Desafios de la modernidad

Jesús Soto. Les 3 baguettes, 1963. Metal, wood and nylon. 15 x 25 x 7 in. Private collection.

Colectivaago 2000 - oct 2000· Por Víctor Guédez

Desafios de la modernidad

Colección del Museo Jesús Soto - Museo Alejandro Otero

Colección del Museo Jesús Soto, Museo Alejandro Otero, Caracas, Venezuela Con el título Desafíos de la modernidad fue inaugurada en el Museo Alejandro Otero la exposición de 52 obras pertenecientes al Museo Jesús Soto de Ciudad Bolívar. 

Es pertinente recordar que el Museo Jesús Soto posee una colección de casi 700 obras registradas y está catalogado como el más importante, en su tipo, en América Latina. Sus piezas pertenecen a los lenguajes artísticos de la modernidad, con un especial énfasis en las tendencias abstracto-geométricas desarrolladas entre las décadas de 1950 y 1970. Los ejes básicos que le aportan el definitivo perfil al museo son tres. En primer lugar, se agrupan piezas de los constructivistas, en sus vertientes ópticas, cinéticas y planimétricas. Luego están las obras neorrealistas que, a pesar de no responder a un código específicamente abstracto, representan lo que estaba ocurriendo simultáneamente con el desarrollo de las propuestas del maestro Soto. Igualmente, hay un significativo número de obras de distintos protagonistas de las vanguardias heroicas o históricas que pautaron el desarrollo estético del siglo XX. Finalmente, la colección posee un amplio número de ejecuciones de Jesús Soto, en sus diferentes períodos, formatos y técnicas. 

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Sergio de Camargo. Relieve A-Z, 1960. Técnica mixta. 200 x 180 cm.

El origen de esta extraordinaria colección fue recordado por Ivanova Decán Gambús, presidenta de la Fundación Museo Soto, durante el acto de inauguración de la muestra el 9 de abril. Ahí recordó que el maestro Soto, estando en París, decidió, a principios de la década de 1950, crear un espacio en una pequeña casa, al lado de donde vivía su madre en Ciudad Bolívar, para mostrar obras de pequeño formato que fomentarán la información y la sensibilidad de la gente. Lo asombroso es que aquella idea inicial, despojada de pretensiones, se desarrolló con una creciente y dedicada vocación, para convertirse en un museo de referencia latinoamericana. 

Entre los muchos aspectos que podrían comentarse de la selección que ahora se muestra en el MAO, hay que comenzar por reconocer el excelente trabajo curatorial realizado por Ruth Auerbach y Freddy Carreño, al cual se añade el profesional y didáctico montaje que se despliega en tres de las salas más importantes del museo. Esta actividad estuvo a cargo de Miguel Miguel. 

En una primera sala se muestran Paralelas interferentes (1952), Muro blanco (1952-1953), Metamorfosis (1954) y Trapecio negro (1957), todas piezas de Jesús Soto. Ellas conforman las pautas prístinas del lenguaje del artista, así como la consolidación de un registro técnico que se amplió con un dominio constructivo sólido y con una esclarecida búsqueda. En ese período se forjaron los códigos y se clarifican los conceptos básicos que el artista ha incentivado a lo largo de toda su brillante y exitosa trayectoria creadora. La sala también alberga piezas de Antonio Calderara (Espacios luces, 1964), Lucio Fontana (Concetto Spaziale, 1953), Yves Klein (M61-Ruge, 1957), Alejandro Otero (Sin título, 1961), Narciso Debourg (Sin título, 1971), Gunter Vecker (Relieve, 1968), Sergio de Camargo (Relieve A-7, 1960) y Francisco Salazar (Positivo-Negativo, 1969), entre otros. 

En otra sala se observa un amplio registro de piezas de autores como Carlos Cruz-Diez, Alexander Calder, Yacov Agam, Victor Vasarely y François Morellet. Los amplios espacios de esta sala se completan con la pieza Rojo con hueco (1970), así como con dos obras de gran formato, Ambivalencia, de 1982, y Escritura negra, de 1979, del maestro Soto. 

Una lectura de conjunto de las realizaciones mostradas en las dos salas reseñadas permiten subrayar inquietudes conceptuales y temáticas que van desde la racionalidad matematizada y algorítmica hasta la proyección de lo absoluto y lo universal mediante el reduccionismo y el espacialismo. También se revelan las preocupaciones asociadas a los nuevos materiales y al empleo de técnicas innovadoras inscritas en resoluciones limpias e impactantes. Las investigaciones asociadas a los efectos perceptivos y al movimiento real y virtual también afloran en este repertorio. Desde luego, igualmente se siente el empeño de buscar relaciones de enlace y complementación entre la ciencia, la técnica y el arte. 

El recorrido prosigue en una amplia sala en donde se congregan significativas y curiosas piezas realizadas por Jean Tinguely, Pol Bury, Vassilakis Takis, Christo, Daniel Spoerri, Arman, Josef Albers, Piet Mondrian, Man Ray, Fernand Leger, Natalia Gontcharova, Sonia Delaunay y Serge Poliakoff. No hay duda de que ante una presencia de firmas tan significativas, se reviven las sensaciones más variadas de la modernidad en el ámbito de lo plástico. Estas piezas evocan el testimonio de los movimientos, tendencias y orientaciones más impactantes que empujaron la evolución del arte en las décadas fundamentales del siglo XX. Aquí, las metáforas, los objetos y la crítica nos remiten a la historia plástica, así como al proceso sociopolítico de la civilización moderna. Un rápido esfuerzo destinado a destacar los aportes de esta muestra nos remite, al menos, a tres aspectos esenciales. El primero es de carácter pedagógico, en su sentido más general y en su alcance más ilustrativo. En efecto, el recorrido por estas piezas, al margen de cualquier exigencia cronológica, nos monta sobre los ejes básicos del desarrollo moderno del arte, como la construcción de los espacios geométricos, el arte en movimiento y de efectos perceptivos, y la identificación y problematización estética de los referentes y de los objetos cotidianos. El segundo aporte es de naturaleza más conceptual y tiene que ver con el estímulo intelectual que promueve, al ponernos en contacto con los precursores de la modernidad y con los representantes de las vanguardias desplegadas durante el siglo XX. Estos desarrollos, así como sus impactos y derivaciones, son un insoslayable insumo para cualquier reflexión sobre el arte contemporáneo. Aquí se enfatiza nuevamente que, más que progreso, lo que existe en el arte es una ampliación de la sensibilidad estética y del espectro de posibilidades creativas. El tercer aporte se asocia más con la fuerza comunicacional del arte. Ciertamente, ante esta plétora de tendencias y de códigos plásticos se impone una atmósfera de amplio y fructífero diálogo. El diálogo, en este caso, procede a revisar la singularidad de los lenguajes y la coincidencia de inquietudes, así como a revisar la complejidad del concepto de modernidad en todas sus vertientes y proyecciones. En el marco de esta sensación dialógica, nos viene a la mente la convicción de que el sectarismo, tanto en arte como en política, no es la radicalización del pensamiento, sino su propia muerte. 

No podemos concluir esta crónica sin destacar que ésta es la primera vez que parte de la colección del Museo Soto se traslada, con un sentido de conjunto orgánico, a una institución de Caracas. Este esfuerzo tan importante es digno de un reconocimiento a las dos entidades que concretaron esta realización. Realmente, el Museo Jesús Soto de Ciudad Bolívar y el Museo Alejandro Otero de Caracas demostraron que, por encima de las distancias geográficas, de los perfiles museísticos diferentes y de las imitadoras coyunturas sociopolíticas del país, es posible concertar desafíos para añadirle valor a la cultura. Además, demostraron que, mientras antes lo importante eran las ventajas comparativas que hacían más fuertes a quienes más tenían, ahora son más significativas las ventajas cooperativas, en tanto que ellas permiten buscar asociaciones y alianzas que compensen debilidades y afiancen fortalezas. 

VÍCTOR GUÉDEZ

Desafios de la modernidad, por Víctor Guédez | artnexus