Pablo Van Wong

Pablo Van Wong. De la serie Contenedores, 1989. Instalación de metal y material orgánico. Dimensiones variables.

Monografíaabr 2000 - jun 2000· Por Marta Rodríguez

Pablo Van Wong

Pablo Van Wong forja un lenguaje plástico singular que lo convierte en uno de los artistas más significativos de su generación, un lenguaje en el que la dualidad tensa de los principios contrarios da lugar a una belleza refinadísima, que se sustenta en el uso de materiales sumamente frágiles, delgados, plásticamente asimilables a lo lineal y a la transparencia, que contrastan con metales sólidos y pesados.

En el XXXIII Salón Nacional de artistas realizado en 1990 se dio a conocer en Colombia la obra del artista vallecaucano Pablo Van Wong (1957), quien por esa época acababa de terminar sus estudios de Artes Plásticas en el Instituto Departamental de Bellas Artes de la ciudad de Cali. Desde entonces su trabajo ha conocido dos momentos fundamentales: por una parte tenemos una etapa en la que, con variantes importantes, realiza trabajos tridimensionales, objetos elaborados o intervenidos con metales diversos y, en segunda instancia, surgen las telas bordadas que constituyen su más reciente producción. En uno y otro momento su obra se caracteriza por una delicada y cuidadosa factura que va unida a una violencia, a veces soterrada, otras veces explícita, y a un incisivo dolor, condiciones inherentes a su propia filosofía así como a las formas y materiales utilizados. 

Monografía: Pablo Van Wong — imagen 1
Pablo Van Wong. Princesas ofrecidas al dios blanco, de la serie Contenedores, 1900. Bricolage. 8 x 19 x 29 cm.

La doble naturaleza de sus objetos puede relacionarse con su ascendencia cultural. Pablo Van Wong es hijo de padres chinos, su infancia transcurre en el puerto de Buenaventura y desde hace varios años reside y trabaja en la ciudad de Cali. Las influencias de la cultura oriental que se filtran a través de su hogar, donde sus padres hablan en su lenguaje nativo, se reflejan en una actitud contemplativa, silenciosa y ritual que lo vincula con una visión del mundo que se explica a través de la coexistencia de elementos opuestos, como lo enseñan los principios del I ching, que aluden a la existencia de dos fuerzas, dos energías contrarias, el yin y el yang; una representa el movimiento, otra el reposo; una la debilidad, otra la fuerza; una lo oscuro y otra lo claro, y es en esta coexistencia armónica de fuerzas antagónicas en la que se funda el orden del mundo. Por otra parte, su vinculación con el mundo occidental se manifiesta de diversas maneras en las distintas etapas de su trabajo, como lo examinaremos más adelante, pero es el contacto cotidiano con la cruda violencia que caracteriza el medio colombiano lo que hace que el tema de la violencia se despliegue bajo la forma de una continua reflexión y como una especie de motivación que guía la elaboración de cada una de sus piezas. 

Monografía: Pablo Van Wong — imagen 2
Pablo Van Wong. Oculta su resplandor y permanece lúcido sin embargo, 1994. Metal. 50 x 36 x 36 cm.

En 1990, en el mencionado Salón Nacional de artistas, Pablo Van Wong recibe una mención de honor por las obras exhibidas, que hacen parte de la serie Contenedores; se trata de pequeñas cajas de galletas metálicas, algunas redondas, otras alargadas, cuya fragilidad y delicadeza sobresalen en medio de una muestra colmada con una infinidad de obras grandilocuentes, mientras que los refinados objetos de Pablo Van Wong, elaborados con una mística silenciosa y con profunda agudeza, capturan al espectador a través del sentido de la vista, del gusto y del tacto. Por su condición de cajas que se exhiben entre abiertas y cerradas, colocadas sobre un fino y discreto soporte metálico, atraen la mirada curiosa de quien quiere explorar en su interior; en una aproximación más cercana, el material herrumbroso y la infinidad de púas que cubren su superficie cortan la mirada, y al misterio que albergan en su interior se suma ahora una sensación que punza y hiere la piel, que se dirige a lo táctil; sin embargo, la curiosidad persiste, pues, dentro de ellas, delicadas envolturas hechas con una tela de algodón fina y semitransparente parecen preservar confites; en otras ocasiones se utiliza la cáscara de la uchuva; en los dos casos, materiales orgánicos que nos hacen sentir ante la presencia de algo dulce, delicado y sofisticado; pero al mirar detalladamente en su interior, el gusto es alterado con la presencia de balines y finos alfileres cuidadosamente dispuestos, los que de forma abrupta, por su materia y naturaleza, contradicen lo que en un momento pudo ser un fino placer para el paladar. De tal manera, a través del acto de percepción nuestros sentidos, guiados por la mirada, van como el yin y el yang, oscilando entre el dolor y el placer, la seducción y la repulsión, y es en la experiencia de estas dualidades y en la delicadeza del manejo de los materiales donde quedamos atrapados ante estas, aparentemente, inofensivas y seductoras cajas de galletas. 

Monografía: Pablo Van Wong — imagen 3
Pablo Van Wong. Y el rey se acerca a su trono, 1990. Instalación. 146 x 52 x 44 cm.

También en esta etapa inicial, Van Wong realiza una serie de objetos marcados con un decidido carácter ritual que se evidencia en piezas como Quiebran la fortaleza aun de bronces o aceros, y Oculta su resplandor y permanece lúcido sin embargo. Estas, por la cuidadosa disposición de los elementos que la conforman, pueden recordar tanto una ofrenda floral, así como pueden sonar como una oración, como lo comenta José Hernán Aguilar: "... las delicadas pero compactas (e impactantes) esculturas de Van Wong, realizadas con materiales metálicos de desecho, llevan la idea de ceremonia a su más recóndito lugar, hacia un centro que desea mantenerse oculto. Sus trabajos exigen ser vistos como refacciones y no como simples ensamblajes de material azaroso, y por consiguiente, podrían ser considerados como oraciones que se dicen en voz baja con bastante concentración"1. Estas piezas se elaboran utilizando cilindros de gas que se parten por la mitad, y la parte superior se convierte en un soporte sólido sobre el cual, en forma circular, se ordenan elementos cilíndricos, cananas en el caso del primero, tubos en el del segundo, que se sujetan entre sí a través de soldadura y por la acción de un fino alambre que los envuelve. Otra pieza significativa de estos años es Ascenso lento hacia el sur, una misteriosa escultura elaborada con metal y semillas naturales que, al igual que El rey se acerca a su trono (Mención de honor en la II Bienal de Arte de Bogotá, MAM de Bogotá), en su impresionante y amenazante apariencia evocan deidades inspiradas en figuras animales cuya belleza y misterio los asociamos con civilizaciones milenarias más cercanas a Oriente que a Occidente. La rica significación de estos objetos ha sido expuesta acertadamente por Miguel González cuando comenta: "La obra de Pablo Van Wong ha estado llena de sugerencias de distinta índole. Literaria, en el detenimiento minucioso para generar títulos poéticos y extensos a sus trabajos abonando en su misterio. Religioso, en un sentido ritual y mágico con elementos tanto de silicio como de veneración a deidades tribales imaginarias. Erótico, en su entonación sádica y su correspondencia contraria, con instrumentos perturbadores y provocadores en su expresividad. Humorístico, en su severa hilaridad que remite a un humor tanto lascivo como negro"2. 

Monografía: Pablo Van Wong — imagen 4
Pablo Van Wong. Hijo del cielo levanta el cerrojo del aposento eterno, de la serie Contenedores, 1989. Bricolage. 110 x 80 cm.

 A partir de esta serie de trabajos, Pablo Van Wong forja un lenguaje plástico singular que lo convierte en uno de los artistas más significativos de su generación, un lenguaje en el que la dualidad tensa de los principios contrarios da lugar a una belleza refinadísima, que se sustenta en el uso de materiales sumamente frágiles, delgados, plásticamente asimilables a lo lineal y a la transparencia, que contrastan con metales sólidos y pesados. Pero, por otra parte, las delicadas estructuras de sus objetos, que se enriquecen y transforman con la presencia de la luz, así como con el paso del tiempo, aluden a lo filoso, a lo punzante, a la herida, al dolor. El uso reiterado del metal oxidado ha reforzado la belleza de su objetos y ha acentuado la alusión a la herida, al abandono y al olvido. 

Valor e identidad, la segunda muestra individual de Van Wong, que se llevó a cabo en la Galería Valenzuela y Klemer en 1995, recoge una serie de trabajos realizados a mediados de la década de 1990, en los que se revela una nueva faceta de su producción. En primer lugar, el tema de la violencia abandona una esfera íntima, un tanto enigmática y hermética, para ahora hacer referencia directa al medio externo, a los acontecimientos violentos que se suscitan en Colombia, pero manteniendo siempre la coexistencia de fuerzas duales, y por otra parte, la pluralidad de rasgos culturales del medio en el que vive Van Wong, el Valle del Cauca, se filtran en sus nuevos objetos, de manera que éstos traen consigo los ecos de la colonización católica como rasgo distintivo que lo vincula con la cultura occidental. De esta manera, la coexistencia de las fuerzas contrarias, ahora más que nunca, parece centrarse entre la polaridad de la vida y la muerte, sin caer en ningún momento en posturas obvias, ni en trabajos panfletarios. Este encuentro con la violencia, según lo comenta el propio artista, está alentado por la costumbre de acumular periódicos, durante meses o semanas, y de pronto, en una noche, leerlos en su totalidad. La experiencia de recibir en un instante esa avalancha de noticias violentas que día a día escriben el itinerario de la vida nacional influye de forma inconsciente, pero decisiva, en el rumbo que toma su trabajo. 

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Pablo Van Wong. De la serie Obrepción con decoración, 1997. Metal y bordado sobre tela. Pieza 1A: 84 x 32 x 8 cm; Pieza 1B: 84 x 14 x 8 cm.

Pero, así mismo, la violencia, más allá de los actos cotidianos de barbarie, parece ser un rasgo que define la actitud de los colombianos ante sus componentes culturales: "Los colombianos somos violentos y ése es uno de los puntos de contacto que compartimos. Nos preguntamos de dónde venimos, pero odiamos nuestro pasado. El colombiano rechaza su herencia negra e indígena. Pero sucede que la identidad se construye por el camino contrario, hay que buscarla en el pasado y luego mirar el contexto del presente para juntar los dos elementos"3. Su trabajo resulta contrario a dicha actitud porque, como lo anota Carolina Ponce, en esta nueva producción se evidencia la presencia de las distintas culturas que conviven en el Valle del Cauca, una región en la que tradiciones indígenas y africanas cohabitan con el catolicismo, cuyo vestigio de poder se encuentra en las iglesias coloniales, y más específicamente, en su altares cubiertos con laminilla de oro4. El simbolismo del oro comienza a ser utilizado por Van Wong, de manera que su valor y esplendor, que despertó tanta codicia durante la Conquista, vuelven a coexistir con el rostro de la violencia y la muerte, como ocurre con su instalación Volverá a despertar y todo no habrá sido más que un fugaz momento de exaltación, de 1995, en la que cascos de soldados se bañan en oro; mientras su interior se llena con clavos de metal, éstos se colocan alineados directamente sobre el piso, y algunos dejan ver su interior hiriente erizado por hileras de clavos y otros, su pulida y radiante superficie. 

También en este momento (de 1994 a 1996), Van Wong recurre a nuevos procedimientos al juntar el metal con otros materiales como vidrio, pólvora, terciopelo, juguetes de plástico e imágenes fotográficas de distintos personajes muertos en circunstancias violentas, que son extraídas de los periódicos. La mayor parte de estas piezas son de pequeño tamaño, y en su apariencia recuerdan custodias, relicarios y medallas, y algunas se construyen con cajas de atún que, a la manera de tambores, albergan en su interior diminutos juguetes infantiles, esferas de cristal, muñequitos de plástico, de manera que se convierten en recipientes de metal filoso, herrumbroso, en los que resuenan la imagen de la infancia y el sonido de la guerra. 

Monografía: Pablo Van Wong — imagen 6
Pablo Van Wong. De la serie Obrepción con decoración, 1997. Detalle de la pieza 1A.

En 1997 Pablo Van Wong es invitado a participar en la VI Bienal de La Habana, y expone su trabajo titulado Obrepción con decoración. Se trata de una serie de diez telas ricamente bordadas a mano o en máquina, por distintas mujeres expertas en esta tradicional labor, cada una de ellas enmarcadas en gruesos marcos metálicos que las convierten en una especie de cajas que pueden ser colocadas sobre muros de dimensión variable, pero siempre intervenidos con algún color alusivo, generalmente verde oliva o "verde militar". Estos trabajos están compuestos de dos piezas; en la parte superior de cada tela se coloca también dentro de un marco metálico una serie de hilos con todos los colores que intervinieron en el bordado; a estos tubinos elaborados por Van Wong, se les sobreponen botones, agujas y todo tipo de implementos de costura. 

El proceso de estas obras se inicia con la elección de algunas imágenes de periódico en las que se registra la muerte de algún personaje, a veces anónimo; en otras ocasiones hacen referencia a la muerte de un político ilustre, como ocurre con la fotografía en la que se muestra un aspecto del sepelio de Álvaro Gómez Hurtado. Una vez elegidas las imágenes, en las que se busca rebasar una historia particular, un caso específico, para aludir a un problema más generalizado que afecta los distintos sectores de la población, éstas se amplían hasta lograr un tamaño adecuado (las obras son de dimensiones variables que generalmente sobrepasan un metro de altura), y se pasan a la tela. En la representación del hecho se pone especial atención a la indumentaria de los personajes, la que de alguna manera se refiere a la condición social de la víctima de esta violencia indiscriminada que se extiende por todo el país. 

Monografía: Pablo Van Wong — imagen 7
Pablo Van Wong. De la serie Obrepción con decoración, 1997. Madera, vinilo, bordado y metal sobre tela, tubinos de hilo y materiales de costura. Pieza 5B: 79 x 64 x 8 cm.

Para acceder a las intenciones de Van Wong, en esta serie de trabajos es importante tener en cuenta el recorrido de la narración que está implícita en dichas imágenes. Ocurre un hecho violento, la muerte de una o varias personas, a manos de uno de los tantos frentes que se encuentran en pugna, este hecho es registrado por el fotógrafo y el periodista, quienes asisten al lugar y dan su versión de lo ocurrido; dicha versión es recibida por los lectores del periódico, entre ellos Pablo Van Wong, quien se entera del acontecimiento a través de la versión que otorga la noticia. El no fue un testigo presencial que pudiera afectarse físicamente con este acto violento, su relación es indirecta, depende de la versión de otros y el hecho lo afecta en su intimidad, su afección ocurre a distancia y en su casa. Él, a su vez, selecciona la imagen y la lleva a las mujeres que bordan, de manera que ellas se apropian del hecho a través de una tercera versión, y en el acto del bordado dan a su vez su propia interpretación. Esta sobreposición de narraciones nos lleva a la palabra obrepción con la que se titula la serie. Según el diccionario, obrepción es una falsa narración que un subalterno presenta a su superior, con el fin de obtener un ascenso o un reconocimiento, pero en dicha narración se cubre cualquier detalle que pueda atentar contra sus aspiraciones. De manera que cuando vemos estas imágenes ricamente bordadas, con profusión de colores y tanto esmero en su elaboración, nos encontramos con una narración decorada que ha pasado de mano en mano, de manera que lo que tenemos ante nuestro ojos es una nueva imagen que da otra versión del hecho. 

Como siempre ocurre con la obra de Van Wong, en el acto de percepción somos impelidos a pasar de un estado anímico a otro. Lo que percibimos a distancia es una profusión de colores y ricas texturas brocadas que atrapan y seducen la mirada, mientras que la caja superior con los hilos semeja la charretera o los escudos que usan los generales, pero cuando nos acercamos, tras el rico colorido vamos descubriendo que dentro de la caja de metal yace un hombre atado de pies y manos, o vemos los rostros de hombres y mujeres que lloran mientras conducen un féretro o nos encontramos con las manos enguantadas de unos cadetes que sostienen un cajón funerario. Nuevamente tenemos la experiencia de oscilar entre fuerzas contrarias: lo vivo del color nos lleva enseguida a ver el rostro gélido de la muerte, las agujas sobre los hilos nos vuelven a punzar, y así como ocurre con el yin y el yang, pasamos del placer al dolor, y en este circuito continuo se va escribiendo, se va bordando con lentitud, delicadeza y agudeza la historia sangrienta de toda una nación. 

 NOTAS 

1. José Hernán Aguilar, "Rituales internos", periódico El Tiempo, p. 2A, miércoles 6 de noviembre de 1991. 

2. Miguel González, "Pablo Van Wong", en el catálogo Pulsiones, Museo La Tertulia, Cali, 1993. 

3. Pablo Van Wong, en "Una violenta identidad", periódico El Tiempo, 4 de julio de 1995, p. 12C. 

4. Carolina Ponce, "Bio As in 'biography', 'biology', 'biogenesis'". Colombian Center, Nueva York, 17 de octubre a 31 de diciembre, 1996. 

 MARTA RODRÍGUEZ

Profesora de la Facultad de Artes, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá.

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