Sigilosamente, el arte contemporáneo progresa en Santo Domingo, disminuyendo la resistencia de un público que solía confundir creación, imitación y decoración. La Galería Larrama, que hoy asume fuertes riesgos presentando exposiciones de ruptura, si triunfa en ese reto, quedará en los anales de la plástica nacional. Habrá jugado un papel decisivo en el cambio de actitud de los coleccionistas y de los espectadores en general.
Las obras recientes de Quisqueya Henríquez son el mayor compromiso que esta joven y valiente sala ha aceptado en este sentido. La simbiosis de espacio, equilibrio y armonía, que emana del conjunto expuesto y de cada una de las piezas, seduce de manera natural, una vez derribado el "prejuicio" ante un arte no tradicional.
Quisqueya Henríquez, cubana y dominicana de origen, dueña de una excelente formación por escuela, lecturas y experiencia, extremadamente meticulosa tanto en la búsqueda como la ejecución, es más conocida internacionalmente en exigentes medios de la contemporaneidad que en República Dominicana. Graduada en el Instituto Superior de Arte de La Habana, expuso exitosamente junto a Consuelo Castañeda, y se estableció en los Estados Unidos, donde mantiene una sólida vigencia, antes de fijar su residencia en Santo Domingo.

Léxico plástico único dentro del panorama dominicano, una reflexión intelectual, concretada por la capacidad de transferencia a lo visual, combina arte conceptual y minimalista. Es la primera exposición individual de Quisqueya Henríquez entre nosotros, una decisión lentamente madurada, pues en esta joven artista, ética y estética son dos valores inseparables.
La obra se ubica pues en dos corrientes contemporáneas particularmente difíciles, incuestionables en su forma de plasticidad, pero vinculadas a un discurso post-abstracto y un rechazo a la representación. Con frecuencia, los resultados culminan en una frialdad excesiva, sino en el hermetismo, cuestionando la práctica artística. Quisqueya Henríquez felizmente dista de estas soluciones reductoras de la imagen, aun cuando ella se sitúa en su linaje estilístico.
Piensa, construye, emociona. Lleva la pulcritud hasta sus últimas consecuencias, como si buscara lo absoluto por el refinamiento de texturas, líneas y detalles. El cromatismo es austero pero límpido e irradiante, predominando el blanco, luz y paroxismo de todos los colores.
Recurriendo a una dualidad formal y expresiva, las obras oscilan entre lo sólido y lo frágil, lo manifiesto y lo latente, lo visible y lo invisible. En pocas palabras, la simplicidad aparente de las formulaciones gráficas y plásticas encubre la complejidad conceptual.
Es más, si obviamos en nuestra lectura la poética y el soporte intelectual, las nueve obras expuestas —por cierto, exquisitamente montadas— perderían gran parte de su atractivo: de ahí la importancia de la segunda mirada para percibir el sentido profundo de la creación.
Quisqueya Henríquez no produce "textos" —para emplear un término literario que se adecua a su trabajo—, ni dibujos, ni esculturas, ni objetos, ni instalaciones, sino todos al mismo tiempo, y rechaza cualquier escisión genérica. La memoria, el tiempo, el lenguaje, el gesto, la (sin)razón, motivan e inspiran una escritura de signos en el espacio.
Casi en el umbral de la galería, Las ideas de la fragmentación, 100 relojes desarmados, piezas incontables, minuciosamente distribuidas sobre un rectángulo blanco, invitan a una contemplación horizontal, lenta y reiterada. Una obra bellísima —es su primera cualidad— compuesta con base en la descomposición, construida con base en la des- construcción, que ha exigido a su autora tres años de trabajo! Si moviéramos un resorte, una ruedita, una tuerca, un fragmento, por ínfimo que sea, atentaríamos contra el equilibrio frágil y perfecto del conjunto.
Quisqueya Henríquez simbólicamente quebró el tiempo, se encarnizó con las máquinas que lo miden, las destruyó incansablemente, pero, en un acto discrecional, ajeno a una duración preestablecida, creó un "nuevo tiempo" que ella integró físicamente al espacio. La reflexión intercambió su registro de argumentos con el arte, provocando éste, a su vez, una reflexión en el espectador.
Muy cerca, La memoria como vehículo de la amnesia propone 20 rollos de metal y papel, geométricamente colocados y fijados en la pared, Son 20 variaciones ortográficas sobre la palabra, empezando por amemorio negación de la memoria. Con este políptico, la artista hace tomar conciencia de un proceso mental, experimentado diariamente. Buscamos un nombre, sucesivamente surgen aproximaciones fonéticas, casi lo conseguimos... y de repente el milagro de la memoria triunfa sobre la amnesia. La obra es pura y rigurosa, impresionante y sensibilizadora.
Memoria todavía y siempre. Ahora, transfiguraciones, a través de ready made y elipses de metal combinados, según el mismo principio compositivo que la obra anteriormente evocada, se dirigen hacia "la medida del infinito". Será la realización más lúdica de la muestra, donde se unen grafía y coreografía. Las transformaciones se suceden, misterio, gesto, arabesco, vuelo, danza, evocan hasta la conocida imagen de Nijinski bailando: El preludio a la tarde de un fauno. La obra abierta invita a una lectura creativa.
La polisemia es otra cualidad: Quisqueya Henríquez suscita una lectura participativa y la interpretación personal. El final de la obra resuena como una especie de coda, mediante el signo de lo infinito. El mensaje pasa, seguimos pensando.
Los materiales utilizados —papel, lápiz, metal, cristal—, los objetos seriales que se incorporan, la ejecución misma de las obras —sólo hemos hablado de tres, entre nueve, y todas merecerían comentarios—, podrían sugerir el anonimato y la universalidad. Sucede lo contrario.
Quisqueya Henríquez, con su oficio, su empecinamiento, su interiorización, sin olvidar una inmensa sensibilidad que instrumenta y suscita las emociones de una manera insólita, trasciende la inmediatez física de lo visual: en esta muestra ella hace vivir intensamente las experiencias conceptuales.
MARIANNE DE TOLENTINO
