Las obras de Dianna Frid se asemejan a seres vivos que aparentan respirar, palpitar y crecer en el espacio que ocupan. Sus montajes en tela o papel nunca llevan marco alguno; de hecho, rara vez se muestran en algún tipo de contenedor, pues cualquier tipo de limite iría en contra de su naturaleza libre, tanto en el sentido formal como conceptual.
La exposición individual de Frid en Ia Galería Esso de Nueva York reúne obras que, si bien retienen una marcada individualidad, comparten Ia apariencia de objetos preciosos, debido a Ia inversión extraordinaria de tiempo y cuidado que Ia artista les imprimió. Tanto sus trabajos con tela como sus libros de artista son difíciles de analizar a nivel verbal, quizá por ser tan intuitivamente visuales y porque su mejor interlocutor es quizá nuestro subconsciente.

Dominando gran parte de Ia galería se encuentran Irrigación y Tributarios, dos obras de grandes dimensiones, hechas a través de montajes de tela bordada a mano y de transferencias por calor, apenas sostenidas por pequeños alfileres. A primera vista, ambas parecen imágenes extirpadas de un enorme mapa. Tributarios consiste en Ia representación de varios lagos que se unen unos a otros, pero asemejándose a organismos vivos, como neuronas unidas por su axón y sus dendritas. Irrigación, por su parte, yuxtapone imágenes de Ia irrigación natural de las aguas junto con los planos de dos jardines laberínticos, uno de los cuales incorpora imágenes fragmentarias de planos de galerías de varios museos del mundo. Mientras que Frid aparenta aludir a los grandes procesos inevitables de las fuerzas naturales, a Ia vez hace reflexionar sobre los valores comparados de Ia belleza artificial, como el jardín o el espacio museográfico. Esto nos puede llevar a hacer una interpretación de Ia galería del museo como jardín del arte, pues tanto el museo como el jardín son ejemplos de espacios artificiales creados por el ser humano.
La elaborada y a veces hermética selección de imágenes de Frid incita a su lectura, pero esquiva interpretaciones fáciles. Ante obras como Irrigación o Tributarios, nos encontramos con ilustraciones de objetos e ideas fácilmente identificables —Frid tiene una predilección por Ia iconografía convencional de los diccionarios y manuales, en particular aquellos que establecen códigos o sistemas—, como el mapa de un río, Ia representación de los estratos terrestres, o un jardín francés del siglo XVIII. Pero Ia manera como éstos se presentan en el contexto general de las obras —en particular su inusual representación en tela bordada a mano—, las convierten en emblemas enigmáticos. Esto se debe quizá al aparente distanciamiento en el uso de esquemas en contraste con Ia manufactura, un aspecto paradójico y a veces desconcertante de Ia obra de Frid.
Existe en su obra un cierto panteísmo en sus imágenes, resultado quizá de su largo proceso de depuración conceptual, y de fabricación física, como si se respetase Ia propia erosión de Ia obra. Por otra parte, y a pesar de que cada elemento parece ser esencial —cada río bordado con hilo azul, cada trozo de tela remendado, cada pequeña imagen de un invernadero en sus dibujos—, las obras son todo lo contrario a de un circuito cerrado. Son como ideas abiertas, sin un principio ni fin planeados, como los ríos o como elucubraciones que parecen llenas de certezas, pero sin una conclusión decisiva. Sus montajes y libros, que suelen basarse en sistemas de clasificación, resultan inquietantes, quizá porque Frid nos muestra tanto lo que sabemos como lo que desconocemos del mundo. La obra de Frid rehuye adjetivos porque constantemente comunica sin enjuiciar y porque siempre revela una nueva capa, evadiendo una lectura unidimensional. Sus trabajos, sin embargo, apuntan inequívocamente a los grandes temas filosóficos del tiempo, el cambio, los lugares, y su relación con el ser humano.
Las estrategias de uso de iconografía y material —y de su juego con Ia secuencialidad— son particularmente visibles en sus libros de artista. Su libro titulado El mismo río dos veces (que alude a Ia famosa frase heraclitiana de no poder bañarse dos veces en el mismo río) es un objeto escultórico en edición única, elaborado con materiales seductores que invitan a tocarlo y a abrirlo: el libro se extiende revelando dos ríos que se van entrelazando. Su recurrente uso de Ia metáfora del río en otras obras de su exposición, se puede ver como una reflexión sobre Ia extraña sensación de ser el mismo y otro a Ia vez, o sea, de encontrar Ia posibilidad de mantener el cambio y Ia permanencia como fuerzas complementarias.
La finitud del libro como objeto contrasta con los usos que le da Frid, creando antinarrativas, imágenes que pueden apuntar a ciertos significados, pero que nunca llegan a concretarse en narrativas tradicionales.
Sus obras retienen Ia característica del manuscrito medieval que contenía el gran secreto o revelación. También se asemejan a diarios, por su calidad de narrativa inacabada y en continuo flujo.
PABLO HELGUERA
