Raúl Recio ha sido el pintor profesional más precoz de Santo Domingo. Antes de los 20 años, ya tenía una obra firme y audaz, tan chispeante que provocaba asombro, carcajada o una sonrisa amarga. Producía una imagen insólita, que integraba frases y graffitis muy personales: al artista siempre le ha gustado escribir como parte de la creación. Quince años después, la magia sigue. Lógicamente la autonomía y la emoción transmitidas por el artista han madurado, pero permanecen rasgos que debemos aceptar como parte de una personalidad. ¿Por qué no?
Este humor, esta libertad, este desenfado, han hecho que le den a Raúl, pero en francés y a veces con faltas de ortografía —que guiñan un ojo torcido a la obra—, el título de "niño terrible". El niño se ha convertido en adulto joven, la obra se ha profundizado, el tremendismo se ha agudizado. Raúl Recio, artista muy serio, de aparente fantasía desbocada pero impecable en comportamiento y ética, expone en Lyle O’Reitzel Arte Contemporáneo, galería acreditada por la presentación de un arte caribeño de ruptura. Homogeneidad formal y coherencia conceptual se alían para producir una iconografía singular siendo esta muestra una verdadera colección. Raúl Recio pertenece a la corriente neoexpresionista, con su onirismo, sus mitologías a la vez colectivas y personales, su fuerte carga crítica. Al mismo tiempo, su adhesión a la cultura popular su burla del kitsch y su contexto urbano lo ubican en una transvanguardia criolla —emparentada con los "italianos mayores"— de la cual es aquí el representante primigenio. Aunque practica el performance hasta en el diario vivir y aborda la instalación, es en los trabajos bidimensionales donde encontramos su fuerte. Cabe señalar que esas obras, con atractivos sensuales e inmediatos, se afilian a géneros bien definidos, y en tal enfoque son "clásicos": pintura, dibujo y grabado.

Han empleado en Italia —para los discípulos de Achille Bonito Oliva— el término de "folgorazione figurativa". La pintura presente de Raúl Recio es así, fulgurante y figurativa, desbordante de signos en su humanismo. Las telas expuestas lo enseñan reiteradamente. Consideramos la aproximación (muy relativa) a la abstracción, con la temática del mapa y la austeridad del color, un simple y discutible experimento, que rápidamente obviamos para deleitarnos en Las piscinas del placer, siendo éstas felizmente la gran mayoría de los lienzos colgados.
Ahora bien, la lectura de los paraísos tropicales, poblados de chicas con senos puntiagudos, chulos centelleantes de oro, guineos a granel, sobre fondo de palmas y cordillera, supera en exceso el contexto de una estampa postmoderna.
Una obra, que por cierto rompe en composición y ambiente con el resto, da una clave conceptual. Tres personajes, sin rostros, a manera de una espeluznante y diabólica Trinidad, armados de pistola, trago y cigarro, tienen, por delante y en hileras, alijos de droga, que sugieren también lingotes de oro... Lo que podría ser un inofensivo retrato de grupo y recuerdo casi doméstico, se convierte en imagen perturbadora, pesada en anotaciones y connotaciones. Especie de retablo edificante, no precisa más alusiones, para ser portador de peligro y muerte. Cuadros dentro del cuadro "significan" dos referencias esenciales: conjunto de rascacielos o "los nuevayores", diosa-reina desnuda o erotismo de almanaque. Esos iconos, ciudad y mujer, son constantes de la obra de Raúl Recio.
La droga suele relacionarse con la explotación del sexo. Dice el artista, que auto-introduce su catálogo: "Historias sórdidas se confunden en las piscinas del placer y la realidad violenta en que vivimos, nos sorprenden entre las aguas tibias de esas piscinas. A pesar de que el traficante-mafioso, en distintas versiones de las piscinas", posa (¿para la posteridad?) en el medio de la tela, la constelación de bañistas desnudas evoca más el harén que el burdel.
Nuevamente, se insinúa la parte conceptual. Las chicas apetitosas no siempre están en esa condición por venalidad ni vicio, al menos "la que no piensa". Sencillamente, les falta cabeza, y Raúl Recio las decapita literalmente. El humorista se manifiesta entonces en uno de los tipos, figuras y signos más especiales y logrados de esta colección. La tonta pierde la cabeza, los senos erguidos diseñan una boca, la mujer se convierte en una suerte de pez. La metamorfosis es igualmente metáfora visual.
No falta el arquetipo frutal de la vegetación caribeña. Guineos constelan el suelo de modo obsesivo, a manera de hojas muertas, o quien sabe, de otro tipo de obsesión. El banano se asocia con la vida antillana, signo y símbolo de toda una región, incluidas sus crisis económicas. Señalamos que estas frutas, en un enfoque gráfico y compositivo, no juegan ningún papel organizado, excepto un factor rítmico más. Es un elemento fundamentalmente lúdico, aparte de la propuesta interpretativa.
Los cuadros de Raúl Recio —nos referimos a los escenarios más elaborados, no a los bocetos, ni a los mapas— poseen una estética que debemos descifrar, evitando la primera impresión. Él quisiera aparentar ser un pintor anti intelectual, intuitivo, próximo al arte popular, y esa formulación sienta muy bien a su repertorio pictórico.
Cometería pues un error quien juzgara a Raúl Recio como un artista superficial y apresurado. De temperamento emotivo, ello no le impide observar, investigar y profundizar su lenguaje. Es un creador muy consciente, aun cuando se suelta en imágenes primarias e inacabadas. La desenvoltura expresa libertad, uno de los rasgos identificadores que mencionamos.
Las piscinas del placer de Raúl Recio salpican con sus encantos e invitan a sumergirse, una y otra vez, en sus traviesas aguas pobladas de sirenas e iluminadas por el calor cromático tropical.
MARIANNE DE TOLENTINO
