Arte Ba

Pablo Suárez. Para escapar a la exigua realidad, 1999. Técnica mixta. 100 x 115 x 65 cm. Galería Ruth Benzacar.

Feriaago 2000 - oct 2000· Por Ana María Battistozzi

Arte Ba

Buenos Aires

Instalar una feria de arte en la agenda nacional e internacional no es empresa sencilla en ningún sitio y menos en la Argentina de hoy. Nadie puede negar que la posición geográfica de Buenos Aires, a diez horas de vuelo de los Estados Unidos y Europa, no constituye precisamente la mejor ayuda, más allá de las soluciones aportadas por la globalización. Con todo, los organizadores de Arte BA se las han arreglado para limar esta dificultad hasta convertirla en una virtud. Tras haber organizado un diseño de metas sucesivas que les permitió ofrecer mejoras con cada nueva edición, lograron que Arte BA quedara instalada como la primera feria de arte del Mercosur. Transformada así en un polo regional, su situación adquiere una perspectiva distinta; ahora sólo se trata de consolidar esa posición hacia adentro y hacia fuera. 

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Antonio Dias. El héroe desnudo, 1966. Vinilo sobre fibra y madera. 95 x 61 cm. Galería Jean Boghici.

Así, la última edición, que tuvo lugar entre el 12 y el 18 de mayo pasado —considerada por muchos la mejor de todas en su breve historia—, es el mejor signo de que las cosas caminan hacia ese destino. La ordenada distribución de espacios en el nuevo predio ferial de La Rural en Palermo, sumada a una mejora notable en los montajes de cada stand y una oferta cada vez más inclinada por el arte contemporáneo han contribuido a definir el tipo de perfil que habrá de proyectar la feria hacia adentro y afuera. En ese sentido, es evidente que los organizadores argentinos han aprendido mucho de sus colegas de ARCO y, al parecer, es por esa senda que se encaminan. De todos modos, se diría que el signo más relevante de esta última edición es la importante participación de las galerías más destacadas de Brasil, Uruguay y Chile, en un espacio donde se logró hacer coincidir no sólo a los coleccionistas argentinos, sino también a algunos de Brasil. El grupo de galeristas brasileño fue el más nutrido, en especial el de São Paulo. Estuvieron Luisa Strina, Thomas Cohn, DAN, Marilia Razuk, Nara Roesler y Paulo Kuczynski.

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Julian Trigo. Sin título, 1998. Óleo sobre tela. 198 x 220 cm. Galería Thomas Cohn.

Thomas Cohn ofreció obra de pequeño formato de Waltercio Caldas, un trabajo de Cildo Meireles de 1982 y unos dibujos sobre papel de Tunga junto a una serie de pinturas de Daniel Senise y Julián Trigo, uno de los jóvenes argentinos que salieron del primer taller de Kuitca. También Tunga y Cildo Meireles estuvieron en el stand de Luisa Strina, confraternizando muy bien con la obra de Adriano Pedrosa y Antonio Dias. Este último artista fue la estrella en el espacio de la galería carioca Jean Boghici. Una obra suya, El héroe desnudo, de 1966, fue adquirida por Eduardo Costantini para integrar el Museo Latinoamericano de Buenos Aires, que el coleccionista tiene pensado inaugurar este fin de año. Boghici también presentó en Buenos Aires un Bólido, de Hélio Oiticica, y un Bicho máquina, de Lygia Clark, junto a una pequeña construcción blanca de Sergio Camargo, de 1960, todas piezas de pequeño formato, que revisten sumo interés para cualquier colección de arte latinoamericano. Por otro lado, en el espacio de Marillia Razuk lucieron espléndidas las piezas en tela de Marcos Coelho Benjamin y las pequeñas construcciones de Marco Tulio Resende. 

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Marcos Coelho Benjamin. Sin título, 1997. Piedra azul ultramar y hierro. 35 x 35 x 4 cm. Galería Marilia Razuk.

Mientras tanto, Espacio de Arte, la única galería de Curitiba que se hizo presente, aportó trabajos en madera de José Bento y pinturas de Fernando Velloso, en una línea que no desmereció para nada el panorama brindado por sus colegas empeñados en mostrar una selección en pequeña escala de lo mejor que ha producido Brasil en las últimas tres décadas. En ese sentido, la paulista DAN fue la encargada de aportar el segmento más tradicional, remontándose un poco más allá en el tiempo. En su espacio se pudo ver una interesante maternidad de Lasar Segall, de 1931, junto a otras pinturas de Emiliano di Cavalcanti, Cándido Portinari y Antonio Henrique Amaral. Algo que sorprendió fue la ausencia de artistas de la generación de 1990, sobre todo el grupo que adquirió relevancia internacional a partir de las últimas ediciones de la Bienal de São Paulo. Acaso porque la mayoría de ellos —Ernesto Neto, Adriana Varejão y Vik Muniz, entre otros— trabajan con la galería paulista Camargo Vilaça, que no estuvo presente. Es una pena, porque la ocasión para afincarse en Argentina era ideal. El Museo de Arte Moderno de la ciudad exhibía al mismo tiempo la muestra Brasil, singular-plural, integrada por obras de algunos de estos artistas, que pertenecen a colecciones argentinas. A ello se sumó una de las conferencias programadas durante la feria, a cargo de Aracy Amaral, que se refirió justamente a esa generación e incluyó a algunos de esos artistas. 

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João Câmara. O paradoxo de Lampeduza, 1999. Técnica mixta sobre madera. 160 x 220 cm. Galería DAN.

En cambio, en las galerías argentinas los representantes de la década de 1990 gozaron de generosos espacios, como nunca antes. No sólo Ruth Benzacar, que los trabaja desde hace tiempo, les reservó a los más jóvenes —Nicola Costantino, Marcelo Pombo, Pablo Siquier, Sebastián Gordin, Miguel Harte y Jorge Macchi, entre otros— un lugar especial. También Pelusa Borthwick, directora de Arcimboldo, hizo algo similar: ofreció una sección Junior, con trabajos de Amalia Amoedo, que presentó un caballo recubierto de caramelos y mostacillas, muy onda 90 entre la decoración y la autorreferencia, junto a pinturas de Víctor Florido y Magdalena Jitrik y objetos de Benito Laren. Por su parte, Gara, otra de las galerías que milita por los jóvenes, presentó una escultura blanda y varios objetos tejidos de Marina de Caro, junto a fotos de Raúl Flores, que giran alrededor de un curioso “parque temático” de la ciudad, denominado Tierra Santa. La cámara de Flores retrata animales de cartón piedra que ironizan sobre la sustitución de lo natural por lo artificial. La ironía es también el arma de Pablo Suárez y Luis F. Benedit, dos artistas mayores del espacio Ruth Benzacar, que la usan para aludir al pasado y al presente. La obra elegida de Suárez, una especie de gran objeto escultórico con pedestal de azulejos y una figura de resina poliéster, forma parte de la narrativa que articula la obra de este artista y se propone reflejar las peripecias del desdichado argentino medio. Los trabajos de Benedit corresponden a la misma serie de diseños con huesos recogidos en el campo de la provincia de Buenos Aires, que estuvieron en la última Bienal de Venecia y en la última edición de ARCO. 

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Vista general del stand de Luisa Pedrouzo con obras de Marcela Astorga. Guerra, 1999. Acrílico sobre tela, guata y ganchos de camisería. 110 x 130 cm; Daniel Ontiveros. Belleza, 2000. Polifan y espejo. 25 x 160 x 3 cm; Cristina Piffer. Los libros, 1997-1998. Módulos de carne vacuna y resina poliéster sobre mesada de hormigón. 28 x 22 cm; Res. Occidental, 1999. Fotografía copia tipo C. 80 x 100 cm.

Las alusiones a los cruces entre la afirmación de un ser nacional, la tradición de violencia en la historia argentina, los mataderos y la industria de la carne estuvieron presentes en las obras presentadas por Luisa Pedrouzo, una galerista del barrio de Palermo Viejo, que presentó obras de riesgo con un impecable montaje diseñado por Gustavo Vázquez Ocampo, uno de los especialistas más talentosos de Argentina. Esa visión curatorial le permitió cobijar obras de lectura política dirigida tanto al presente como al pasado remoto y reciente. Su stand exhibió pinturas e instalaciones de Daniel Ontiveros y Marcela Astorga, junto a la inquietante obra de Cristina Piffer, una artista que trabaja vísceras “trenzadas a la criolla” y trozos de carne, lapidados en resina poliéster. El proceso, altamente metafórico en sí mismo, arroja resultados de altísimo refinamiento formal que dicen mucho de la Argentina de hoy. 

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Kimbery Austin. Afrodisia N. 11, 1994-1999. Fotografía sobre seda. 80 x 140 cm. Galerie Hengevoss-Jensen.

Representante argentina en la Bienal de São Paulo dedicada a la antropofagia y artista de Ruth Benzacar, Nicola Costantino trabaja en un registro vecino manipulando cadáveres de potrillos y lechones que luego pasa a moldes de silicona y embala, también con extrema prolijidad, como “material de exportación”. Más distanciados de los problemas de la carne, pero no de la muerte fortuita que puede acechar hoy en cualquier esquina, el mismo stand presentó los dibujos de Jorge Macchi, realizados con finísimos recortes de diario. Estos trabajos del artista se vinculan con la instalación Música incidental, que fue adquirida en febrero pasado por la Fundación Arco. En un punto intermedio, Alvaro Castagnino hizo gala de cierta cautela al equilibrar la irreverente serie de objetos Infiernos e idolatrías, de León Ferrari, con las esculturas abstractas de Pájaro Gómez y las refinadas cajas de Nora Correas, que corresponden a una serie similar a la presentada el año pasado en el Museo Nacional de Bellas Artes. 

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Urban. El espíritu de las piedras, 1999. Técnica mixta sobre madera. 120 x 120 cm. Galería Kreisler.

Lo sorprendente es que la mayoría de estas obras hayan encontrado comprador, y muchas de ellas pasarán a integrar importantes colecciones de Brasil y Argentina, un dato que permitiría detectar algunos cambios en el gusto de los compradores de Arte BA. 

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Matilde Marín. Formas esenciales, 2000. Fotografía con proceso digital. 30 x 45 cm.

De todos modos, la gran mayoría de los galeristas que acuden a la feria se mantiene fiel, en gran medida, a los maestros argentinos, de la década de 1960 hasta el presente. Y en esa lista se destacan, fundamentalmente, Berni, Juan Carlos Castagnino, Seguí, Rómulo Macció, Noé, Bonevardi, Carlos Alonso, Batlle Planas, Roberto Aizemberg, Guillermo Roux, pero también Adolfo Nigro. De hecho, el homenajeado de la feria este año fue Carlos Gorriarena, un artista de esa generación, en tanto que otro representante de ella, Luis Wells, brilló en el excelente montaje que le prodigó la Fundación Andreani. 

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Grete Stern. Sueño No. 36, Fracturas, 1949. Fotografía. Galería Principium.

Se diría que esta vez fue la generación de la década de 1980 la que perdió terreno. De todos modos, la Galería Cecilia Caballero exhibió y vendió una pintura de Guillermo Kuitca de 1984, y la Fundación Klemm presentó trabajos recientes de Remo Bianchedi, mientras Altera, una galería de la localidad balnearia de Pinamar, dedicó todo su espacio a Gustavo López Armentía. Mientras tanto, Gráfica Contemporánea, el proyecto de Matilde Marín que acompañan importantes grabadores argentinos, entre ellos Juan Carlos Romero, Tiny Weil y Teresa Pereda, se asoció esta vez con Raiña Lupa Ediciones de París, y ofreció en pequeña escala un panorama infinitamente superior a la selección de la Bienal de Grabado del Mercosur, que convocó y exhibió con gran despliegue la Fundación Arte BA. Por su parte, la fotografía sigue siendo la gran ausente en el espacio de la feria. A excepción de la galería Arte x Arte, que dedicó todo su espacio a los trabajos paródicos de Marcos López, y la alemana Hengevoss Jensen, que mostró cibachromes de Luiz Alegretti y unas impresiones fotográficas sobre seda de Kimberly Austin, sólo unas pocas galerías la incluyeron en su oferta. Entre ellas, se cuentan Principium, que presentó obra de Grete Stern; Luisa Pedrouzo, que exhibió la serie Yo Cacto de RES, presentada en la última Bienal de La Habana, y Ruth Benzacar, que llevó un trabajo de Liliana Porter. 

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Marcos López. Carnaval criollo, 1996. Copia color coloreada a mano. 100 x 170 cm. Arte x Arte. Galería de Fotografía.

Con la nueva distribución de espacios, también las revistas especializadas y la librería se vieron beneficiadas. En ese rubro, no cabe duda de que tanto ArtNexus como la española Lápiz, dos revistas editadas fuera de Argentina, continuarán manteniendo la fidelidad de los lectores argentinos interesados en temas del arte contemporáneo. Entre otras cosas, porque aún no ha aparecido un producto local que las supere. 

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Gustavo López Armentia. Napoleón, 2000. Técnica mixta. 150 x 240 cm. Galería Altera.

Por otra parte, las galerías europeas siguen siendo una deuda pendiente para los organizadores de Arte BA. Aunque este año vinieron dos alemanas de muy buen nivel expositivo —Adriana Schmidt y Hengevoss Jensen—, todavía Kreisler de Madrid se cuenta entre las pocas europeas que garantizan su presencia desde hace años. Esta vez trajo las sugestivas construcciones de Urbán, un artista que la galería ha paseado con éxito en los últimos años por América y Europa. 

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Amalia Amoedo. Caballo de madera y dulces, 2000. Objeto escultórico. Galerie Arcimboldo.

La feria también tuvo sus ausencias notables: Jorge Castillo, la galería uruguaya que estuvo prácticamente en todas las ediciones desde el comienzo, y Diana Lowenstein, que inexplicablemente, para muchos, optó por participar en Art Chicago y no dejó representación alguna en Buenos Aires. De cualquier modo, los organizadores festejan, con razón, un éxito que tiene su correlato en números: ventas por un valor cercano a los 3 millones de dólares y unos 80 mil asistentes. Si bien el año pasado esta cantidad fue superior (120 mil), también lo fue el período de duración de la feria. En esta ocasión, el monto general de ventas estuvo mucho más repartido: se vendieron muchas más obras, con un promedio de precios inferiores. Una razonable ecuación que dejó contento a todo el mundo.

ANA MARÍA BATTISTOZZI

Historiadora, docente y crítica de arte. Escribe en el diario Clarín y en la revista Buenos Aires Bellas Artes de Buenos Aires.

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