Los sucesos políticos que acontecen actualmente en Venezuela, de alguna manera inducen a la reflexión o indagación en la historia política contemporánea del país. Esta es, en definitiva, la historia de nuestra democracia y de nuestras instituciones, comprendiendo, asimismo, las diversas perspectivas con las que se la ha asumido.
La obra reciente de Juan José Olavarría en la Sala Mendoza parte de hechos puntuales en nuestra historia, sea por la trascendencia que han tenido en el devenir de los acontecimientos posteriores o bien por la duda que algunos hechos suscitan, poniéndose en entredicho la integridad de muchos de los gobernantes de la era constitucional venezolana.
Olavarría toma como punto de partida el período democrático iniciado por Rómulo Betancourt, luego de la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en 1958. Pese a su triunfo electoral, entre insurrecciones y violencia, Betancourt busca legitimar un nuevo sistema democrático mediante la redacción de una nueva constitución —recientemente eliminada— y la consolidación del Pacto de Punto Fijo, en el que los tres grandes partidos legales y activos en la época —AD, COPEI y URD— llegaron al acuerdo de compartir labores de gobierno. Entre 1961 y 1999 toda gestión de gobierno quedó amparada bajo esta formulación legal.

No obstante, ello no implicó una permanente estabilidad. Los años iniciales de la democracia quedaron marcados por la violencia y la insurrección; posteriormente —con el país pacificado bajo el mando alternado de AD y COPEI—, la corrupción desmesurada agrietó hondamente al país llevándolo progresivamente a las graves crisis política, económica, social e institucional, que han desencadenado los cambios políticos que hoy conocemos.
Por eso, ante este panorama histórico, la obra de Juan José Olavarría, artista de la nueva generación, adquiere una dimensión significativa y referencial. No plantea la historia fácil y oficial: toca su lado sensible, irónico, lacerante, para leerse entrelíneas que la historia se hace según la visión y los intereses de quien la relata. No reconstruye el devenir de los hechos, sólo reinterpreta iconos claves —generalmente tomados de fotografías de la prensa de la época— de determinadas "tensiones históricas", que, como señala Carmen Hernández en su excelente ensayo en el "catálogo-periódico" de la muestra, entretejen "los signos visibles de una identidad colectiva deseosa de reconstruirse".
Así, vemos como Ieitmotiv la imagen del soldado herido aferrándose a la sotana del sacerdote, fotografía que circuló por el mundo entero y mereció el Premio Pulitzer. El hecho sucedió durante el cruento enfrentamiento denominado El Porteñazo (en Puerto Cabello, estado Carabobo). En esta insurrección, civiles y militares se enfrentaron a las fuerzas de gobierno en 1962, que dejó un saldo aproximado de 400 muertos y más de 700 heridos. Olavarría reproduce tridimensionalmente once veces la imagen en dimensiones e interpretaciones plásticas variables. Este conjunto, denominado La alcantarilla, alude asimismo al nombre de una carnicería ubicada en el centro de esa ciudad, lugar donde comenzó el ataque por parte del gobierno. Partiendo de esta escena, el artista toma detalles para realizar obras bidimensionales como Cantimplora, La alcantarilla, entre otras.
La figura de Rómulo Betancourt terminó siendo emblemática de la década de 1960. Sus manos vendadas luego de un atentado sufrido en Los Próceres torna el hecho en una ironía histórica, pues, días antes, el presidente aludió a la quema de sus manos si en algún momento llegara a caer en hechos de corrupción. Esta imagen constituye el eje de la exposición, comenzando por su tótulo Que se me quemen las manos, y la realización de una simbólica instalación con yeso y vendas engrasadas adosadas en una pared blanca de la galería. Como complemento, el performance Que se me puyen las manos, en el que una señora de edad cosía o reparaba banderas.
Los sucesos seleccionados revelan, como dice Hernández, el autoritarismo del Estado bajo el amparo de alianzas políticas. Queda en suspenso el misterio que rodea el asesinato del profesor Alberto Lovera en 1965 (El trago amargo; el performance Apuntes sobre el sacrificio político) o el destino incierto de El Helicoide, construcción iniciada durante el período perezjimenista, que constituyó un desafío para la arquitectura moderna mundial. Sin llegar a término, y abandonado a su suerte, El Helicoide fue pretexto para más de 20 proyectos sin realización y fue motivo de un sonado escándalo por corrupción ocurrido durante la década de 1980 cuando se pretendió retoma río como sede de un centro cultural (La torre de Babel).
Mediante telas descoloridas —unas tratadas sutilmente con tierra, café, mirra y tinta de caraotas; otras, con la sola tela cruda, bordada o deshilvanada—, reconocemos imágenes que de alguna manera nos caracterizan como nación: la bandera y el Samán de Güere. En la serie de las banderas se conserva la estructura, que las define con sus tres franjas y siete estrellas. La ausencia de color y el dibujo de la trama deshilvanada aluden al símbolo patrio, pero envejecido o funcionando como mortaja. El Samán de Güere, por otra parte, árbol de enormes dimensiones, era, bajo su sombra, un lugar sagrado donde los aborígenes venezolanos celebraban sus rituales. Hoy, también es imagen emblemática del estado Aragua. Obras como El Samán de Güere y La torre de Babel muestran la calidad del dibujo de Olavarría, de trazos limpios, definidos, que denotan una gran comprensión de la representación del espacio. Sin recurrir a los procedimientos pictóricos convencionales, el artista propone otras salidas plásticas, como el bordado o el descosido, que trascienden la sola preocupación de la pintura como tema de sí misma. La conciencia histórica y social tampoco sustituye la riqueza plástica. La virtud de esta propuesta es precisamente el logro de este equilibrio mediante la libertad y multiplicidad de recursos propios del arte contemporáneo.
Juan José Olavarría es integrante del grupo Provisional, artistas alternativos que han cuestionado a través de sus diversas acciones la lógica del sistema cultural venezolano. Consecuente con esta línea, Olavarría confronta en su obra personal la efectividad de los códigos de comunicación por medio de imágenes y pone en entredicho la veracidad de los acontecimientos históricos, dejando al descubierto que verdad y mentira son, a fin de cuentas, una realidad relativa.
SUSANA BENKO
