¿Cuántas latas hay en esta exposición? Podría ser una pregunta pertinente para algunas personas. Porque las cosas valen por lo que son o por lo que hacemos con ellas. Y en lo que hacemos con las cosas entra en este contexto la creatividad del artista, quien es libre de usar cuanto tiene a mano para expresarse.
Alfredo Eguiguren ama la materia, la busca, juega con ella, le reclama, se pelea, le increpa, se disculpa, le agradece... y, claro, la convierte en arte. La Materia para él es "palabra mayor", tiene un concepto filosófico de ella. Es la sustancia de todo lo que existe. Entonces, un trozo de madera, una manguera de caucho, unos retazos textiles, una mallas de alambre, unos discos de aluminio, le sirven para dar forma a sus concepciones artísticas.

Pero su proceso no parte de las cosas para inventar sus obras, sino al revés: concibe la obra y a partir de esa idea busca los materiales que necesita, como el poeta busca los vocablos. Sin embargo, algo que encuentra por casualidad puede modificar su idea e influir en la obra en proceso.
En el caso de esta muestra, por ejemplo, es evidente que buscó un espacio y pensó en una obra para este espacio. Porque toda la muestra no es sino una gran obra cuyos fragmentos tienen vida propia, poseen autonomía.
Y las latas, con las que Eguiguren ya había comenzado a trabajar en Nueva York, donde vive, las ha utilizado ahora para armar este discurso plástico al que ha denominado Dimensiones cromáticas de la materia.
Y es que el color que por la manera como ha sido aplicado nos recuerda los chorreados de Pollock, es lo que realmente dimensiona las formas de esta muestra.
Tal es la función de este despliegue cromático, cuyo delicado equilibrio, se basa, más que en el conocimiento académico del artista, en la intuición del creador.
Aunque también nos encontramos con el negro o ausencia de color y con la ausencia de pintura. Como una voz sabiamente disonante en el conjunto, o para aprovechar los efectos de la luz sobre esa suerte de orografía metálica del cuadro. De todas maneras, cada mancha y cada vacío de color así como cada relieve, tienen su razón de ser; nada es gratuito en la obra de Eguiguren.
Y en cuanto al ensamble, que es la técnica empleada por él, como una manera de adherir al soporte materiales extra pictóricos y prefabricados, no sólo reivindica la tercera dimensión, sino que aporta sus propias y múltiples significaciones, más allá del disfrute visual.
El resultado responde desde luego, tratándose de arte, a una estética. Y en esta oportunidad, a una estética relacionada con una geometría basada, salvo excepciones, en la figura del círculo, símbolo del infinito en algunas culturas.
Por último, y para insistir en los materiales, ya no se puede hablar tratándose de Eguiguren, de lo matérico, que no es sino un procedimiento, sino de su actitud de entendimiento con la materia.
RODRIGO VILLACÍS MOLINA
