La muestra de Edgard de Souza en la Galería Jack Shainman podría olvidarse muy fácilmente e incluso ser pasada de largo en cualquiera de los recorridos habituales de los paseantes de Chelsea que buscan ansiosos el impacto para regocijarse con el descubrimiento, con la emoción primera y súbita, con lo insólito y demoledor que todavía se sigue exigiendo al arte contemporáneo.
Sin embargo, algo irracional obliga a volver a la galería, a revisitar la misma exposición que se pasó por alto. Y en ese regreso se ve por primera vez la obra. El que regresa, regresa como el asesino al lugar del crimen, a revivir el hecho a través de las huellas. Huellas imposibles del acto más cotidiano. Restos magnificados de una repetida eyaculación, imágenes desenfocadas de un mismo desnudo. Las elaboradas esculturas de Edgard de Souza (São Paulo, 1962), en las que trabaja desde principios de la década de 1990, se generan en el «cuerpo del gozo», como Antonio Godino Cabes llamó a ese espacio físico donde el cuerpo desaparece o se diluye, para subrayar las marcas del placer que Souza insiste en mostrar en su más efímera e inaprensible existencia, congelando movimientos y gestos del deseo.

En esta primera muestra individual en Nueva York, cinco esculturas de madera pulidas y cubiertas por laca perlada comparten el espacio con dos composiciones modulares lacadas en blanco impoluto, interrumpiéndose con cuatro fotografías desenfocadas de un cuerpo desnudo enfrentándose consigo mismo, y en contrapunto con una única escultura negra donde el mismo cuerpo se cierra en su doble, en un gesto de referencias cruzadas: Alicia introduciéndose en el espejo, Narciso en el acto fatal de su autocontemplación y Cronos devorándose a sí mismo.
Es necesario volver a ese conocido territorio creado por las huellas físicas y fantasmales del cuerpo erótico, del cuerpo del delito, para entenderlo y sentirse cómplice. El esperma captado y congelado en el instante mínimo de la eyaculación y magnificado obsesivamente por el ojo culpable o por la lente avariciosa del detective. Esculturas perladas que se esparcen por el espacio de la galería tan azarosamente como las gotas de semen en una eyaculación, pero también tan especulativamente como las ampliaciones fotográficas de un detalle insignificante en las películas de detectives. Huellas culpables y pruebas irrefutables. Esculturas que se empeñan en captar de manera fotográfica el instante imposible del semen en su caída. Instantáneas de la consecuencia nimia de un hecho trascendente.
Ese hecho trascendente que se desarrolla en la imposible ficción de las fotografías; el cuerpo desnudo que se encuentra con la perfección exacta de su doble, que juega con él, que lucha con él. Narciso, por fin vencedor, disfrutando de sí mismo a través del proceso engañoso de la imagen fotográfica. Y todavía, quizá, un paso más en la ingenua ficción del éxito autoerótico, las esculturas blancas como células generativas en la primera lección de reproducción, dos células introduciéndose una en otra, y enfrente una composición de células a punto de conseguir formar algo semejante a un cuerpo. Y al final la sombra, una escultura negra de dos cuerpos encorvados que se encuentran en los hombros, formando un arco donde desaparecen las cabezas tragadas por el otro cuerpo, por el doble, un cuerpo devorándose a sí mismo, desapareciendo en su propio reflejo, anunciando quizá el vacío, quizá la amenaza de a futura inexistencia.
Imposibilidad, trascendencia, fantasmas, miedos y mitos emergen de la obra estrictamente formalista de este joven escultor que trabaja en el filo de la perfección formal y de la evocación sensual, quizá como una apuesta segura de la coexistencia de los dos mundos.
LIDIA BLANCO
