El dolor nunca desaparecerá del alma del venezolano ni de aquel a quien esta tierra acoge. Todavía hoy miramos con estupor, sorpresa, incredulidad, las imágenes del estado Vargas, destruido casi en su totalidad. Todavía nos cuesta entender. Los días 15 y 16 de diciembre de 1999 serán recordados como el fatídico momento en que la Gran Montaña se unió al mar. Las aguas enloquecidas, las rocas en vorágine incontenible, conformaron una nueva geografía: Venezuela tiene ahora otro rostro.
Esa misma montaña es la que divide a Caracas del litoral central: El Ávila, la misma que los indígenas denominaban Guaraira Repano. La misma que todos los días nos deleita con su presencia y motivó a tantos artistas a pintarla. Hoy está rasgada.
Para nosotros, los caraqueños, nunca será posible sustraernos ni de la montaña ni de la costa. El Caribe siempre nos ha empapado la piel, porque vivir en Caracas es vivir en el litoral central.
Hoy, La Guaira, Caraballeda, Tanaguarena, Los Corales, Carmen de Uria, Macuto... son una ruina. Un cementerio anónimo de pueblos sepultados, de almas imposibles de cuantificar. Nos cuesta reconocer que nuestro pasado muy reciente en el litoral sea ya historia; que lo que fotografiamos cinco o seis meses atrás quedó como "documento histórico". Porque lo que conocimos ya no es.

Macuto era el mundo de Armando Reverón, nuestro más importante artista del arte moderno venezolano. El Castillete, su rancho, era ámbito de sus fantasías, el lugar "sagrado" donde la pintura se hacía ritual, manifestándose como experiencia interior en cuerpo y energía. Atrás habían quedado las normativas académicas con las que se formó Reverón en su juventud. La libertad creadora, en realidad, comenzó a conocerla en su juventud cuando participó en el Círculo de Bellas Artes, agrupación de artistas disidentes de la academia. Pero Reverón fue después más lejos. Rompió todo tipo de fronteras al abandonar la vida urbana caraqueña, y decidió la libertad absoluta: como hombre y como artista. En 1918 se establece con Nicolás Ferdinandov en Punta de Mulatos. Conoce a su compañera de por vida, Juana Mota. En 1919 decide residenciarse en Macuto, específicamente en el sector Las Quince Letras, y construye su primer rancho de bahareque. Ya para 1920 asumió definitivamente su radical cambio de manera de vivir.
A partir de esa fecha, obras como Figura bajo un uvero (1919), Parque de Macuto (1921), Paisaje de Macuto (1927), entre muchas otras, denotan su comprensión de la atmósfera y de la luz. Reverón, en realidad, nos ha revelado la luz. Sin sospecharlo siquiera, nos dejó su huella amorosa en cada playón, en cada uvero, y ver a Macuto era, de alguna manera, ver lo que veía Reverón.
Con los años, el Castillete fue creciendo. Poco a poco, el artista fue construyendo otros ranchos: el taller, la cocina, el sótano, la capilla, el dormitorio, el estanque y el área del jardín, espacio que el personal del Museo Armando Reverón mantuvo con especial esmero con plantas propias de la zona del Caribe. El Castillete, decretado oficialmente como museo en 1964, tuvo diversas transformaciones a lo largo de su historia. En 1966 se destruye parcialmente por un incendio y es recuperado para una nueva inauguración en 1971. Varios accidentes posteriores arriesgan su conservación. En 1981 reabre sus puertas al público, culminando las obras de remodelación en 1992. Se construye su edificio anexo y el museo adquiere la categoría de Fundación de Estado, siendo su primera presidenta Clementina Vaamonde. En 1994, María Elena Huizi asume el cargo de presidenta, y Katherine Chacón, de directora ejecutiva. Antes de la tragedia ocurrida, la Fundación Museo Armando Reverón fue reconocida por curadores nacionales e internacionales como museo único en su tipo, no sólo por su conformación física, sino por las implicaciones espirituales que éste emanaba, siendo una institución totalmente integrada a la vida de los habitantes de la zona.

Hoy, El Castillete no existe. Las playas, incluso, no son las que Reverón pintó. Tal parece, como me ha testificado recientemente María Elena Huizi, que lo único cercano actualmente entre el paisaje y la obra de Reverón es el color sepia que hoy predomina en esta nueva geografía que se ha conformado.
No obstante, tengo que recalcarlo enfáticamente: el Museo Armando Reverón no ha muerto. La trascendencia de nuestro artista va más allá de las tragedias naturales. Y afortunadamente, todas las obras originales —menos una—, entre pinturas y objetos, estaban en resguardo en la Fundación Galería de Arte Nacional en Caracas. Existen numerosas fotografías y filmografía que reviven continuamente al artista y al lugar.
Pronto se iniciarán labores de limpieza. El edificio anexo no ha perdido la solidez de sus estructuras. Se harán los análisis pertinentes para determinar el futuro de esta edificación. Lamentablemente —y cínicamente—, tal vez sí estén perdidas catorce obras de diversos maestros venezolanos, las cuales conformaban la exposición Macuto y su entorno, montada en el momento del desastre. Estas pinturas pertenecían a diversas colecciones de museos y coleccionistas privados.
La posible reconstrucción o reformulación de este museo dependerá de las futuras decisiones gubernamentales que se contemplen para la reconstrucción del estado Vargas. El Castillete, pese a todo, perdurará por ahora como espacio simbólico, porque de alguna manera, una vez más, el espíritu de Reverón se rebela contra la desaparición. Se trata, así queremos creer, de otra transformación más.
El Museo Armando Reverón, repito, no ha muerto, porque el personal vive, y con ellos, los proyectos. Instituciones amigas como la Fundación Banco Industrial de Venezuela y la misma Galería de Arte Nacional acogerán prontamente importantes exposiciones dedicadas a la pintura, a los objetos y al mismo Castillete de Armando Reverón. Por otra parte, está el Hotel Miramar, joya arquitectónica inaugurada en 1928, cuyo primer propietario, el general Juan Vicente Gómez, dio inicio a la vida turística de Macuto, tan apreciada en la sociedad de entonces. La Fundación Museo Armando Reverón ya había realizado trabajos de recuperación de este hermoso edificio. Parte de él operaba para actividades administrativas, de educación y de proyección hacia la comunidad. El Hotel Miramar continúa siendo el proyecto de mayor alcance de esta fundación: ser el complejo cultural requerido para el estado Vargas.
Todos en Venezuela, artistas, investigadores, críticos, instituciones culturales, galerías de arte y muchos amigos, estamos apoyando a la Fundación Museo Armando Reverón. Hoy más que nunca necesitamos contar con la voluntad de todos en el mundo.
Agradecemos ideas y ayuda material, pues toda colaboración es bienvenida.
La persona que quiera comunicarse con la Fundación Museo Armando Reverón puede dirigirse a María Elena Huizi o Katherine Chacón a: Edificio Anexo del Museo de Ciencias, Plaza Morelos, Caracas 1010. e-mail: fmar@cantv.net, fax (58-2) 576 53 08.
SUSANA BENKO

