La pieza se toma toda la sala. Su título es Pintantes. Es una larga tela de una decena de metros que se adhiere a la pared por medio de una estructura de caños ligeros, que la hace ondular levemente. La pieza abarca, más precisamente, tres de las cuatro paredes de la sala, y es una especie de panorama, esas disposiciones gráficas destinadas a darnos la impresión de que estamos en el centro mismo de un evento en desarrollo, una batalla, un armisticio, un mercado o un templo. Y es que es un evento en desarrollo aquello con lo que se nos confronta. La ambición de Fabián Marcaccio, el artista que la ha construido, no es, después de todo, enteramente diferente de la de un Delacroix: exponer, a través de una superficie pintada (importa poco que, en este caso, la imagen haya sido montada en una computadora, y sólo luego retocada con materiales diversos, y que objetos de formas inciertas se hayan adherido a ella, porque para los efectos de la mirada la pieza se comporta como una pintura), la vivacidad profunda de una época, tal como se manifiesta en un evento ejemplar.

Es que Pintantes es una pieza narrativa donde suceden y dejan de suceder cosas, surgen y abortan, viven y mueren. Pero, ¿aquí se narra aquí? Eso es difícil, verdaderamente, de decir. Al comienzo de la pintura, a nuestra izquierda cuando entramos en la galería, sobre (o debajo de) una imagen de pastos y cielo, aparece un amasijo, un infame montón de signos vagamente reconocibles: signos de la paz, avisos de peligro biológico, esvásticas que se deforman en escudos de alguna militancia desconocida, que se mezclan con rasgos pictóricos: pinceladas quebradas o sobreextendidas, y líneas torpes o elásticas, distribuidas al azar. Sobrecarga, al comienzo, de imágenes, de signos, de rasgos gráficos, que parecen haber sido amontonados para generar una tensión que sea el motor de transfiguraciones. Porque, hacia la derecha, todo se transfigura, y pasa a un campo de explosiones, habitado por sórdidos entes metálicos y dinamismos inciertos, donde el verde y el azul le dejan su lugar a un ácido gris.
Para entonces, un par de metros dentro de la obra, no podemos evitar preguntarnos dónde estamos. En medio, nos decimos, de una metamorfosis continua, donde se producen las comunicaciones de formas más improbables, y que no nos da lugar para establecernos de manera estable: frente a esta imagen, la mirada vacila, no encuentra su foco, su lugar de residencia, y no deja ni por un momento de ajustarse. El efecto es, claro está, alucinante. Y una de las virtudes de esta pieza es su manera de imponer con la fuerza de una alucinación lo que son, al fin y al cabo, naderías: pequeñas pinceladas que se mueven, signos menores que se quiebran, partes de cuerpos que se exponen, paisajes que se deforman. Y eso es, quizás, lo que vuelve tan deliciosamente desconcertante a esta pieza: que su carácter bramante, exclamativo, su brillo aturdidor, están al servicio, finalmente, de casi nada. El gesto de la gran pintura histórica, el ademán a la Delacroix, está puesto al servicio —aquí, como en ciertas imágenes de Jeff Wall, un artista superficialmente muy diferente de Marcaccio, pero al cual éste está secretamente emparentado— de insignificancias. Piénsese en un grito que, en su máxima altura, se quebrara en mil susurros, y se tendrá una idea del efecto de esta pieza. O, al contrario, el de mil susurros que se organizaran, de repente, en un grito. Porque, en su progreso ondulante, que pasa por campos de desnudos y extensiones de telas desgarradas, la pintura acaba en el tutti de una gran pincelada azul, una suerte de triunfo de la pintura que es singularmente convincente porque sigue a una suerte de reconocimiento de su fragilidad fundamental. En uno de sus ensayos, el escritor cubano José Lezama Lima dice que Euna antigua leyenda de la India nos recuerda la existencia de un río, cuya afluencia no se puede precisar. Al final su caudal se vuelve circular y comienza a hervir. Una desmesurada confusión se observa en su acarreo, desemejanzas, chaturas, (banalidades) concurren con diamantinas simetrías y con coincidentes ternuras. En este río hace pensar Pintantes".
La obra (en una versión algo diversa) fue expuesta por primera vez en la Secesión de Viena, el año pasado. Allí, estaba montada sobre una estructura del arquitecto americano Greg Lynn, y se presentaba como una intervención en la arquitectura. Además, en Bravin Gorney Lee el artista ensayó una modificación en la apariencia del edificio: la extensión, en su frente, de un vasto, abigarrado y espléndido mural, realizado a la manera de Pintantes.
REINALDO LADAGGA
