Cuna de numerosas figuras de la cultura argentina, entre las que se destacan artistas como Antonio Berni y Lucio Fontana, Rosario es una ciudad que históricamente se ha propuesto desafiar el prepotente centralismo de Buenos Aires. Desde su condición aparentemente marginal—como en toda ciudad del interior del país, los problemas presupuestarios se multiplican—, ha logrado convertirse en un insoslayable referente de la actividad artístico-cultural. Si bien la cantidad y calidad de sus artistas es un hecho probado y reconocido, a nivel institucional, Rosario necesitaba un relanzamiento, que acaba de concretarse. El museo municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino reabrió sus puertas en noviembre pasado, luego de sufrir un profundo proceso de restauración, tanto edilicia como patrimonial, que aunó esfuerzos de técnicos, sponsors, curadores, funcionarios y artistas. La exposición 34 ARC (Artistas Rosarinos Contemporáneos) fue el corolario de más de un año de trabajo intensivo: el reacondicionamiento de las salas de acuerdo con los estándares museísticos internacionales derivó en la organización de una gran muestra, en la que estuvieron representadas varias generaciones de artistas rosarinos, pertenecientes a diferentes disciplinas.

La curaduría de 34 ARC estuvo a cargo de Andrés Duprat, director del Museo de Arte Contemporáneo de Bahía Blanca, y Sonia Becce, curadora independiente, quienes se aproximaron con total libertad a la producción rosarina, eligiendo nombres consagrados, pero, también, jóvenes emergentes. Graciela Sacco (1957) fue invitada a exponer El incendio y las vísperas, heliografía sobre madera que en 1996 hizo parte del envío argentino a la Bienal de São Paulo. Daniel García (1958) y Mauro Machado (1954) integran, junto a Sacco, un subgrupo de artistas que ya han conseguido afirmarse con solidez en el panorama local, y que fueron incluidos en la selección.

Una segunda clasificación generacional reúne a Román Vitali (1969), Andrea Ostera (1967) y Nicola Costantino (1964), tres artistas que están atravesando momentos decisivos para su trayectoria. Con sus objetos y figuras realizadas mediante el enhebrado de cuentas de acrílico de colores, Vitali acaba de integrar el envío de la Galería Ruth Benzacar a la feria ARCO; Costantino participó también en ARCO y en la última Bienal de São Paulo con sus inquietantes piezas de silicona en imitación piel, y Ostera realiza una beca de perfeccionamiento fotográfico en el neoyorquino ICP (International Center of Photography). La coincidencia de estos tres artistas en la planta baja del Castagnino reforzó todas las presunciones acerca de sus enormes posibilidades. Entre los restantes fotógrafos, videastas, escultores y plásticos incluidos en el recorrido, fue posible apreciar a creadores promisorios como Leandro Comiba, Claudia del Río, Leonardo Battisttelli, Damián Scheffer, Eladia Acevedo y Aurelio García.
A pesar de su rotundo éxito, la exposición se vio envuelta en la polémica cuando, luego de inaugurada, debió sortear una amenaza de censura. El detonante fue la instalación fotográfica de Mónica Castagnotto (1968), en la que se vinculaban —mediante el montaje de dos tiras paralelas— imágenes de la virgen con fotografías de órganos sexuales femeninos. Un sector ligado a la Iglesia intentó iniciar una acción legal que pronto fue desestimada por las autoridades: más allá del previsible revuelo provocado, el público pudo recorrer la muestra completa, gracias a la oportuna firmeza de los responsables de las diversas áreas directa o indirectamente involucradas en la organización. Con 34 ARC, Rosario no sólo deslumbró por sus artistas y por su renovado museo, sino también por la infrecuente tolerancia y el progresismo de su comunidad.
EVA GRINSTEIN

