Después de un largo recorrido por El Morro, visitando los sucesivos espacios que la VI Bienal de La Habana había dispuesto para cada participante, llegué a un ámbito cerrado al final de un corredor, del que sólo podía salir volviendo sobre mis pasos. Con la natural fatiga del ojo, después de haber contemplado tantas obras, vi una estantería como las que en los comercios ofrecen un determinado producto, llena de mazorcas y a punto estuve de no acercarme a observar de cerca algo tan obvio. Pero ese asombroso sexto sentido que todos poseemos hizo que, contrariando el primer impulso, me acercara a ver, y no pude evitar un escalofrío: no eran granos de maíz, eran dientes humanos.
Luego Laura Anderson Barbata me diría que aquellas estanterías eran copia de las que usaban los aztecas para mostrar sus trofeos de guerra en la plaza pública, para mostrar las cabezas del enemigo recién sacrificado en lo alto del templo. Aquellas mazorcas, que allá llaman elotes, tenían incrustados en los alvéolos unos cinco mil dientes humanos, con una cera de abeja especial que se produce en campeche.
"Me interesa hacer visibles ciertos procesos de aculturación. De eso trata esta obra: cada diente extraído significa una palabra muerta".

A propósito de esta obra, Axel Stein, remontando la historia, escribía: "La Inquisición levantó sus tribunales contra las culturas y costumbres indígenas, que sentenciaban a diario a los pobres indios por herejes, considerándolos auténticos hijos del mal. Todo el abyecto mundo de la tortura, practicada en Europa desde el siglo XIII, fue trasladado al Nuevo Mundo y el indio fue despojado poco a poco de todo, hasta de su manera de hablar. Ya pasaron aquellos inquisidores pero aún se siguen arrancando muelas".
Tuve ocasión de ver, poco después, otra instalación de Laura Anderson Barbata, que responde al título de Autorretrato (Primera parte), con una pequeña figura acéfala que camina sobre un puente sin barandas, que está vestida y no lo está, que parece frágil y se inclina a un lado como a punto de perder el equilibrio. Esta segunda obra me permitió calibrar los recursos expresivos de la autora y en especial el lirismo, la poesía: "Más que por la cabeza, me siento guiada por una fuerza que arranca de la parte alta de mi pecho, o así me lo parece. He trabajado la figurilla con la misma cera indígena de Campeche con que di forma a los elotes dentados".

Parece como si traspasar el puente fuera comenzar un viaje iniciático, una búsqueda de la verdad, del mundo del espíritu y de la paz. En realidad Laura Anderson siempre tiende puentes: puentes entre su formación mexicano-neoyorquina y su trabajo en el alto Orinoco con los indígenas, puentes personales para trascender su propia obra y, como dice, no dormirse en los laureles.
Durante los últimos años la artista ha viajado a la Amazonía con el fin de entregarse a la docencia, de enseñar a fabricar papel y a imprimir. Buscó las fibras más idóneas para hacer papel que no era naturalmente papel blanco pero que era el primer proyecto de tales características que se daba en aquella zona y que consistía en fabricar el papel e imprimir en él textos en un idioma del que el hombre occidental desconoce incluso la existencia. Trabajó a partir de fibras vegetales que jamás había visto y que hoy sólo conoce por el nombre que les dan los indígenas. Luego procedió a secar el papel sobre las planchas de arcilla y hierro donde cuecen las tortas para confeccionar rudimentarios cuadernos, cosidos con fibras naturales donde los niños pudieran dibujar, con extractos de plantas, sus chozas y su río.

Le pido que explique qué efecto le produjo, viviendo en una de las ciudades más pobladas del globo, descubrir la inmensidad de la selva, y dice que conocer la selva brasileña representó para ella un impacto tan intenso que no tuvo ya la menor duda de que ello iba a dejarle una huella imborrable. Años después, al internarse de nuevo en la selva y realizar el proyecto de llevar las técnicas de fabricar papel a mano a las comunidades indígenas del Amazonas venezolano, entró en contacto con los yanomami, con los piraoa y con los ye’kuana. El proyecto tenía por objeto fomentar la autosuficiencia, enseñar cómo hacer papel a partir de las fibras vegetales y de los materiales reciclados que tuvieran a su alcance, así como la técnica del grabado en madera, y de cuanto pudiera facilitarles hacer sus propios libros, principalmente de utilidad escolar. Además, el proyecto se proponía que aquellas comunidades recuperaran su propio idioma, sus tradiciones y su historia. Por su parte, regresa de cada viaje cargada de hojas, semillas, lianas y condimentos que de inmediato ordena, califica y guarda cuidadosamente en su espacioso taller.
"Como en realidad mi propósito desde que llego es oír y ver, debo decir que penetrar en aquel mundo fue gratificador desde todos los puntos de vista. Hice un trato: yo les ensañaba cómo hacer papel y ellos me enseñaban cómo hacer una curiara, es decir, cómo hacer de un tronco una canoa. Y aprendí a abrir el tronco con un hacha y a vaciarlo con un machete, también aprendí cómo aplicarle el fuego. Los hombres me decían que desperdiciaba el tiempo haciendo algo que no era propio de mujeres y que ello mermaba el que tenían para enseñarles a hacer papel. Lo cierto es que aprendí mucho. Me parecía como si la semilla que me había dejado Brasil diez años antes empezara a germinar, a crecer, a agrandarse. Cambió el sentido de mi vida, sobre todo teniendo en cuenta que, cinco años después, llevaría a cabo una segunda experiencia. Esta vez en el Ecuador, en la reserva Cotocachi-Cayapas, más ambiciosa aún, ya que el objetivo final también lo era: establecer una fábrica de papel".

Las magnas conmemoraciones con que se celebró el Descubrimiento de América en 1992 vinieron a rematar la acción destructora ejercida por la civilización, que ha venido suplantando durante decenios las tradiciones e historia oral de los pobladores de las orillas del Orinoco venezolano. Aquellos pueblos celebraron los 500 años del descubrimiento de la Tierra de Gracia con saldo negativo: las atomizadas sociedades primitivas del alto Orinoco se hallaban, 500 años después, desvalidas e incapaces de adaptarse a los cambios que habían afectado tan tremendamente sus vidas, a las nuevas enfermedades, a la contaminación por el mercurio a causa de la minería incontrolada, a la deforestación por una explotación forestal indiscriminada y, por ende, con problemas para comprender por qué son hoy, aún, un mero objeto de estudio y por qué se quiere convertirlos en los últimos hijos de Cristo.

Entre los habitantes de aquellas regiones hay un respeto inmenso por cada hallazgo, que es discutido abiertamente. Cuando se discutió sobre qué era lo primero que había que escribir, se llegó a la conclusión de que había de ser el Watunna, la historia que explica el origen de los ye’kuana. Luego, como tradicionalmente entintaban para pintar sus cuerpos, aprendieron con facilidad la técnica xilográfica con qué ilustrar escritos y recuperar la memoria repetida de padres a hijos durante generaciones de forma visual.
A medida que se conoce mejor su personalidad, tan sencilla y cordial, uno llega a pensar que en ella se produce un desdoblamiento. Parece como si la artista que expone su obra plástica en museos y galerías, que expresa en ella su mundo interior, tuviera un doble con su mismo nombre, volcado en la tarea de cumplir con un imperativo social que la lleva a inscribirse en programas relacionados con la biodiversidad y la multiculturización. Parece como si se debatiera entre la cultura Oriental meditativa y el gusto de la acción, propia de Occidente, porque antes de descubrir la selva venezolana, Laura Anderson Barbata se había interesado por el arte y poco a poco se había entregado a la creación de modo total. Una estancia en Río de Janeiro le había permitido beber en las fuentes del grabado y la escultura cuando estudiaba en la Escuela de Bellas Artes. Luego, al regresar a México frecuentó talleres y siguió cursos de arquitectura en la Universidad Motolinia y en San Diego estudió sociología.

En 1986 expuso por primera vez su dibujo en el Salón Nacional de Artes Plásticas de México y obtuvo premio de adquisición, y Laura Anderson Barbata tardaría para emprender nuevos caminos haciendo mapas con hojas de orquídea y con páginas de la Biblia, llenando de semillas y cosas ajenas a su propia cultura, tratando de hacer más auténtica la vida al borde de aquellos ríos.
El Amazonas venezolano es tierra prohibida para el foráneo, de modo que para adentrarse en él hay que solicitar permiso especial. Todo está regulado, controlado, algo que a Laura Anderson le parece casi natural, por llevar ya muchos años empeñada en su cometido de buscar fibras, conformar y secar papeles conjuntamente con los indígenas de culebra, papeles que serán también encuadernados con hilos de algodón silvestre y canutillos de bambú, que contienen escrita una historia que habla de los orígenes.

Pasear, entre apretada vegetación, por los senderos angostos de los woodlands de Wave Hill en el Riverdale (Bronx), donde vivieron Teddy Roosevelt y Mark Twain, caminar sobre un lecho de rosas en un paisaje de ensueño, es algo más que una experiencia poética. Ello remite indiscutiblemente a la recuperación de tradiciones ancestrales de carácter religioso, a las alfombras de flores que los fieles confeccionaban sobre el camino que debía de recorrer la custodia bajo palio, tradición todavía en vigencia en algunos lugares. En España, por ejemplo, y no sólo en Andalucía, sino en una villa como la de Sitges, en las inmediaciones de Barcelona, las gentes del lugar no sólo cubren de flores las calles que ha de recorrer el Santísimo, sino que dibujan previamente en el pavimento diseños con cuidadas y espléndidas alegorías religiosas. Laura Anderson Barbata, sin embargo, hace extensivo el privilegio a la gente común, a todos y cada uno de cuantos acudan a solazarse con los placeres del bellísimo parque del Bronx, porque es una constante en la obra de la artista beber en las fuentes, profundizar en las tradiciones de los pueblos, para crear obras de arte de hoy, cuya principal virtud resulta precisamente de su capacidad de unir a una comunidad en una acción artística, ya sea en la Amazonia, ya sea en el Bronx.
Si la propuesta de cubrir de pétalos de rosas y de flores azules los senderos del parque es una propuesta en principio efímera, no hay que perder de vista que viene forzosamente precedida del trabajo de la artista, un largo proceso duro y agotador que comienza pidiendo a mayoristas de flores y floristas en general que le hagan graciosa donación de las flores marchitas, no aptas ya para la venta, que acumulará en cantidades industriales en su taller; que después aún Laura Anderson Barbata habrá de proceder a deshojar las flores y retirar los tallos, a disponerlo todo sobre estructuras metálicas confeccionadas para tal fin, en un espacio hermético provisto de deshumidificadores, y aun después deberá cargar en sacos los pétalos que transporta una vez por semana desde Nueva York hasta el Bronx. No se trata pues de una acto puntual, sino de todo un proceso minucioso, repetido una y otra vez.

En el recorrido por el bosque el paseante se encuentra con una serie de instalaciones, obra inconfundible de la artista: a medio camino se halla frente a una puerta-espejo, después de haber observado casitas de ramas colgadas en los árboles, que son Huellas de migración o los ancestros femeninos, que llama Huellas infinitas de luz.
Completa —y en cierto modo consolida— su acción una exposición simultánea en una galería de Nueva York (la Ramis Barquet), con siete instalaciones que titula Huellas de lo infinito, en las que, remitiéndose al mundo prehispánico de los mayas y los aztecas, recurre a diversos elementos, como muebles viejos o una canoa desvencijada, a modo de altares de un culto desconocido en los que se entremezclan imágenes religiosas y trigo verde, álbumes de fotografía y pilares de libros. "Me di cuenta de que hay hilos invisibles que conectan mi vida con mi país, desde el México prehispánico hasta el actual, hilvanándose con historias y migraciones que conforman el árbol de mi país, el de mi vida y el de mi familia. Es una referencia de quienes nacen, viven y habitan la tierra de México, pero también de los caminos transitados, de las migraciones, voluntarias o forzadas".
Hay una pieza formada por tres columnas de Biblias y demás libros utilizados para la conversión, que titula Pensamiento palabra, obra y-o-misión, y que alude a la Biblia, traducida a cada uno de los idiomas hablados en la Amazonia, como símbolo de la transformación de la mentalidad indígena, no sólo con respecto a las creencias religiosas, sino a los hábitos y costumbres, su concepto de lo que deben ser el trabajo, el matrimonio, la explotación de los recursos naturales, el modo de vestirse y de adornarse. La erosión cultural ha destruido un rico tejido de creencias, mitos y tradiciones que se habían venido estructurando desde la conquista, imponiendo una visión del mundo que coincide con la visión del hombre occidental. De modo que, al final, lo que distingue a los indígenas, unos de otros, es el hecho de haber sido formados por monjas y sacerdotes católicos o por ministros evangélicos.
MARIA LLUÏSA BORRÀS
Doctorado en Historia del Arte de la Universidad de Barcelona. Crítica de arte y curadora independiente.

