La retrospectiva que se exhibió en el MAM, durante los últimos días del año pasado, bajo el título de Salas. Pintura activa, permitió ver de cerca la evolución de una obra fuertemente comprometida con la reflexión sobre la pintura. Tal como lo postuló Carmen María Jaramillo, curadora de A través del espejo (MAM, marzo-mayo, 1998), una de las exposiciones que más agudamente leyó la pintura colombiana de fin de siglo, la obra de Carlos Salas (1957), junto a la de Danilo Dueñas (1956), María Elvira Escallón, Jaime Iregui (1956), Víctor Laignelet (1955), Luis Luna (1958), Rafael Ortíz (1960), Nadín Ospina (1960), Luis Fernando Roldán (1955) y María Fernanda Zuluaga (1969), configura un lugar en el que la pintura se mira a sí misma.
Según señala Álvaro Medina, curador de la muestra, el trabajo de Salas, ligado desde sus inicios a la abstracción, a partir de 1993, abandonó los cánones tradicionales del cuadro de caballete: "(...) El pintor accedió al fin a la obra materialmente fragmentada, convertida en un profuso despliegue de formas rectangulares de diversas proporciones y diferentes tamaños, cortadas y sacadas del lienzo, horadando la tela con vacíos que dejaban ver el muro. Rectángulos del mismo tamaño sacados de pinturas anteriores eran montados en pequeños bastidores y colgados en torno a eso que, a título explicativo, podríamos denominar cuadro nuclear o bastidor de mayor tamaño del complejo y fragmentado conjunto". Así, la pintura de Salas ha venido reexplorándose y rehaciéndose continuamente. Salas retoma lo que ha pintado y lo transmuta en una nueva obra que redefine los límites de la anterior y llama la atención sobre su ausencia. Su trabajo, así, entra en diálogo con muchas de las preocupaciones del arte contemporáneo.

El proceso creativo, el límite y la inestabilidad de la obra de arte y el fragmento, entre otros, son problemáticas que comprometen el derrotero de su trabajo. La pintura, como fuente de un pensamiento inestable que el hombre establece a través de su imaginación, es una de las ideas que Salas ha venido desarrollando. Precisamente, al respecto ha escrito: "Los modos de pensamiento engendrados por la pintura son al mismo tiempo lectura y objeto para la lectura. Así, son los menos dados a ser impuestos". Estos modos de pensamiento permiten al hombre, a través del sentimiento, crear mundos exclusivamente humanos.
Rechazando la idea de que su obra puede ser definida como un proceso de reciclaje, señala Medina, Salas transmuta sus imágenes, pintándolas, cortándolas y recortándolas, en un proceso que no tiene ninguna premeditación.
La inestabilidad de la pintura ha sido otra de las preocupaciones de su poética. Con respecto a ella, ha dicho: "la fuerza de lo inestable se acumula por la saturación de la pintura. Sí fuese sólo objetiva, la pintura se habría agotado, ya habría alcanzado su plenum. A pesar de esta saturación, se puede respirar en ella. Satura a la vida y se hace invisible. Ocupa un lugar en los intersticios de la razón, se entreteje con el mundo objetivo, sin perder su capacidad". Su obra, como se ha dicho, no se detiene en la destrucción de un cuadro, si esto le permite la creación de una nueva imagen.
El fragmento es la materia prima de la obra de Salas. Al cortar la imagen original, el pintor colombiano no sólo rompe la totalidad, sino que fracciona la percepción visual de la pintura, llama la atención sobre el detalle e introduce el tiempo y el espacio en donde acontece la percepción de la obra.
Al jugar con ella misma, la pintura de Salas reflexiona sobre sus propias condiciones de posibilidad. Moviéndose muy cercanamente a lo que Umberto Eco caracterizó como obra abierta, y minando el rol mismo de autor Salas abre sus trabajos a la participación del espectador y le ofrece una estructura pictórica que puede ser cocreada. Más allá del lienzo rígidamente limitado, la pintura de Salas invita al espectador a gozar del acto creador.
WILLIAM LÓPEZ
