Exposición Individualabr 2000 - jun 2000· Por Ernesto Sosa

Ilse Gradwohl

Centro de Educación Continua - Casa del Tiempo

Ilse Gradwohl —Gleisdorf, Austria, 1943— es una artista con un trabajo personal e intimista, alejada de las ruidosas corrientes del arte mexicano de los últimos años. Su pintura no es representacional y está encauzada sobre todo a la sensación y a la vigencia de la pintura como un proceso cuyo resultado estará definido por dos elementos; la determinación de la artista y la lectura y reelaboración del espectador. 

En esta ocasión, Ilse Gradwohl expone quince obras en el Centro de Educación Continua: Casa del tiempo; se trata de una especie de diario de viaje; una reafirmación de que la otredad y la diferencia nos humanizan y transforman, pese a que la época crepuscular que nos ha tocado vivir se caracteriza por frecuentes brotes de intolerancia y la reafirmación agresiva de la propia identidad. Al presentarnos fotografías y pinturas inspiradas en una visita a Etiopía, la artista apuesta por el viaje concebido como una categoría muchas veces ontológica, una experiencia que nos coloca en los límites de nuestra visión de mundo para iniciar un recorrido por lo otro, por la diferente que nos sorprende y nos cuestiona. 

Exposición Individual: Ilse Gradwohl  — imagen 1
Ilse Gradwohl. Cuadros africanos VIl, 1999. Óleo sobre tela. 170 x 140 cm.

El viaje ha sido reducido en la moderna sociedad de masas, en la era de un mundo globalizado y homogéneo, a una diversión inducida e intrascendente. Las grandes masas de turistas ensuciando playas o destruyendo y banalizando templos y sitios otrora sagrados, son quizá expresiones de esa desertificación del mundo de la que alguna vez se lamentó Heidegger. En este sentido, pareciera que una de las intenciones de la artista es revalorar la idea del viaje como el encuentro con los otros, y a través de ellos, con uno mismo. El viaje es la aventura que nos permite conocernos y alcanzar nuestros límites interiores. La literatura, quizá más que la pintura, es rica en ejemplos de este tipo de viajes. Viaje de iniciación como una experiencia que cambia abruptamente nuestra mirada del mundo y de las cosas; que a veces no implica un desplazamiento y que puede darse en un espacio cerrado. Entre el mundo y nuestro cuarto, quizá no hay diferencia. 

Está presente, como en muchos artistas que gustan de viajar —y esto sin dejar de apreciar la carga de vivencia y epifanía que este viaje tuvo para ella—, una fascinación por lo exótico, que pervive en muchos artistas contemporáneos y que se ha afincado en la mentalidad de Occidente desde el romanticismo. Puede definirse como un escape de la racionalidad occidental, ya sea para elevar una crítica al compararse con una cultura que puede considerarse como no contaminada por la razón y el progreso, una cultura salvaje en el sentido roussoniano del término, o como un lamento nostálgico por la infancia perdida del hombre. El viaje de Ilse a Etiopía y su contacto con esta cultura híbrida y compleja —como lo son todas en esencia— se convirtió en experiencia de iniciación o reafirmación espiritual que ya estaba presente en su trabajo, al menos desde su pasada exposición Mnesis que presentó en el Museo de Arte Moderno en 1996. Ya desde entonces, sus pinturas enfatizaban en el vacío y el silencio como experiencia límite; el encuentro con lo inefable, como aquello que no cabe en el lenguaje porque no se puede decir con palabras. El silencio tomado como un recurso estético, como ya la poesía lo había hecho con los blancos de un juego de dados, uno de los poemas fundacionales de la modernidad cultural y al que no son ajenas la experiencia suprematista y, en general, buena parte de la abstracción. 

El gusto por los tonos neutros, las veladuras, la mínima cantidad de elementos compositivos, y la sucesión de jornadas de trabajo con sus variantes y accidentes, generan superficies cargadas de atmósferas donde se percibe un juego entre levedad y pesadez. Los trabajos de Ilse parecieran ser difícilmente concluidos; producto de un paciente y laborioso accionar, colocando nuevas capas de pintura hasta encontrar un punto exacto, una sensación precisa, que indique que el trabajo ha llegado a su fin y que es el momento de iniciar el intrincado proceso de otro. 

En las pinturas hay trazos ocultos y desdibujados que se pierden en las múltiples tonalidades del pardo. Sin sombras ni contrastes aparecen líneas difuminadas en una sucesión de planos. Estas monocromías nos asombran porque nos invitan a la contemplación, son como los espacios de luz, que al verlos nos evocan un nuevo viaje, quizá tan revelador como el que vivió la artista. 

ERNESTO SOSA

Ilse Gradwohl, por Ernesto Sosa | artnexus