A finales del pasado mes de marzo se inauguró la cuarta versión del Salón de Estandartes ES2000 en Tijuana, baja California. A partir de esta edición serán dos años los que medien entre salón y salón, en vez de uno, como se venía estilando hasta ahora. Tijuana, ciudad fronteriza, es dueña de una vida singular y receptora, entre otros eventos, del internacionalmente conocido INSITE. Tanto éste como los salones de estandartes han ubicado a Tijuana como uno de los polos importantes que atraen a creadores de Los Angeles y San Diego, principalmente. Para llevar a cabo el evento, la directora y curadora del ES2000, Martha Palau, ha escogido Ia sede del Centro Cultural Tijuana (CECUT). Sus instalaciones pueden hospedar sin problema los estandartes, cuyas medidas son cinco metros de alto por un metro ochenta de ancho.
Este año participaron 35 estandartes de creadores de Alemania, Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, Estados Unidos, México, Paraguay, República Dominicana y Venezuela. Se disputaban un primer premio de 100.000 y un segundo de 50.000 pesos mexicanos (US$10.000 y US$5.000, aproximadamente). Se otorgaron dos menciones que —a juicio del jurado de este año, conformado por Gerardo Mosquera, de Cuba, Silvia Pandolfi, de México, y Álvaro Medina, de Colombia— señalarían obras destacadas.
El primer lugar lo obtuvo el artista visual y activista Daniel Joseph Martínez, quien reside en Los Angeles y participó con la obra Autorretrato: intento No.3 para clonar el desorden mental, contundente pieza cuya técnica es la impresión electrostática, y que presenta una fotografía en escorzo de un hombre (el propio Daniel J. Martínez), con una herida abierta en su cuello.

Situada en el centro de la sala, parecería presidir con su impactante imagen todo un conglomerado de piezas que, junto a ella, pierden algo de su fuerza. Es parte del riesgo de todo evento por invitación, y aunque la entrega es de buen nivel y se prepararon en todos los casos obras ex profeso, es inevitable, como sucede en esta versión, el protagonismo visual de unas u otras obras, ya sea por su temática, por intensidad visual o simplemente por el lugar en el que se les ha ubicado dentro de la exposición. La obra de Daniel J. Martínez reúne, para su beneficio y mejor disfrute, todas las agravantes del caso, y el público se topa, casi antes que con ningún otro, con este asombroso estandarte.
Alfonso Lorenzana, artista residente en Tijuana, se hizo acreedor al segundo lugar con su pieza Inciertas señales de una frontera. Lorenzana incluyó en su estandarte imágenes prototípicas de su ciudad, como la barrera metálica que divide México de Estados Unidos; el muro con los nombres de algunos de los miles que han perdido la vida intentando llegar al otro lado, y que deja ver las huellas de algunas tragedias anónimas con un simple “no identificado”; el burrocebra, ya tan famoso, junto al que los turistas y lugareños gustan de ser retratados, así como otras imágenes más cuya contundencia visual no deja duda de la incontrovertible complejidad de la vida cotidiana en Tijuana.
Las menciones recayeron sobre Guillermo Conte (Argentina) y Sergio Muñoz Sarmiento (Estados Unidos), quien presentó una delicada obra formada por palabras escritas a lápiz, y de las que destacó sólo una letra de algunas de ellas creando un llamativo efecto tipográfico de grandes dimensiones.
Paula Santiago (México) participó con ¿Camino real? Guadalajara-Tijuana (mixta, carbón de estupefacientes, sangre, cabello, cristal, fieltro, aluminio/sábana de algodón, encaje, seda y papel). Esta es una de las obras que, entre las que no fueron merecedoras de mención o premio, tiene mayor fuerza expresiva. Se trata de una enorme vagina/ojiva marcada por la disposición de pequeñas bolsas que conservan el carbón de estupefacientes que Paula Santiago recolectó de las quemas realizadas en Guadalajara, evento que, además, documentó fotográficamente.

Los elementos que componen esta pieza son los usuales en otras obras de esta creadora. Si acaso, es importante acotar aquí la decidida presencia de las huellas corporales de Paula, no únicamente por la sangre o los cabellos que de ella están presentes, sino por las marcas de sus manos hacia la parte baja del estandarte, y del resto de su cuerpo en la parte correspondiente a la sábana de algodón que ocupa la parte superior de la obra. Lamentablemente, esta pieza, no obstante su gran potencia interior y su revelador proceso interno y de facturación, pierde fuerza en un entorno que visualmente la ahoga. Sucede con ella lo que le pasó al trabajo de Jan Hendrix en 1996, cuando envió una delicada obra que perdía impacto, ya que, por las peculiaridades de esta exposición, el espectador se encuentra físicamente abajo y alejado de las piezas, lo cual dificulta casi siempre la apreciación de los detalles y su riqueza.
Entre las piezas que llaman la atención por su contenido está la de Germán Martínez Cañas (Colombia), Hechos un mar de lágrimas, compuesta a partir de la impresión de sellos de caucho/látex. Estas gotitas impresas por toda la pieza le dan una coloración rosada. Aunque hechas con tinta roja, estos miles de sellos —uno junto a otro desde la profundidad hasta la superficie— dan la idea de olas en movimiento.
Patricia van Dalen (Venezuela) presentó Sol azul, pieza compuesta de pequeños cuadros en los que predomina ese color. Da la idea de que van Dalen ha querido defragmentar una imagen y proponerla de nuevo al espectador para que la arme visualmente a su gusto. Dueña de una larga experiencia en la creación de piezas de gran formato, causa extrañeza este envío de la única invitada por Venezuela. Llama la atención, sin embargo, el espléndido manejo del color y los atinados ritmos cromáticos.
Marcos Ramírez, ERRE (México), envió su pieza Se busca paloma blanca. En ella, ERRE presenta una de las propuestas más llamativas. Por una de las caras encontramos una especie de rompecabezas en el que cada pieza es un estado o país en conflicto (Chiapas, Bosnia, Congo, Chechenia, Ruanda, etc.) En la parte baja hay un misil sostenido por delgadas cadenas, apuntando hacia arriba, en actitud amenazante. Por el anverso, este misil se convierte en la jaula de un ave, y en letras desordenadas se lee el título de la pieza. Dependiendo de su ubicación, la pieza puede ser vista como una solicitud de paz o una evidencia bélica. Habrá que saber cuál es el lado que ERRE ha escogido para que vea el lado norteamericano, y cuál el mexicano. Jean von Borstel (México), Las huellas de la migra, sobre la conocida imagen de las carreteras en las que un aviso da cuenta y previene a los conductores de automóviles de que en ese lugar frecuentemente cruzan familias de personas que van al otro lado de la frontera. Del otro lado de la manta, vemos violentas huellas de llantas (de las patrullas de la migra o de conductores que no atendieron el aviso), sobre las cuales hay manchones rojos.

Esta pieza, al igual que la de ERRE, nos recuerda la que en 1996 presentó Heleo Escobedo: un collage fotográfico con un particular sentido de transubstanciación, en el más corporal alcance de la palabra, cuyo ánimo era también poner en evidencia esta sangrienta guerra no declarada entre México y Estados Unidos, así como evocar la presencia de los grandes conglomerados humanos que buscan en otros países lo que no tienen en el propio, haciendo de las zonas limítrofes los escenarios de miles de batallas cotidianas en las que una buena parte conoce un trágico final. Todo ello, aunado a la natural dinámica de estas ciudades, es alimento de creadores visuales, así como evidente motivo de su actitud crítica y su entendible necesidad de denuncia por medio de la plástica.
Otra de las obras que habita el espacio del CECUT es la de Lourdes Grobet (México), Prometeo Unisex. Sobre un fondo que emula un paisaje cibernético con rutas y enlaces de plataformas de ordenadores, está un hombre/mujer con senos y pene, de pie, sobre un tonel de metal, en cuyo interior hay una hoguera. La pieza tiene frente, y tras la figura, aunque rígida en su resolución dibujística, presenta una inquietante manera de exponer al personaje de pie sobre un objeto que, sólo en la obra de Grobet, tolera el calor en los pies descalzos, como las ánimas del purgatorio, que conocemos en sus representaciones eclesiásticas, sufren eternamente el fuego que nunca les acaba de consumir pero que tampoco se extingue.
De Ecuador, Jenny Jaramillo participa con una columna de excrementos (sus excrementos), a los que fotografía una vez que los ha puesto uno detrás del otro, en cadena, como si fueran un ferrocarril o una gran columna, cuyo ritmo visual está dado, en gran medida, por las formas caprichosas que las heces fecales adoptan de manera natural.

La equilibrante es el título de la pieza de Tania Candiani (México). Hecha con acrílico, mecate, cuerda, hilo, nos deja ver una mujer en un columpio. De frente, se ven sus pies enormes, por la cercanía no sólo del suelo, sino de quien mira, como si fuera un efecto óptico del lente de pescado que nos acerca selectivamente a sus pies haciéndolos desmesuradamente enormes y dejando pequeño su cuerpo. Por detrás, se mira como si el espectador estuviese tirado en el suelo y sobre él pasara el columpio; el trasero de la mujer que se mece, y su cuerpo ahora de espaldas a nosotros, avanza pendularmente, en apariencia, hacia adelante.
Una de las propuestas que más llamó la atención fue la de Alejandro Zacarías (México), quien presentó un flexómetro o cinta métrica metálica que tiene las medidas exactas de los estandartes. Esta pieza casi virtual, o su simple espacio de transparencia, atrae a los visitantes, quienes de pronto se encuentran ante una obra que, aunque esté precisa y milimétricamente delimitada, no contiene sino conceptualmente una obra, a la usanza de las que la acompañan en la misma sala. Su pieza es las demás, una ventana, la lejanía, da igual; es claro que lo que se vea a través de ella será la propuesta de Zacarías.
Los estandartes, como los personajes de carnaval, poseen dos rostros, a veces complementarios, a veces encontrados. Por sus características particulares, pueden verse de muy distintas formas; a diferencia de una fotografía, un cuadro o una pieza gráfica, ellos no tienen tras de sí una pared. Son como personas que tienen frente y pecho, pero lo más importante, que poseen también mirada y nuca. Somos vistos, desde su descomunal altura, como seres pequeños que arriesgamos la salud de nuestro cuello para entenderlos, Gulliveres contemporáneos, antes de que escapen al país en el que todos son de su tamaño.
SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS

