Exposición Individualabr 2000 - jun 2000· Por Erena Hernández

Nadia Mendoza y José Luis Marrero

Galería Habana

Nunca he logrado explicarme el porqué de la tendencia a compartimentar el arte cubano en décadas, sobre todo después del triunfo de la Revolución, en 1959. Así, se habla de lo ocurrido en las décadas de 1960, 1970, 1980 (llamada década prodigiosa, por lo renovadora), 1990. Todavía nadie se ha referido a la que se inicia este año. Cada uno de esos períodos ha sido etiquetado con características especificas, como si la vida no fuera una interpenetración recurrente de un momento en otro. 

De seguir esa lógica de pensamiento, podría decirse que en la década de 2000 se percibe un empobrecimiento en el arte cubano con respecto a las etapas anteriores. Salvo Kcho, Carlos Garaicoa, Los Carpinteros y Tania Bruguera, no existe algo verdaderamente impactante en el panorama. Mucho de lo que se hace, en sentido general, es repetitivo con respecto a propuestas anteriores, con excepción de algunos nombres más: José Ángel Vincench, José Toirac, Douglas Pérez, Pedro Álvarez, Esterio Segura, Manuel Piña, Juan Carlos Alom, Sandra Ramos, Fernando Rodríguez y otros pocos. 

Exposición Individual: Nadia Mendoza y José Luis Marrero — imagen 1
Nadia Mendoza y Jorge Marrero. La novia desnuda por sus pretendientes aún solteros, 2000. Obra hecha a 4 manos. Alambre de hierro y acrílico sobre pared. 500 x 300 cm.

En todos esos años, Jorge Luis Marrero, un artista interesante, pasó sin pena ni gloria. No encajaba en ninguno de los derroteros que se seguían entonces: crítica social y política, comentarios existenciales, énfasis en las religiones afrocubanas, exploración en la cultura de masas, etc. Marrero se divirtió primero con la apropiación y la cita, moviéndose dentro de la propia historia del arte, luego se parodió a sí mismo, cuestionando aspectos de la originalidad y la autoría en la obra, a partir de una especie de juego con sus dibujos hechos en la infancia, manipulándose a sí mismo desembarazadamente. 

Ahora, a cuatro manos junto a su compañera costarricense Nadia Mendoza, se presenta con una exposición en Galería Habana que, al menos, lo revela con una mirada muy propia, dirigida tanto hacia los aspectos morfológicos como conceptuales; pero creciendo, muy sofisticadamente, con respecto al modo de enfrentar el tema que ha venido trabajando. 

La Galería Habana, que debe hacer malabarismos para cumplir el plan económico que le exige el Ministerio de Cultura —es una galería comercial—, tiene el mérito de salirse del carril del mercado y ofrecer su espacio a muchos de los proyectos que menos ganancias pueden ofrecerle, cuyo peso especifico está en la experimentación artística. Allí llegaron Marrero y Nadia, pintando las paredes, a la manera de un ilustrador de libros para niños que se propusiera hacer un mural en una institución infantil. 

Otro recurso fue tomar páginas de textos originales para niños y enmarcarías. El cuadro resultante se acompañaba de otros que incluían un dibujo de cada autor hecho en su infancia. Otra variante era hacer obra nueva, pero imitando sus trabajos de cuando eran niños. Manejaron diversas posibilidades, empleando también los juegos y pasatiempos infantiles, siempre con el ánimo de discursear irónicamente, desde el humor y lo aparentemente ingenuo, acerca de ciertos valores humanos, basta de los falsos estereotipos en la formación de mujeres y hombres. Sin decirlo directamente, la narración que se podía seguir en la muestra evidenciaba un cuestionamiento de instituciones como la familia, la escuela y la sociedad en su conjunto, con sus patrones morales y sus reglas, muy bien delimitadas por la pertenencia a uno u otro género. Lo que nos enseñaron, lo que aprendimos y lo que hicimos, titularon la muestra, dispuesta para la reflexión y la interpretación personal. De aquel lenguaje modosito de los textos escolares, con sus directrices para convertirnos en individuos perfectos, ¿qué queda cuando somos adultos?, ¿qué interiorizamos y qué hacemos con lo aprendido? A juzgar por la intención de las enseñanzas infantiles, ¿cómo entender la hipocresía, la violencia, el interés en el consumo y la frivolidad posterior? ¿Es entonces estúpida la manera como se enseña a los niños? ¿O lo que falla es el medio donde el niño arriba a la adultez? 

Pero no se piense en didactismos o cursilerías. Marrero y Nadia sortearon ese riesgo, no sólo por el hecho de elaborar con sutileza el mundo de los niños, sino desde el momento en que deciden ubicarlo en el ámbito de una galería (y cómo hacerlo); por la selección misma de las páginas arrancadas al libro escolar (a veces en contraposición con recortes de prensa) y por el grado de artisticidad que lograron con los sencillos medios empleados, incluidos los dibujos real o pretendidamente elaborados por niños y, sobre todo, por algunos detalles donde se usó el metal, lo que hacía visualmente más atractivas las piezas. 

Me causa cierta curiosidad el rumbo por el que tomarán Marrero y Nadia. Me pregunto si seguirán trabajando a cuatro manos, si seguirán explorando el mismo tema y si, de hacerlo, la obra ganaría. En esta muestra, uno de los mejores aciertos es la forma en que los dos lograron diluirse el uno en el otro, como individuos, como artistas, como personas de género diferente, para obtener obras que no pueden atribuirse a alguno por separado, salvo cuando conllevan alguna referencia histórica. El trabajo artístico parece el reflejo de una interpenetración vivencial muy fuerte, lo cual me parece un lindo acto de amor. 

ERENA HERNÁNDEZ

Nadia Mendoza y José Luis Marrero, por Erena Hernández | artnexus