La situación del país vista a través de la obra de artistas contemporáneos colombianos era la idea central de esta exposición. Y en este caso, los artistas escogidos eran los indicados porque además de su conocimiento de la imagen y del manejo de los materiales, sus obras siempre han demostrado que la situación del país los toca, y ha sido el incentivo para su trabajo. Estos artistas que viven en Colombia como "un acto de fe", no sin ironía, saben que su sensibilidad está irremediablemente relacionada, para bien o para mal, con el hecho de vivir en medio de las contradicciones.
La sede temporal de la Galería Valenzuela y Klenner es una casa de un solo piso, iluminada con luz natural, filtrada por ventanas cubiertas con tela, como si fuera papel de arroz, en la que se exponen desde hace ya más de seis años las obras de artistas contemporáneos colombianos. Una sede temporal de seis años es una situación característica del país, donde la mayoría de las galerías se han cerrado, y son cada vez menos aquellas que precisamente se preguntan qué pasa con las antes y con el contexto, ya a comienzos de tan promocionado milenio.
En las paredes de una de estas habitaciones, la obra de Miguel Ángel Rojas, At the other side, planteaba ya, de entrada que el statu quo sigue siendo el mismo. Este es un país tratado como una hacienda dedicada al monocultivo, con sus mayorales con sombrero que minan al horizonte, pero en este caso hablan inglés y dicen ¡go on!, como en cualquier western o escena sacada del mundo del territorio maravilloso de las propagandas. Era un paisaje construido con hojas de coca secas, recontadas en pequeños círculos idénticos, y pegadas en la pared. La perspectiva atmosférica perfecta le daba el sutil cambio del color de las hojas.

Beatriz González viene rescatando desde hace algún tiempo un recurso que es característico de grandes maestros de la pintura como Vermeer o Gauguin, y de los escritores más experimentados, y es el pequeño gesto del cuerpo, que permite que aparezcan las emociones, casi de un solo golpe de ojo, sin necesidad de describirlas. En una de sus obras anteriores, por ejemplo, una mujer se cubre el rostro con sus manos, y este gesto, acompañado por un desmadejamiento casi imperceptible de la cabeza, ya es la tristeza misma. En la obra de esta exposición, todos los elementos de la imagen contribuían a crear la presencia del dolor. Era una obra en lienzo burdo, con bordes de tela negros, instalada casi a ras del piso, con el dibujo esencial al carboncillo de cuerpos de mujeres arrastrándose, repetidas como en un friso, para hacen públicos los hechos que se olvidan. La obra se llama Todas murieron carbonizadas.
El trabajo de José Alejandro Restrepo se interesa desde hace algún tiempo por el uso que la cultura da a las imágenes. En esta obra, Iconofilia e iconoclastia, hay una inquietud acerca de dos preguntas básicas que siempre se plantean en nuestra sociedad como un secreto. Son las preguntas sobre el sexo y el poder, que cuando se ven reflejadas en las imágenes, éstas no son tratadas tan cortésmente como un secreto, sino sometidas a una violenta censura. En el video, el artista decidió sacar del secreto "dulces imágenes", como dice el texto, de la Cicciolina, quien, es necesario recordar, se propuso sacan de la oscuridad y del secreto, como un programa político, el cuerpo femenino, en los cuales la cultura lo había envuelto por años. Y el artista decide también poner en evidencia, con imágenes que vienen inmediatamente después de las "dulces y bellas" del cuerpo de la Cicciolina, las masacres y la censura que el poder impone a las imágenes de la violencia en el país.
Si se trata de indagar por el estado de una situación, como era el objetivo de esta exposición, se hace indispensable un índice que es un catálogo visual del contenido de un hecho. Juan Fernando Herrán utiliza el recurso del índice aparentemente de manera muy objetiva, pero la relación de las imágenes entre sí lo hace entrar en una dimensión simbólica. La obra Tríptico judicial es una fotografía de archivo que señala una situación de delincuencia, acompañada en ambos lados —para construir el tríptico—, por las fotografías del cáliz de la flor de la amapola. Su forma, candorosa y bella es como una escultura Art Nouveau. De nuevo, se está frente a un statu quo que no se ha modificado, en este caso, durante siglos, y tiene que ver con una flor condenada y todo un montaje judicial armado alrededor de ella, para condenan también: ¿a quién? Es una pregunta sin respuesta. La flor, entonces, se vuelve la metáfora casi milenaria de una condena, dirigida tal vez a los menos condenables.
En este mismo orden de ideas se puede inscribir la obra de Adriana Arenas, Footboll, 1979. Se trata de una foto mural del Deportivo Pereira, donde ella misma aparece como mascota cuando era una niña. Hay que recordar que, en esa época, en el país el fútbol era primera plana en las noticias por su supuesta relación con grandes capitales subterráneos, pon decirlo de alguna manera, que lo financiaban, y la imagen de esta niña no mayor de 10 años, vestida de futbolista junto a los ídolos, no deja de ser una pregunta sobre cómo lo público redefine lo privado, y cómo el contexto global redefine lo local.
Wilson Díaz, con pinturas de pequeño formato, explícitas, de personajes comunes en lugares comunes, de una ciudad como Cali, y a través de las conversaciones con este mismo tipo de personajes, grabadas en un video, muestra cómo la gente que vive una realidad anodina, con un trabajo repetitivo, se fuga a través de los sueños más simples, pero a la vez inalcanzables. Los entrevistados comparaban la vida de todos los días con sus expectativas, y en ese índice del colombiano común, se podía oír por ejemplo: "Abandoné mi carrera como escritora, pero escribo para ganarme un concurso" o "Después de trabajar todo el día, quiero investigar algo sobre lo que nunca sé". Las conversaciones indicaban que la vida diaria es tan rígida, que es mejor pensar que la realidad está en otra parte, en una sensación de huida que se ha vuelto característica en el país. La obra se llamaba Un accidente le puede pasar a cualquiera, y más que con ironía, con ternura, el artista dejó abierta la lectura de la obra, como si la esperanza fuera lo último que se pierde, como se dice comúnmente pon ahí.
NATALIA GUTIÉRREZ

