Con una intensa jornada de acciones plásticas culminaron los eventos del III Festival Nacional de Performance, que incluyó durante una semana presentaciones de videos documentales (Yves Klein, Joseph Beuys, Robert Gober, Dan Graham, Bruce Nauman, Gerard Richter, Cindy Sherman y Bill Viola), así como conferencias ilustradas con diapositivas y videos de especialistas sobre testimonios, vocalidad, el cuerpo y la música rock. Este preámbulo, diseñado por Helena Producciones en la Cinemateca del Museo de Arte Moderno La Tertulia, permitía proyectar una perspectiva histórica y referentes de las acciones de ambas jornadas vivas del último día sábado.
Cerrando el año y el siglo, el Museo La Tertulia acogió el III Festival Nacional de Performance, culminando una tradición en esta institución que se remonta a la década de 1960 cuando la escritora mexicana Raquel Jodorosky hizo su entrada triunfal en la vieja casona de La Tertulia montada en burro, o a los míticos recitales de poesía y prosa de los integrantes del nadaísmo o de su inspirador Gonzalo Arango. Ya en la actual sede, son de especial recordación el happening del brasileño Clever Machado en la década de 1970, el performance del vallecaucano, residente en Europa, Jonier Marín en la década siguiente, y en la de 1990, las imponentes presencias de los accionistas colombianos Alfonso Suárez (Barranquilla), Adolfo Cifuentes (Bucaramanga), Rosemberg Sandoval y Guillermo Marín (Cali), quienes fueron proponiendo esta modalidad hasta convertiría en parte de las propuestas singulares del ante nacional.

El III Festival Nacional de Performance aglutinó 27 participantes, incluidos los integrantes de dos grupos y dos parejas. Su escenario fue la sala subterránea del museo, destinada a las exposiciones itinerantes, así como el área de los jardines externos. La asistencia masiva y creciente durante las dos jornadas del día fue la confirmación de que este ejercicio artístico es un medio no sólo ampliamente aceptado, sino esperado con curiosidad y espíritu indagador.
Los participantes eligieron distintos procedimientos para realizar las acciones, desde la presentación de reales protagonistas, como redimidos por la droga o vendedores de dulces para la manutención familiar (Alejandra Gutiérrez), guardias policías para controlar bolsos, paquetes, trago, drogas y armas (Giovanni Vargas) o una entrega de bandera nacional por parte de un destacamento militar que se desplazó desde su cuartel en un vehículo oficial, marchó, ejecutó el ritual formativo y entregó al presidente de Helena Producciones, Wilson Díaz, el tricolor nacional. En esa línea de comportamientos, otros prefirieron ejemplos más dramáticos y polémicos, como niños paseados en coches especialmente diseñados pon el Grupo Nómada de Bogotá; el recorrido singular con su propio hermano, alienado mental, de Juliana Guevara, o el ultra provocador performance de Rosembeng Sandoval, titulado Mugre, consistente en dibujar sobre un panel inmaculado con el cuerpo sucio de un auténtico miserable. El artista siempre preocupado por explorar la violencia, el deterioro y la muerte, se moviliza exasperando los límites de lo políticamente correcto y la doble moral pública, que lo conducen a producir activos sucesos en torno a uno de los problemas coyunturales en nuestra guerra fratricida.

La ceremonia de apertura se inició con un toque de diana, trabucos de pólvora y una corona mortuoria depositada a la entrada del museo por Luis Eduardo Mondragón. Asimismo, se dieron experiencias individuales, como la lanza en la garganta, una acción de alto riesgo de Leonardo Herrera; la acción con desnudo, incluido el discurso citando el deterioro y la violencia, de Fernando Pentuz; la prédica sobre la letra jota, de corte fonético, acompañada de música acústica, de Juan Fernando Tono; la acción de lavar con un busto de jabón azul, que estaba desplazando el ejercicio de feminidad y masculinidad, de Yuri Forero; el autocorte de pelo transmitido al tiempo en cuatro monitores de televisión, de Juan Carlos Melo, y el registro posterior de la actividad de las personas en el escenario del festival; el rito entre didáctico y folclórico-nacionalista, de Manuel Romero; el diálogo con objetos, retransmitido por altoparlante, de Marcela Gómez; las entrevistas sobre Cali en un sofá rojo situado en el exterior del museo, de Carolina Caicedo; la acción irritante de la manizalita Silvia Sánchez, al rallar decenas de cebollas para hacer participar al público en un llanto colectivo que pareció culminar en el encierro provocado a los espectadores en la sala abarrotada, última acción del evento propuesta por Paul Arias. Igualmente, las dos parejas participantes optaron por experiencias con animales: Mónica del Llano y Francisco Camacho ejecutaron una operación en vivo de sendos ratoncitos blancos. Con uniformes de médicos, accionaron con el instrumental mientras se transmitían sus movimientos por monitores que lucían vestidos de blanco, como pequeñas raticas. Fabio Nemesio Palacios y Juan David Medina, sobre un tapete rojo, se intercambiaron presentes empacados en papel plateado y con moños rojos. El grupo formado por Ángela Baena, Alfonso Castillo, Mauricio Corradini, Javier Morales y Fernando Olivella se hizo transportar en una volqueta llena de tierra, donde ellos lucían enterrados y sólo eran visibles las cabezas. Naturalmente, los performances expresaron sus preocupaciones por la violencia, los distintos estados de la personalidad humana y los diversos vehículos de materializan alegorías conmovedoras, usando indistintamente elementos naturales e instrumentos tecnológicos. Al terminar el ejercicio de las acciones en vivo, culminó un programa sobre el comportamiento de la escultura en el ámbito nacional en las últimas cinco décadas del siglo, expresada en diversas exposiciones proyectadas al final del milenio. Esculturas sobre temas precolombinos de México, Perú y Colombia realizadas en la década de 1990 por Édgar Negret; las formas de acero oxidado proponiendo un Recinto sagrado, en los diseños de corte místico y metafísico de Lydia Azout. Los aparatos accionados con motores provistos de memoria, alegorizando el dolor y el peligro, de Elías Heim; el performance La Venus surtida y las representaciones sobre la feminidad, de Guillermo Marín; la instalación fotográfica, con mapas documentales, tomas geográficas y video sobre zonas rurales víctimas de la violencia, de Carmen Espinosa, y las dos instalaciones con objetos artificiales, reales y reciclados, de Juan Mejía, mostrando las transformaciones operadas en distintas instancias del consumismo. El Festival Nacional de Performance en su tercera edición se erigió en un marco de legitimidad y se pudo apreciar en un escenario que exaltaba tanto sus ironías y sentido particular del humor como sus gestos indistintos destinados a complementar señales del acontecer artístico.
MIGUEL GONZÁLEZ

