Exposición Individualabr 2000 - jun 2000· Por Elena Oliveras

Claudia Fontes

Museo de Arte Moderno de Buenos Aires

La obra de Claudia Fontes (1964) es una de las que mayor interés ofrece en el vasto panorama de la generación de 1990 en Argentina. Luego de completar estudios de perfeccionamiento en la Rijksakademie van beeldende Kunsten de Armsterdam, cumpliendo con una beca de la Fundación Antorchas, Fontes ha expuesto en el MAMBA (Museo de Arte Moderno de Buenos Aires) parte de los resultados de esa experiencia. Su situación de extranjera, el habitar territorios distintos del propio, se convirtió en uno de los temas sobresalientes de la compleja e inquietante instalación allí presentada. La integraban tres obras diferentes. 

Una de ellas, con el título La embajada, consistió en una ambientación que simulaba un cuarto sobrecargado de elementos decorativos. Sobre las paredes colgaban pequeños cuadros que representaban interiores oscuros de una casona, iluminados por fogonazos que permitían detectar rincones, puertas, pasillos, escaleras, espejos. Correspondían a la visión nocturna de un ojo entrometido, que espiaba, deambulaba y se perdía en lo desconocido. Pero ese ojo intruso era también un ojo deseante, llevado por la necesidad de reconocer en lo desconocido, zonas familiares de autoafirmación. Otro aspecto de las vicisitudes humanas fue el que mostró About sinking (acerca del hundimiento). 

Exposición Individual: Claudia Fontes — imagen 1
Claudia Fontes. La embajada, 1999. Detalle de la instalación con ambientación decorativa. Dimensiones variables.

Sobre una amplia pantalla, un video documentaba un inquietante ritual: una mujer (la misma autora), en el medio de un lago, llenaba de agua la embarcación que la contenía. Aseguraba así, implacablemente, su propio naufragio. El sonido del agua que caía a intervalos regulares contribuía a enfatizar el desenlace inminente. La máxima intensidad se alcanzó cuando, al final del relato, el silencio y la oscuridad velaron totalmente la imagen de la embarcación que había quedado volteada. 

 No es la primera vez que Fontes pone en imágenes la idea del naufragio. En 1994 realizó una escultura en venecita azul que representaba a una nadadora a punto de zambullirse en el agua. La inscripción que figuraba en su base—TITANIC, 14 abril 1912—nos recordaba el hundimiento del transatlántico en el fondo del océano. La posibilidad de nadar quedaba, entonces, doblemente bloqueada: por las asociaciones fatalistas de esa inscripción y por el material de la escultura que dificultaba todo movimiento: lejos de evocar la piel de un ser vivo, el azulejo acercaba la imagen de la pared revestida de una piscina. Otra escultura de Fontes, Entreacto, mostraba a una mujer dormida, enroscada dentro de un colchón. El material elegido para representar la piel fue la tela de gobelino del colchón. En ambas esculturas, los cuerpos resultaban devorados por el medio que debía contenerlos. De esta manera se confirmaba la fatalidad de la muerte (por naufragio, en el primer caso; por asfixia, en el segundo). 

Autorretrato, obra que iniciaba y cerraba el recorrido de la muestra del MAMBA, aportó una de las principales claves de interpretación. Sobre una de las paredes de la sala se proyectó la sombra de una pequeña estatuilla femenina con sus brazos en alto. De acuerdo con el título, representaba a la misma autora. Sus manos, magnificadas por la sombra, constituían el elemento más significativo. Manos de artista que interrogaban sobre un mundo extraño (aludido en un tramo de la instalación). Manos en alto que hacían pensar en la posibilidad de sobrevivir al naufragio. Manos que celebraban, asimismo, la posibilidad de crear. 

ELENA OLIVERAS

Claudia Fontes, por Elena Oliveras | artnexus