Una mesa con rastros de comida, colocada cerca de la parte central de la galería, es el eje de la más reciente exposición individual de Daniel Guzmán, titulada Magical Mexican Beans. La exposición, en la Galería Art & Idea, que abrió sus puertas no hace mucho en la parte alta del West Side, incluye un par de teléfonos hechos con latas y cuerdas, plantas de plástico y música seleccionada por el artista. Además de esta pieza, Guzmán exhibe algunos de sus dibujos a lápiz y pinturas en acrílico, ofreciendo una perspectiva sobre la amplia variedad de su obra, la que también incluye video y esculturas en madera.
El humor corrosivo e irónico de Guzmán aparece en su mejor momento en la pieza principal de esta exposición: el familiar lugar de reunión, es decir, la mesa donde se come y se bebe, que para mucha gente es la principal atracción de la inauguración de cualquier exposición de arte, se tomó el escenario central. Aquí, la obra pasa deliberadamente a un segundo plano en relación con la música, el ambiente y, en especial, la conversación entre el público. Al presentar su exposición como un pretexto para compartir cervezas gratis y hacer una fiesta, Guzmán se está burlando del tema que parece ser inmune a su sarcasmo: el arte y el mundo del arte. Al mismo tiempo, transforma la exposición en una especie de tecnología rudimentaria de la comunicación, pero en vez de centrarse en la idea de que el artista debe comunicarse con el público, incentiva a los espectadores para que se comuniquen entre ellos.

Los dibujos de Guzmán son piezas de un extraño rompecabezas en el cual las palabras y las imágenes forman un diario personal e intuitivo o una caótica historieta. En un estilo que nos recuerda los graffitis y la estética de la "banda" (la apropiación e interpretaciones que hacen las pandillas de jóvenes mexicanos de imágenes que les son familiares, desde marcas comerciales basta parafernalia del rock), Guzmán emplea, canibaliza y pone de cabeza la iconografía popular. Su obra en lápiz sobre papel va desde furtivos y simples mensajes basta barrocas y obsesivas composiciones de monstruosidades semejantes a amebas. Sus dibujos evocan las páginas de un cuaderno en las cuales un adolescente ha plasmado su angustia, frustración y aburrimiento. En estas series, el artista va desde lo confesional basta la fascinación infantil por lo grotesco, lo obsceno y lo macabro. Sin embargo, detrás del horror cursi de los dibujos de uno de los miembros de la banda Kiss, la obra de Guzmán reflexiona sobre la angustia y confusión verdaderamente reales de una cultura colonizada dominada por una constelación de ídolos reemplazables y desplazados (el Che Guevara, Kurt Cobain, Stallone), el adoctrinamiento de los medios, las referencias culturales baratas y vacías y el sentimentalismo barato. Pero así como el artista parece estar muy preocupado por la influencia de la cultura estadounidense en México, parece estar también muy interesado en el virus cultural mexicano que se está extendiendo por los Estados Unidos (Speakie Spanie).
La obra de Guzmán podría compararse con los simples pero intensamente idiosincrásicos dibujos de Raymond Pettibon. Los dos artistas emplean imágenes y palabras para tejer una intrincada y enigmática narrativa visual mediante sus instalaciones de múltiples dibujos individuales, pero aunque los dos utilizan la literatura, influencias cinematográficas y muchas referencias visuales, Pettibon crea un conjunto de obras elegante y lírico, mientras que Guzmán va directo a la yugular, en busca de respuestas emocionales y de una confrontación inmediata del espectador con elementos de nuestro pasado común transfigurados en un formato perturbador y sin embargo familiar. En este sentido, sus dibujos tienen más parecido con la caótica voracidad de la obra de Jean-Michel Basquiat.
Incluso cuando Guzmán emplea motivos recurrentes, sus dibujos individuales parecen estar encallados en el vacío, sin conexión con la figuración, el relato de historias o la abstracción. Como un todo, cada serie de dibujos crea un delirante diálogo interno, sugiere intrigantes asociaciones, construye acertijos con un panteón de ídolos de piedra, una colección de juegos de palabras sexuales y variadas imágenes infantiles. El universo de Guzmán podría ser considerado "un espacio de cero grado de cultura", como dijo la feminista Nancy Fraser. Guzmán eligió emplear materiales "pobres" como latas de frijoles y una diversidad de objetos encontrados que fue reuniendo durante sus caminatas por la ciudad. Con la misma ingenuidad, pasión y humor negro con los que recoge de la calle objetos físicos desechados ("...como un basurero, jugando con nociones sobre lo exótico y lo lejano", según afirmó), el artista saquea la caneca de la basura de la historia reciente de la cultura pop, en busca de memorias extrañas, olvidadas o vergonzosas.
La principal diferencia entre Guzmán y la mayoría de quienes han explotado la fascinación por la cultura de la miseria se refleja mejor en esta frase: "Cuidado, no existe belleza en la miseria". Aquí, la pobreza es presentada como una especie de sala de espera. Al igual que Vladimir y Estragón en Esperando a Godot, de Samuel Beckett, los personajes de Guzmán están inexplicablemente atrapados en el limbo, esperando ser liberados o redimidos por algo o alguien que, muy posiblemente, nunca vendrá.
NAIEF YEHYA
