetos, por nuestra capacidad —en gran medida estética— para recuperar el gusto y la belleza que hay en las cosas de todos los días. 

ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS

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