La escultura, al igual que todos los géneros convencionales que conforman las artes visuales, está sometida a la presión de los enfoques transgenéricos y de los requerimientos propios de la noción de la instalación, en donde las ideas de contexto, situacionalidad, expansión y vivencia se funden en una redimensión integracionista.
Ante esa fuerte tensión ejercida por expectativas abarcadoras, los artistas que cultivan la escultura han tenido que optar por una de estas cuatro opciones: poner sus obras al servicio de las resoluciones asociadas a la instalación, huir hacia el cultivo de disciplinas más libres e independientes, abordar las demandas generales de la instalación abandonando la resolución de piezas escultóricas o, finalmente, redimensionar las propuestas escultóricas para convertirlas en ejes referenciales de la instalación.

En el marco de esa última posibilidad, Félix Suazo ha ejercido la curaduría de una pedagógica e ilustrativa exposición de obras de J. J. Moros, Ramsés Larzábal, Luis Lovera, Magdalena Fernández, Carlos Quintana y Luis Lartitegui. Esta muestra ocupa las salas 8, 9, 10 y 11 de la Galería de Arte Nacional y se concibe amparada en la denominación Dimensiones variables.
Aparte del carácter didáctico ya destacado, debe subrayarse igualmente el sentido reivindicativo con el cual dichos artistas han asumido los desafíos de conjugar las exigencias vinculadas al volumen, la forma y el espacio. Con ellos, la escultura soslaya las pautas tradicionales y los requerimientos ensimismados, para alcanzar redimensiones y repotenciaciones derivadas del uso de materiales y, sobre todo, de la incorporación y afectación del espacio y de los sitios específicos. A estas cualidades tendríamos que agregarles también las preocupaciones inscritas en las definiciones de monumentalidad y escala, así como en todo lo concerniente a la incorporación participativa de los espectadores.

Una breve aproximación a las piezas expuestas nos lleva a señalar que J. J. Moros muestra sus variadas experiencias sobre las tensiones interactivas que la escultura y la arquitectura promueven a través de sus rigurosas y estructurales piezas geométricas. Sus vectores, tensores, bisectores, angulares y refuerzos dramatizan el espacio como consecuencia de las fuerzas que sugieren y promueven. Aquí la simulación y la disimulación no sólo están contenidas en los elementos escultóricos, sino en sus interacciones con las paredes, las esquinas y los pisos de la arquitectura. Presión contenida y presión ejercida se suman para promover una especie de potencia expandida en el ambiente mismo que se crea en el marco de la presencia del espectador.
La presencia de Ramsés Larzábal se concreta en una estructura hecha con bandejas seriadas de cartón, cuya escala supera con desafío las exigencias del observador. Aquí la sensación totémica se mezcla con lo lúdico para traducir un espacio arquitectónico revivido por luces filtradas que proceden de los recuadros del techo. Además, el desafío se incrementa por la convivencia de lo frágil del material y lo precario de la estructura, con lo ajustado de los empalmes y la artificialidad de los recursos. Aquí la idea de apariencia parece nutrirse del concepto aportado por Baudrillard: “La apariencia consiste en no sentirse ni siquiera rozada por la idea del sentido”.

La pieza de Luis Lovera es un enorme ensamblaje suspendido de madera, elaborado con planchas de metal, tornillos y tubos. Las asociaciones son múltiples: el enigmático péndulo puede ser un ancla o un personaje que responde a volúmenes curvilíneos que se resuelven a partir de empalmes geométricos. El sentido de lo ambivalente siempre se impone para desafiar las más variadas percepciones y para promover las más reiteradas participaciones. Cualquier designación definitiva que aquí se intente termina por sugerir una traición a las otras existencias que también asume la obra. Igualmente está incorporada la fuerza propia de una energía, así como los juegos plurales de las sombras que se repotencian con la participación de los espectadores.
La resolución de Magdalena Fernández abarca con resonancia toda la sala 10. Su resolución se concreta a partir de un amplio conjunto de varillas modulares que traman un espacio transitable. Una de las cualidades más importantes de esta experiencia es que la artista se apoya deliberadamente en los penetrables de Soto y en las ambientaciones de Gego, pero sin un propósito apropiacionista ni cínico. Más bien, se ejerce un juego de revisión, reversión, redimensión, porque, al final, la pieza adquiere un sello diferente del aportado por sus antecedentes. Aquí se reafirma la tesis según la cual hay que empezar con otros para terminar siendo uno mismo. Sólo los débiles pueden tenerles miedo a las influencias, y ésa es una posibilidad muy separada de las competencias de Magdalena Fernández. Desde el ángulo perceptivo, debe reseñarse que el espacio queda reactivado por signos y garabatos que se conjugan en planos modulares y secuenciales, entre los cuales el espacio y las sombras se incorporan como cómplices activos que enriquecen cada desenlace.

La participación de Carlos Quintana se perfila mediante una instalación que promueve las evocaciones figurativas y anecdóticas propias de su particular estilo. Desde luego que el humor y lo lúdico, así como lo satírico y lo crítico, no quedan marginados de esta resolución. Formalmente, las piezas de este conjunto se inspiran en una presentación hierática y simétrica que promueve planos diferentes de una perspectiva. A los elementos formales de la estructura se les incorporan detalles asociados con los registros, códigos y símbolos que pertenecen al lenguaje del artista. La combinación de estructuras y detalles promueve una atmósfera mágica y ambigua que une la simplicidad de la sátira con la intensidad de la problematización psicológica de los contenidos.
La muestra cierra magistralmente con la resolución Quomodo Vidore, de Luis Lartitegui. Aquí el artista sintetiza los alcances de un extraordinario simbolismo que se apoya en un profundo contenido conceptual y en un amplio e intrigante registro de sutilezas. La instalación se arma con un sobrio y esquemático sentido de equilibrio, el cual se va descubriendo con la directa y explícita participación del observador. En la polvera del centro, el yo es engrandecido como consecuencia de un espejo de aumento. Luego, el tú es distanciado y reducido por los efectos de un artefacto perceptivo. Finalmente el él es invertido y reubicado a partir de los impactos producidos por una esfera de cristal. Esta problematización de los pronombres personales, además de reafirmar el sentido ilusorio de las capacidades existenciales del ser humano, le permite también al artista alcanzar una versátil y sobresaliente correspondencia entre reflexión conceptual y formulación plástica.
VÍCTOR GUÉDEZ

