Latin America Still Life - Reflections of Time and Place

Francisco Oller y Cestero. Naturaleza muerta con cocos, 1893. Óleo sobre panel. 48,2 x 90,4 cm.

Colectivaabr 2000 - jun 2000· Por Graciela Kartofel

Latin America Still Life - Reflections of Time and Place

Katonah Museum of Art, Museo El Barrio

De octubre de 1999 a enero de 2000 y de febrero a mayo del mismo año, se exhibe Latin American Still Life: Reflections of Time and Place, respectivamente, en el Katonah Museum of Art, en el estado de Nueva York, y en El Barrio Museum, en Manhattan, la propia ciudad de Nueva York que bien puesto tiene su apodo de La Gran Manzana (The Big Apple), ya que siempre da para un jugoso bocado. Esta exposición es adecuada para ambos museos, que tienen como misión brindar un espacio positivo para las respectivas comunidades locales. El presente texto crítico se centra sólo en la exposición montada en el Katonah, museo que no tiene una colección permanente, sólo temporales, en un bello y pequeño edificio; cuando el clima lo permite, el patio extiende el museo en varios sentidos, permitiendo la presencia de esculturas, instalaciones y actividades temporales. Las reflexiones de tiempo y lugar incluyen dar en Nueva York una visión de España, el país europeo con mayor influencia en el origen de la tradición, la enseñanza y las formulaciones más académicas del tema de la Naturaleza muerta en la América de habla hispana y lusitana. Felizmente, en la exposición se observan no sólo personalidades artísticas variadas, sino también características distintas de las diversas culturas indígenas y mestizas que coexisten en este conglomerado geográfico llamado América Latina. La exposición está integrada por cuarenta y tres artistas de América Latina que desarrollan y desarrollaron su labor a lo largo del siglo XX, con una excepción, Francisco Oller (1833, Bayamón, Puerto Rico-1917, Cataño, Puerto Rico). Algunos autores ya fallecidos, otros en el apogeo de sus carreras, fueron seleccionados por Clayton C. Kirking y Edward J. Sullivan, curadores con un criterio abarcador, quienes integraron las disciplinas ya establecidas, como pintura, fotografía y técnicas mixtas, con aquellas como objetos e instalaciones, que incorporan no sólo variantes técnicas y de ubicación en el espacio, sino también en la utilización de materiales como vidrio, resina, insectos, piel y materiales encontrados. Es una selección tranquila en la que sobran algunas piezas para ser ecuánimes con la significación estética, a la par que con el espacio disponible en el Katonah. Aunque no es estrictamente necesario que en las exposiciones todos participen con el mismo número de obras, la siempre difícil tarea de seleccionar y de mantener un criterio objetivo sugiere equilibrar los pesos visuales, los valores artísticos y los publicitarios. Con una pintura y una escultura de Fernando Botero (1932, Medellín), hubiera sido suficiente. La mayoría de los autores tienen una, dos o tres obras, a excepción de Julio Larraz (1934, La Habana), con cuatro elegantes piezas, y Ana Mendieta (1948, La Habana, 1985, Nueva York), de quien hay una serie de seis diapositivas documentales de la instalación que realizó en México en 1973. La carga artística y social de su obra, y el hecho de que se podría hacer un políptico, ameritan su presencia numérica. 

Colectiva: Latin America Still Life - Reflections of Time and Place — imagen 1
Antonio Henrique Amaral, Campo de batalla 31, 1974. Óleo sobre lienzo. 91,4 x 121,9 cm.

Antonio Henrique Amaral (1935, São Paulo), con Battlefield; 1974, es uno de los notables artistas brasileños de una generación relegada. Su obra trata metafóricamente las torturas, los gobiernos dictatoriales, el hambre y la intensa naturaleza, tanto de Brasil como del resto de América Latina. 

Las fotografías de su compatriota Mario Cravo Neto (1947, San Salvador) son parte importante de la exposición, dan un enfoque diferente: plumas (en vez de un ave muerta como en las naturalezas muertas tradicionales), una figura humana (tampoco frecuente) y la ubicación de la ritualidad afrocaribeña. Se destaca la obra de Herman Camargo (1950, Bogotá), un bello óleo de Bananos, 1998; de la polifacética Ana Mercedes Hoyos (1942, Bogotá) están Palenquera, 1988, y The Pink Knife, 1993, este último en un conjunto de enseres de cocina y alimentos en contrastados colores, refiriendo su época con la incorporación de un recipiente en material plástico. 

Liliana Porter (1941, Buenos Aires) presenta dos fotografías en cibachrome de 1997 y 1999, en las que extiende su temática conceptual al incorporar los contrastes coetáneos de vida-muerte. Insólita e interesante la presencia de Emilio Torti (1952, Misiones, Argentina). De Emilio Pettoruti (1892, La Plata, Argentina-1971, París), bienvenida esta pequeña pintura cuya importancia va más allá de la obra en sí misma: Coparmónica, 1937, pertenece a una amplia investigación del artista en pos de estudiar algo tan simple como una copa desde la perspectiva futurista y enlazando su posterior pertenencia al cubismo. Contrasta la sobriedad de la pintura de Pettoruti frente a la ritualidad ornamental de la mayoría de los autores presentes y ausentes al tratar el tema de la naturaleza muerta, en especial en la primera mitad del siglo. Bien conocidas son las "alacenas", pertenecientes al tema de las naturalezas muertas o también llamados "bodegones mexicanos", plenos de decoración festiva y ocasionalmente acompañados con detalles religiosos. Nunca proliferó tanto la naturaleza muerta con estos rasgos en otros países de América Latina, con excepción de una ligera semejanza con Cuba (donde lo religioso es reemplazado por una fuerte ritualidad), representado aquí por Amelia Peláez, con Frutero, 1947. El subtítulo de la exposición explica que se trata de poner de manifiesto las variantes de tiempo y lugar. Si bien eso es cierto, en torno a los autores mexicanos se mezclan naturaleza muerta y Día de los Muertos. Pueden coexistir pero no son exactamente lo mismo. El excelente artista Nahumi 8. Zenil refiere la idiosincrasia de México, al mostrar la fuerte presencia de la religión en casi todas las instancias. Con su autorretrato homosexual extiende al presente las tradiciones, incluso la del bodegón mexicano imbuido de religiosidad, pleno de alimentos, ritualidad y ornato. El Altar de Dolores, de María Izquierdo, es una demostración de la gran calidad de la autora, de la valoración que ella hiciera de lo popular, y aunque no es una de sus obras más significativas, si representa las nuevas versiones de la mexicanidad. 

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Alexander Apóstol. Pez chivo, 1992. Impresión matizada sobre gelatina de plata. 22,8 x 50,8 cm.

El Still Life de 1937 del maestro Rufino Tamayo es interesante por el uso que hacía el artista de los muebles, accesorios y bardas, dando impresiones de interior y exterior unidos oníricamente; además, por la introducción de un barroquismo más abierto y personal. Un acierto de la exposición es la presencia de un Diego Rivera de la serie surrealista de las raíces, The Hands of Dr. Moore, 1940. El reconocimiento de las aspectos populares, de los aportes neometafísicos y expresionistas de Juan Soriano a su país, son interesantes; las obras exhibidas pertenecen bastante a las tradiciones de Día de los Muertos. Elena Climent, coetánea (con tres obras), revive los bodegones citados. Una Sylvia Ordóñez más madura, menos decorativa, aporta dentro de su generación y la exposición con un enfoque neoconceptual. Einar y Jamex de La Torre dan un tono coetáneo a los materiales populares de su Jalisco natal, el vidrio, con una mirada de corte chicano. 

Puerto Rico presenta a uno de sus ídolos, Francisco Oller, el más antiguo de los participantes, con una premonitoria visión de primer plano dentro de las tradiciones y la singularidad de las raíces vegetales (que serían retomadas de manera soberana por Mirna Báez, su notable y ausente coterránea. Fall from Grace, 1993, de Arnaldo Roche Rabell, es un óleo con encáustica característico, a la par que vigoroso. Ernesto Pujol es uno de los inquietantes artistas cubanos; participa con una pequeña instalación y con un díptico fotográfico, versiones que ponen distancia al concepto trivial de la naturaleza muerta, para entrar en lo cotidiano y social. Cuando de maestros se trata, la figura de Joaquín Torres-García se impone. Una pieza-sombra alimenta la exposición; lo acompañan Augusto Torres, Francisco Matto, Jóse Gurvich y Julio Alpuy, quienes representan a Uruguay. De Perú está Humberto Aquino; por Venezuela, Alexander Apóstol, con Cabezas de peces, 1990, y Pez chivo, 1992, mientras que Armando Morales, es la presencia nicaragüense. Desde Frida Kahlo hasta Tina Modotti, Amalia Mesa-Bains, Milagros de La Torre y Soledad Salamé, el espectro expresivo, apasionado y versátil de las mujeres artistas se hace presente. Algunas de ellas debieron resistirse a la tradición, a la imposición de cánones familiares, para poder pintar. Para acompañar y documentar la exposición, se produjo un catálogo con buenos textos e imágenes. 

Los apoyos otorgados por The Rockefeller Foundation, Philip Morris, National Endowment for the Arts, el Westchester Arts Council, el Patronato del Museo Katonah, y otras instituciones y corporaciones, han permitido concretar esta publicación. 

GRACIELA KARTOFEL

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