Espacios Unión inauguró recientemente Diecinueve del XX. Fotógrafos venezolanos del siglo, bajo la curaduría de Tomás Rodríguez Soto. Con esta exposición, se da continuidad a las revisiones panorámicas que se iniciaron en 1999 con la muestra El siglo que se va. La exposición que ahora comentamos intenta hacer un balance de cuáles han sido los aportes del siglo XX al campo de la fotografía en Venezuela.

Como en toda selección, el curador se expone a la crítica y al examen de sus textos, conceptos y escogencias. Todas estas pruebas fueron felizmente superadas por Rodríguez Soto, quien acertadamente parte de lo que él llama “el arranque de la fotografía artística contemporánea”, lo cual, de entrada, delimita una frontera entre un antes y un después, aún vigente. La curaduría establece tres grupos, identificados como "Una toma de conciencia" (décadas de 1940 y 1950); "Madurez y consolidación de lenguajes" (décadas de 1960 y 1970); y "Expansión y experimentación" (décadas de 1980 y 1990).

El recorrido, se inicia con Alfredo Boulton, una de las personalidades más atrayentes de su época, poseedor de una amplia cultura, amigo de escritores, poetas y artistas plásticos. Autor de la primera Historia de la Pintura en Venezuela, Boulton se destacó como uno de los fotógrafos que en la década de 1930 ya asumía este oficio con un criterio más plástico que documental. Muchas de las vistas más emblemáticas de Caracas fueron captadas casi al mismo tiempo por pintores como Manuel Cabré, y fotografiadas por Boulton. Pero no sólo fue el paisaje su objeto de estudio; los tipos venezolanos lo inspiraron a recorrer el país, registrando los personajes del pueblo en sus labores cotidianas. En la presente selección se incluyen un paisaje y una escena rural. Complementan este primer grupo Fina Gómez, Ricardo Razzeti y Carlos Herrera; todos ellos agotaron las posibilidades que les ofrecía el medio. Se suceden cambios notables, tanto en la manera de ver como de pensar, y finalmente, se puede hablar de modernidad.

El segundo grupo dirige su mirada hacia otras realidades. Eran los años de la efervescencia política. Había guerras y luchas por los derechos humanos. Venezuela, luego de la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, en 1958, se sumergió en una lucha clandestina liderada por la guerrilla. La Revolución Cubana sirve de inspiración a grupos de izquierda en toda América Latina, la visión del hombre era más realista y descarnada. Paolo Gasparini encabeza este segmento con una imagen sobre el proceso revolucionario iniciado en Cuba, que capta el entusiasmo y expectativas que genera todo cambio. El resto de los autores seleccionados abordan diferentes aspectos de ia sociedad, en aproximaciones que contrastan con ia estética que cultivaron sus predecesores. Es el caso de la serie Inauguraciones, de Federico Fernández. Se trata de un registro de imágenes de las aperturas de exposiciones de arte; Fernández escudriña en las expresiones y comportamientos de los asiduos asistentes a estos eventos. La inauguración es pretexto para promover alianzas, intercambio de ideas, todo de espaldas al objeto en exposición. Gorka Dorronsoro se ocupa igualmente del tema social, en su serie Paraguaná, donde capta la realidad de esa población ignorada y olvidada. Carlos Puche destaca del resto por el carácter experimental de sus obras, identificadas como Objeto-grafías por el juego que se establece entre el objeto real y el objeto fotografiado. Los resultados de estas indagaciones, tal y como lo señala Rodríguez Soto en su texto, fueron asimilados por el movimiento plástico de la época. Dentro de una línea conceptual se ubican las Autocopias y Collages de fotografías de Claudio Perna. Sus planteamientos rompen con los postulados de sus contemporáneos. Perna intenta deslastrar a la fotografía de su condición de arte menor, lo cual logra gracias a la genialidad en los contenidos de sus propuestas.

José Sigala pertenece al medio reporteril y es precisamente en este campo donde encontramos lo más rico de su producción. Los retratos de personalidades del mundo de la cultura y la farándula conforman un mosaico irrepetible de imágenes. A través de ellas el autor capta gestos y expresiones características de los retratados. También conocida, pero quizás menos divulgada, es la serie Filadelfia, de la cual se muestran dos piezas.
Ricardo Armas completa el grupo. Su trabajo de carácter intimo y sensible recoge imágenes del país, escenas de interiores, actividades en el seno de una comunidad. Cruz Maria Salmerón capta de manera serena y nostálgica la habitación de este poeta venezolano.

El tercer grupo es, sin duda, el más heterogéneo. Abarca las dos últimas décadas del siglo XX, periodo en el cual se gestaron las manifestaciones más disimiles, no sólo en contenidos, sino también en empleo de nuevas tecnologías.
Se inicia el recorrido con Carlos Germán Rojas, quien se ocupa de asuntos más cotidianos. Imágenes de La Ceibita es una serie realizada en el barrio caraqueño donde creció. Muchos de los personajes fotografiados forman parte de la vida del autor. Existe una clara familiaridad y confianza que se constata en las expresiones espontáneas y despreocupadas de los lugareños. Luis Brito incorpora el concepto de lectura simultánea a sus trabajos. Su serie Relaciones paralelas combina dos situaciones en un mismo soporte, lo que estimula un diálogo entre ellas y una reflexión por parte del espectador. Antolín Sánchez retoma la técnica del fotomontaje y realiza la serie Fotosecuencias. Édgar Moreno se podría considerar como un nómada de la fotografía. Sus constantes viajes a puntos muy distantes del planeta le han procurado un amplio espectro de imágenes. De las series que más han impactado está la de la India, un conjunto que narra la cotidianidad de sus pobladores. El encanto de estas piezas se ve reforzado por la incorparación de la técnica del viraje, que las impregna de una condición de imagen antigua, aun cuando los registros son contemporáneos y, por lo tanto, obedecen a la realidad del momento. Fran Beaufrand asume el oficio con mirada esteticista. Su serie In memoriam remite a las escenografías hechas por los fotógrafos de estudio de finales del siglo XIX, quienes se valían de toda suerte de elementos para resaltar la personalidad prestada que les imprime el autor. La atmósfera decadente y amanerada destaca en esta serie. Mientras Beaufrand recrea situaciones intimas, Nelson Garrido trivializa el repertorio cristiano a través de la puesta en escena de situaciones grotescas, recreadas en ambientes barrocos. La serie Todos los santos son muertos es un compendio de imágenes en extremo kitsch y burlescas. Alexander Apóstol vuelca su mirada hacia situaciones intimas y cotidianas. Muchos de sus trabajos son autobiográficos, desplegados de manera narrativa, combinando formatos y técnicas propias del medio con disciplinas como el dibujo o el collage. Madre nuestra ilustra ampliamente los avances de Apóstol al respecto. Aziz+Cucher también hacen de la fotografía el pretexto para poner en práctica nuevas experiencias como la digitalización de las imágenes. La serie Dystopia nos remite a la realidad del hombre contemporáneo, entrampado en sus propias estructuras sociales, políticas y económicas, que le impiden reconocerse en su individualidad.

La curaduría de Tomás Rodríguez Soto asume el reto de confrontar los trabajos de generaciones muy disimiles, invita al diálogo, asume una posición frente al estado de esta disciplina en el panorama plástico venezolano; igualmente, señala aspectos formales que, a lo largo de casi 70 años, han contribuido a la consolidación y enriquecimiento de este oficio.
El ejercicio de Rodríguez Soto se ve favorecido por el trabajo museográfico de Domingo Álvarez y Camilo Betancourt; esa invitación al diálogo que nos formula la curaduría se hace posible gracias a la puesta en escena de cada uno de los tres ámbitos en los que se desarrolla el recorrido.

A manera de conclusión, hacemos referencia al texto que acompaña la muestra, un breve ensayo en el cual el curador expone de manera clara y didáctica “los diversos lenguajes y géneros a través de los cuales la fotografía artística se expresa en el siglo XX en Venezuela”. Igualmente, y de manera muy reveladora, se propone una secuencia cronológica que permite reconocer en qué se diferencia un autor de otro, un periodo al que le antecede, y lo que quizás sea uno de los máximos aportes de la curaduría: proponer, a partir de la selección de un grupo heterogéneo de autores, el peso que adquirió la fotografía como lenguaje plástico en el siglo XX.
ANITA TAPIAS
Crítica de arte venezolana.

