La Casa del Arte de la ciudad de Malakoff presentó durante octubre y noviembre de 1999 la obra de la artista argentina Marcela Gómez. Esta institución dedicada a la promoción del arte contemporáneo encaja dentro del proyecto de descentralización de las instituciones culturales en Francia. Instalada en un antiguo palacio neoclásico construido en 1845, la Casa del Arte cuenta con una importante superficie de exposición, tanto en su interior como en el jardín. La obra de Marcela Gómez ocupó la totalidad del espacio, creando, a través de sus instalaciones, un mundo de materia, sonido y luz.

La búsqueda conceptual de la artista la lleva a incursionar en la dualidad entre el formalismo de la geometría de estructuras que ella misma fabrica con materiales diversos, como hierro, caucho, resina, y la fragilidad del equilibrio de la naturaleza, reflejada en elementos como troncos de árboles, hojas, humus, pasto, tierra, bichos, agua o plumas que introduce en sus composiciones. Marcela coloca, suelda, pega, cose, experimenta y aprende haciendo, con la serenidad que otorga el conocimiento de las proporciones universales plasmado en su trabajo gráfico. Se identifica con algunos de sus predecesores y su obra evoca las experiencias de Richard Deacon, de Tony Cragg, del arte povera, sin olvidar sus precursores latinoamericanos, como el escultor venezolano Asdrúbal Colmenárez, con quien trabajó en la Universidad de París VIII, y el arte cinético.
Sus instalaciones son una ocasión de reflexión, de explorar desde una perspectiva poética un mundo material, concreto y formal. Es la dinámica de los contrarios: técnica/naturaleza, permanencia/fragilidad, racional/sensible. Marcela concibe la relación entre el espacio y la materia no como una lucha, sino como una armonía dialéctica, aceptando que hay que pensar constantemente las oposiciones, equilibrar los imposibles. Su escultura evoca formas que responden a los nuevos criterios estéticos de este fin de siglo. La cohabitación entre lo orgánico y lo inerte demuestra su observación de un mundo en mutación donde, elogiando la creación del hombre y los materiales de su ingenio, lanza un grito de instinto de vida, para alcanzar lo espiritual en la naturaleza.
En la obra Proyección, un paralelepípedo de hierro en el techo proyecta sus líneas a través de cuerdas de caucho que, tensionadas, descienden para terminar en su doble, dando vida a un espacio tridimensional que a su vez se prolonga hacia el suelo creando, junto con estructuras similares que se repiten, una selva geométrica que invita a internarse en ella.
La misma sensación de ubicuidad se vive al toparse con la obra Corpus, una concreción de plumas de ganso que forma una gigantesca y suave pastilla que yace en el suelo, sostenida por hilos de nylon que la unen al techo como si acabase de ser descolgada. A medida que el espectador se acerca, va detectando el sonido del viento intercalado con el batir de un corazón. El eterno sueño de dormir sobre una nube se convierte en una realidad visual.
Marcela Gómez investiga el misterio de la naturaleza de los materiales que selecciona. En los tótems hechos de cubos de resina superpuestos, encerrando ramas de árboles invertidas, rompe la rigidez visual con la resina translúcida creando la necesidad de adivinar la estructura lúdica y familiar del árbol al revés, que se encuentra en el interior.
TATIANA VILLEGAS ZAMORA
