Celia Sredni de Birbragher: ¿Cómo te iniciaste en el coleccionismo?
Eduardo Costantini: Fue en forma totalmente espontánea. Yo tenía unos 23 años —hace ya tres décadas— y fui a una galería de arte que quedaba a dos cuadras de mi casa.
Allí vi un cuadro de Antonio Bemi en la vidriera y quise comprarlo. Traté de hacerlo pero el dinero no me alcanzó, así que compré dos cuadros de menor precio que tuve que pagar por cuotas. Con el tiempo fui comprando otros y me di cuenta de que iba a estar vinculado a los cuadros durante toda mi vida.
C. S. de B.: ¿Cuándo empezaste a sentir que realmente estabas coleccionando?
E. C.: Fue a finales de la década de 1970 y comienzos de la de 1980. Me dediqué primero a la pintura rioplatense —Argentina y Uruguay básicamente—, y después me extendí al resto de Latinoamérica. Al mismo tiempo empecé a buscar obras que tuvieran calidad de museo. Usualmente era muy selectivo, pero fue en ese momento cuando me di cuenta de que los cuadros que iba incorporando eran cuadros que perfectamente podían estar colgados en las paredes de un museo.

C. S. de B.: A lo largo de los años has adquirido algunas piezas que han hecho historia, que tienen récord en ventas, especialmente en subasta. Cuéntanos un poco de esas obras.
E. C.: Creo que esos récords son el resultado de mi intento por comprar lo mejor de cada pintor. A veces aparecen obras de ciertos pintores que sólo por ser antológicas alcanzan nuevos récords, pero queda la sensación de que se pagó un precio demasiado alto. La razón es que no se ha tenido en cuenta lo que es la obra en sí misma. Por ejemplo, hace aproximadamente dos años compré un cuadro de la pintora brasileña Tarsila do Amaral (Abaporu), por el que pagué un millón y medio de dólares pues se trataba de una obra antológica. Sin embargo, hay otros cuadros suyos que no pueden considerarse antológicos pero que si fueran enviados a subasta, creo que superarían los tres millones de dólares, o se aproximarían a éstos. Es el caso de Antropofagia, que para mí es el mejor cuadro de Tarsila.
Ese tipo de ventas récord depende, a mi modo de ver, de la oportunidad y de la calidad de la obra. Los mejores cuadros que he adquirido los compré con este criterio y considero que es una de las razones por las que he marcado muchos récords.
C. S. de B.: ¿Cuándo surgió la idea de hacer un museo?
E. C.: Surgió hace aproximadamente 4 años. Hace 10 años ya sabía que la colección iba a ser donada y que, como tal, permanecería unida. Sin embargo, no sabía quién iba a ser el recipiente de la misma.
Por supuesto, lo que siempre he querido es que la colección se quede en Argentina pero sé que las condiciones de los museos no tienen todavía un nivel internacional. Además, son espacios que carecen de presupuesto. De cualquier manera, me proyectaba haciendo una donación a 20 o 30 años, dependiendo de la prolongación de mi vida, y fue cuando apareció un terreno ubicado en un lugar estratégico; tal vez el último terreno que queda en la zona de museos de Buenos Aires, cosa que adelantó totalmente mi proyecto.

C. S. de B.: ¿Cómo se siente tu familia respecto a una donación tan generosa?
E. C.: Tengo seis hijos a quienes infundí, desde la década de 1980, cuando ya sabía que estaba formando una colección que podía tener peso a nivel internacional, que la colección iba a ser donada. Incluso, en 1994 me divorcié y pude convencer a mi exmujer de ser yo el tenedor de la colección. Me quedé con todos los cuadros —que eran mi pasión—, incluidos aquellos que tienen calidad de museo. La colección siguió creciendo y mi familia creció con la idea de que ésta es una colección pública.
C. S. de B.: ¿Cuál fue la política que se utilizó para crear el museo de arte latinoamericano que va a albergar la colección?
E. C.: Un museo es un proyecto público. Partiendo de esa concepción básica, pensamos en quién podría realizar el proyecto. Contacté a un amigo arquitecto, quien me sugirió hacer un concurso. Con el actual director del Museo de Bellas Artes de Buenos Aires, Jorge Glusberg, organizamos un concurso público internacional que justo coincidía con la Bienal de Arquitectura de Buenos Aires, donde concurren arquitectos de renombre internacional.
La Unión Internacional de Arquitectos se encargó del monitoreo del concurso. A través de ella convocamos a los jurados —con mayoría de miembros extranjeros— y se hizo la distribución de las convocatorias con la ayuda de las sedes de la Unión en distintos países del mundo.
Se presentaron más de 400 anteproyectos, en un concurso anónimo, lo que dilató el proyecto por casi un año. En definitiva, los ganadores del concurso resultaron ser tres jóvenes argentinos que viven en la provincia de Córdoba, lo cual fue una gran sorpresa.

C. S. de B.: ¿Quiénes fueron los jurados de este concurso y los ganadores?
E. C.: Entre los miembros del jurado estuvieron Norman Foster, Cildo Meireles, Mario Bota, Raleigh y César Pelli, entre otros, figuras todas muy conocidas en el exterior. Entre los ganadores recuerdo a Martín Fourcade, Alfredo Tapia y Gastón Atellman.
C. S. de B.: Supongo que para ellos también debió ser una gran sorpresa.
E. C.: Cuando Jorge Glusberg llamó a los ganadores de Córdoba, los chicos le contestaron con una palabra, no creyendo lo que pasaba y pensando que era un chiste. Al día siguiente llamaron a mi secretaria, quien les confirmó que habían ganado. Uno de los chicos se puso a llorar en el teléfono, otro estaba de luna de miel, pues esa semana se había casado y además había ganado el primer concurso de su vida. Fue algo realmente extraordinario.
Ahora estamos construyendo el museo con asistencia de técnicos del exterior, con quienes estamos definiendo la carpintería metálica, etc. Ya se definió también, mediante un estudio hecho por dos talleres especializados de Londres, el mecanismo técnico que se llevará a cabo con la piedra. Por otro lado, la iluminación se planeó con un técnico de Milán. Como ves, contamos con un grupo de apoyo importante y un equipo bastante integrado para la construcción de este complejo de 6.000 metros cuadrados.

C. S. de B.: ¿Para cuándo está proyectada la inauguración?
E. C.: Estamos planeando terminar el museo a fines de octubre o principios de noviembre. Es una fecha límite estrictamente fijada teniendo en cuenta el inicio del verano en Argentina, pues después del 15 de diciembre no conviene hacer ninguna inauguración. De modo que se abrirá oficialmente al principio de noviembre o en marzo de 2001.
C. S. de B.: Ya tienes nombrado el director del museo. ¿Cómo se llevó a cabo esa selección?
E. C.: El director del museo fue elegido a través de una firma especializada en reclutar personal para entidades sin ánimo de lucro, la misma que contrató a Glenn Lowry como director del MoMA. Nancy Nichols se encargó de la búsqueda internacional del director, y después de algunos meses de selección llegamos a un acuerdo con Agustín Arteaga, exdirector del Museo del Palacio de Bellas Artes de México, quien se va a mudar a Buenos Aires a mediados de junio.

C. S. de B.: Fuera de albergar la colección, me imagino que el museo llevará a cabo otros proyectos.
E. C.: Así es. El museo cuenta con una sala de exhibición permanente, que en un comienzo va a albergar la colección que lleva mi nombre; adicionalmente, tiene una sala de exhibición temporal, un balcón de escultura y un espacio para exposiciones fotográficas. Cuenta también con un auditorio para 300 personas, biblioteca, tienda de libros, un café y un restaurante, aparte de toda la reserva técnica.
La idea es que el museo sea un centro de actividad y de intercambio cultural y que a su vez represente a la pintura latinoamericana, tanto para Latinoamérica como para el exterior. Se trata de impulsar el reposicionamiento de la pintura latinoamericana en el mundo.
C. S. de B.: Creo que tu colección tiene un enfoque hacia lo que podríamos llamar "los maestros del arte latinoamericano" y la producción de comienzos del siglo XX. Ahora estás comenzando a coleccionar obra de artistas más jóvenes.
E. C.: Exactamente. La colección comprende todo el siglo XX, lo que quiere decir que, por ahora, es básicamente una colección de arte moderno, no de arte contemporáneo, aunque hay algunos artistas contemporáneos incluidos en la colección.
La piedra angular de esta colección es precisamente ese enfoque en los grandes maestros de la pintura latinoamericana, que son todos aquellos pintores que llevaron las corrientes de vanguardia europeas a sus respectivos países. Estamos hablando, a grandes rasgos, de Diego Rivera, Frida Kahlo, Wifredo Lam, Roberto Matta, Berni, Xul Solar, Pettoruti, Tarsila do Amaral, Portinari, Di Cavalcanti, Monteiro, Torres-García, Barradas, María Martins, etc.

C. S. de B.: Además de tu colección has creado un premio.
E. C.: Sí, el Premio Costantini. En realidad, el gran peso del arte latinoamericano está en las obras de los grandes maestros, dejando de lado la producción de artistas jóvenes. Para contrarrestar esta situación, organizamos un premio anual de pintura, que por ahora es un concurso nacional argentino, pero la idea es transformarlo en un concurso latinoamericano.
El concurso tiene ya 4 versiones. En la más reciente se presentaron más de 700 obras. De ésas, hicimos una preselección de un 10%, es decir, unas 76, que fueron expuestas durante un mes en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires. Con esto ayudamos a los pintores a tener mayor difusión.
También hacemos un catálogo y tenemos 7 premios: 5 premios de 1.000 dólares; un segundo premio de 15.000 y el primer premio de 30.000. Los dos primeros son también premios adquisición, pues dos obras se incorporan a la Colección Costantini. Ese es, a grandes rasgos, el mecanismo que hemos implementado para darles más cabida a los artistas jóvenes.
C. S. de B.: Cuando dices que piensas convertir el concurso en un certamen latinoamericano, piensas seguir haciéndolo en el Museo de Bellas Artes.
E. C.: Se ha hecho allí porque no tenemos aún el edificio, pero el próximo año el Premio va a realizarse en el Museo de Arte Latinoamericano, y precisamente por esa razón es que ha surgido la idea de hacerlo extensivo a toda Latinoamérica. Hay otros temas por definir al respecto, como la periodicidad del concurso y la selección de un jurado internacional. Personalmente creo que debería hacerse cada dos años, y no anualmente.

C. S. de B.: ¿Ya pensabas hacer un museo, en el momento en que comenzaste a comprar obras como el Frida Kahlo, el Tarsila do Amaral, piezas que fueron récord de venta y que tuvieron mucha difusión en la prensa?
E. C.: Cuando compré el Frida, no. Sin embargo, durante los últimos cuatro años, todas las compras se han hecho a nombre de la Fundación, pensando en que serán del Museo como proyecto.
C. S. de B.: Al hacer estas compras, ¿te asesoras?
E. C.: Mi amigo Ricardo Aceves me ayudó a comienzos de la década de 1980, época en la que había reenfocado la búsqueda de obras para la colección. Durante estos últimos 10 a 20 años, hay obras que he querido comprar por mí mismo, pues tengo claro mi interés. Pero, de cualquier manera, se puede decir que un 80% de las oportunidades de compra que veo las discuto con Ricardo.
También tengo otras personas con quienes mantengo un intercambio constante de ideas y, a su vez, creo que con la llegada de Agustín Arteaga como director del museo —y probablemente con el museo en sí— va a haber una participación mucho mayor de gente vinculada al arte. Estoy tratando de democratizar el proyecto, de despersonalizarlo.
Me imagino que el día de mañana habrá una comisión de compra o muy probablemente el museo empezará a recibir donaciones, ya sea en dinero, en obra o en préstamos. Después de que esto suceda, el museo tendrá que remontar vuelo solo.
C. S. de B.: ¿Te duele desprenderte de esas obras que se van de tu casa para un museo? ¿Cómo te sientes al respecto?
E. C.: La verdad es que todavía no me he enfrentado con esto. Es fuerte porque en realidad tengo muchas obras que conviven conmigo —tanto en casa como en la oficina—, desde el lobby del edificio hasta el interior de mi lugar de trabajo, y todas son obras que pertenecen a la colección. Cuando se inaugure el museo van a desaparecer todos los cuadros, o sea que las paredes quedarán totalmente limpias. Esa es la parte desagradable. Seguramente tendré que hacer un duelo.
Por otro lado, me va a dar una gran alegría que los cuadros se reúnan después de estar dispersos. Hay muchas obras en el exterior, y el hecho de que se reúnan en un solo espacio es para mí algo simbólico. Hay muchos cuadros que están sin hogar, como el Frida o el Diego Rivera —obras que salieron por más de tres millones de dólares—, que están ahora en Nueva York. Son algunas de las obras que van a volver y a quedarse en su casa para siempre junto con otras de artistas como Xul Solar, Pettoruti o Tarsila; van a estar colgadas en el espacio que necesitan, lo que quiere decir que van a lucir y que van a estar bien expuestas. Esa es una gran satisfacción.
C. S. de B.: Comentábamos también sobre un impuesto que existía en Argentina sobre las obras de arte. Entiendo que el Frida Kahlo fue el talón de Aquiles.
E. C.: Sí, fue un suceso que movilizó el cambio en la legislación. En Argentina la importación de un cuadro era considerada por el gobierno un bien de lujo, como si fuera un auto, un reloj o lo que fuera. Tenía que pagar todos los impuestos de importación más un impuesto agregado, lo que suma casi un 45% de impuestos. He comprado obras que están en el exterior y que, por este motivo —aun siendo argentinas—, todavía no he podido importar.
Ahora hay que pagar un 11% o un 13% aproximadamente. En el caso de la colección, pagar este impuesto sigue siendo alocado, pues he gastado una gran cantidad de dinero en cuadros y además he comprado el terreno para la construcción del museo, cosa que no se tiene en cuenta a la hora de hacer la gravación. La táctica que voy a seguir es importar todas las obras de manera temporal, y luego me voy a centrar en impulsar que el Congreso desgrave a este tipo de instituciones.
C. S. de B.: No solamente estás haciendo un gran aporte al país con las obras que traes, sino que también estás tratando de cambiar los conceptos con los que se maneja la cultura. Argentina no es el único país que tiene problemas de circulación de obras de arte. ¿Cómo sería el proceso en el contexto argentino cuando se traiga una exposición?
E. C.: Con las exposiciones no hay ningún problema, pues las obras entran como importación temporal. Pero, de todos modos, considero absurdo que se pongan estas trabas a las obras de arte, sobre todo si se tiene en cuenta que Latinoamérica en general ha perdido parte de su acervo artístico. Esa pérdida se debe a que las familias que han comprado obras de principios de siglo o de la década de 1930 en Europa se han ido desprendiendo de ellas. Es una consecuencia de la decadencia latinoamericana de finales del siglo XX. Pero creo que hay que incentivar la importación de alguna manera, ya sea por medios privados o a través de instituciones gubernamentales. Es algo que hay que hacer, pues en realidad es un aporte valioso que queda dentro del país.
C. S. de B.: El hecho de que te hubieras iniciado como coleccionista y de que hubieras tomado este papel tan seriamente, ¿ha incentivado que otras personas cerca de ti también coleccionen?
E. C.: Familiares no, pero sí conocidos. El mío fue un caso testigo en Argentina, pues en la época cuando empecé a coleccionar surgieron también otras personas dedicadas a la labor. Tal vez fue un movimiento que coincidió y creo que las causas para que se propagara el coleccionismo son muchas.
Uno no debe ser demasiado soberbio y pensar que un movimiento surgió gracias a una persona. Tal vez el contexto argentino anda mejor y, por consiguiente, empezamos a valorar más el arte. Para mí el arte va de la mano de la marcha del país: cuando hay mayor estabilidad y uno tiene mayor autoestima por todo lo nacional, ese sentir empieza a afectar el arte.
En mi caso personal, siempre me mostré. Todo lo que hice lo hice público precisamente por mi interés en incentivar el coleccionismo. Siempre me vi motivado a estimular el arte y a impulsar su mayor valoración en el campo de lo latinoamericano, así es que creo que mostrar lo que se está haciendo es una buena herramienta para lograrlo.
CELIA SREDNI DE BIRBRAGHER
Fundadora, directora y editora de la revista Arte en Colombia / ArtNexus.

